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Editorial

La pibita

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(Por Walter Ditrich. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.)..Los pibes persiguen la pelota como las moscas a la miel. Son un racimo de entusiastas que deambulan con devoción tras el devenir de la redonda. En las gradas, los padres se debaten entre el hastío y la ilusión. Están los que sueñan con futuro millonario si el nene sale bueno, y los que prefieren un futuro médico o ingeniero.


Los jugadores son chiquitos. No hay estrategia, ni dibujo táctico. No juegan ni 3-4-2 o 4-4-2 y no existen los laterales volantes. Se amontonan en un básico: 1-10: Una pelota y diez pibitos atrás.


Ella me llama la atención. Es rubia, tiene el pelo largo y lacio, pero atado con colita para que no moleste. La indumentaria es la misma que todos: medias, pantalón corto y la camiseta afuera. Pinta de potrero. No es la única. En casi todos los equipos del encuentro de escuelitas de fútbol hay una nena jugando. Aunque raramente haya mas de una por equipo. No está escrito. Supongo que será por eso del "patriarcado", como lo llaman ahora.


Me detengo en sus movimientos. Aunque nadie repara en su presencia en todo el gimnasio. Para todos es un jugador más. Me agrada esa situación. Igual, me quedo mirando sus movimientos.


La piba, acompaña las jugadas con entusiasmo. Corre, salta, va y viene. No toca la pelota. Los pichones de Messi sueñan, cada uno, con su propio gol. Donde les cae la bola, corren hacia el arco soñando con el gol y estrenar el ensayado saludo de Cristiano, Messi o Neymar.


La nena, intenta, pero nunca la toca. Cuando le queda algún rebote cerca, ante la proximidad del pelotazo levanta las manos intentando cubrirse. No puede sobresalir ante los mas curtidos que patean con alma y vida y terminan monopolizando el juego.


Promediando el partido, la nena es una espectadora de lujo dentro de la cancha. No es la única. Los menos habilidosos corren la misma suerte. Los profe, con intenciones más educativas que resultadistas, van rotando las formaciones y deslizan pequeñas indicaciones para que los pibitos y las pibitas vaya apropiándose de las reglas más elementales del juego.


La segunda vez que le toca entrar en el partido al piba rubia, el profe metió mano en la formación. Los mas "morfones", quedan de suplentes. Y ya no hay un Messi todopoderoso en el equipo.


La piba, se para en el ataque. Corre con alegría y a veces salta en puntas de pie de manera graciosa cuando al bola viene cerca. Un rebote se la deja en las inmediaciones y alcanza a pegarle mordido. - ¡Bien hija!!...--- gritan desde un costado. Y luego, se escucha en volumen mas bajo un sincero razonamiento paterno: ¡Por lo ,menos la tocaste!".


Pero la pibita no parece preocupada por su rendimiento deportivo y sigue corriendo para acá y para allá detrás la pelota. No sé cómo va partido. No se lleva resultado cuando los jugadores son tan pequeños. Pero los nenes ya saben contar y por la actitud del equipo de la nena, deduzco que necesitan goles para mejorar el score.
El reloj con la cuenta regresiva llega el minuto y comienza el camino hacia el cero. Los peques de otros equipos se arremolinan alrededor esperando su turno para jugar y saltan para que termine el partido.


Es cuando pasa. Como en las películas de Hollywood. La agarra un morochito petisito de pelos rebeldes. Agacha la cabeza y a toda velocidad corre con pelota dominada hacia el arco rival. Lo traban un par de veces. Pero redobla la apuesta y se lleva a los empellones. Tiene pinta de haber coleccionado raspones en canchas de piso áspero. No se rinde. Cuando supone que está en zona de disparo patea con fuerza. El arquerito pone las manos con poca convicción intentando protegerse el bombazo y la pelota le rebota en el cuerpo.


Ahí sucede. La caprichosa, rueda hacia los pies de la piba. Ella abre el pie izquierdo y con la cara interna la para. El leve rebote impulsa la bola hacia adelante. Me pongo nervioso. Veo venir un marcador rival. Temo que la pibita le pifie o le pegue a cualquier parte. Casi le grito "arcooo!!!". Es una fracción de segundo. La piba, con estampa de delantero, no duda. Con la pelota aún girando le mete un puntinazo de derecha con toda su fuerza. Se le menea la cola de pelo rubio por el esfuerzo. La pelota sale impulsada hacia arriba, contra el travesaño. Y es gol. ¡¡¡¡Golazoooooo!!!!.


La red se infla y la piba sale corriendo mirando hacia arriba. Esa cara de felicidad es imposible de describir. Abre los brazos y la sonrisa le estalla en los cachetes. Un borbollón de pibitos la abraza, la toca, la aprieta y la hace inmensamente feliz. El gol los hace inmensamente felices. Porque el abrazo de gol no conoce de patriarcados.