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Informe Especial

Numa Ayrinhac, el pincel de Evita

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Por Diego Kenis (AGENCIA PACO URONDO) La historia argentina dirá, con razón, que Numa Ayrinhac era oriundo de Pigüé, en el corazón del sudoeste bonaerense, aunque su nacimiento se había producido tres años antes de la ferroviaria fundación pigüense y al otro lado del mundo: en Espalion, en la región francesa de Aveyron, en 1881.

La familia Ayrinhac fue de las primeras en llegar a la colonia aveyronesa fundada en 1884 sobre la tierra serrana antes arrasada, en torno al Cura Malal. La política migratoria de entonces y el arribo de las familias rurales europeas, pastores y artesanos que se caían de la urbana Revolución Industrial en ciernes, comenzaron a afrancesar en “Pigüé” el original Pi- Hué mapuche, la “tierra de encuentro” de los pueblos originarios asentados sobre la zona centro del país.

Hijo de un carpintero y una modista, Ayrinhac estudió en Buenos Aires con Ernesto de la Cárcova, que para entonces venía de crear su célebre y hoy muy vigente Sin pan y sin trabajo. Pronto se constituyó en un notorio paisajista y retratista, reconocido y premiado en su país natal y en el adoptivo.

En Francia, pasó una década de formación en la parisina Académie de la Grande Chaumière. Poco después, sus obras se exponían regularmente en el Salón de París y merecían el reconocimiento de la Sociedad de Artistas Franceses, de la que comenzó a ser parte. En la Argentina, publicadas por el diario La Nación, sus pinturas eran objeto de admiración y consumo de la alta sociedad porteña, que visitaba asiduamente su taller para retratarse de su mano a la posteridad. Pronto llegarían a aborrecerlo.

Todo comenzó tras una visita especial al atelier del artista, sobre el filo del cambio de década, hacia 1947. “Se presentó una señora de Duarte y mi papá le preguntó si tenía algún parentesco con Evita, que estaba en ese momento en pleno apogeo. Le dijo que era la madre. Mi papá se sorprendió y le pintó un retrato lindísimo que tenía Evita en su casa”, recuerda Luis Ayrinhac en un audio disponible en el archivo web de la fundación que lleva el nombre de su padre: http://www.numaayrinhac.com/audio_14.php

“Cuando Perón vio ese cuadro se entusiasmó y dijo que quería que ese pintor lo pintara”, continúa el recuerdo. Así fue que Ayrinhac pasó sus tardes sabatinas de 1948 en la residencia presidencial, pintando y conversando con Perón. “Aunque mi padre no era partidario de su política, al conocerlo cambió radicalmente. Decía que (Perón) era una persona de una gran simpatía, con un gran poder de atracción, que le gustaba la pintura porque él había pintado un poco”, se oye en el audio del hijo del pintor francés, por aquellos años designado director de Bellas Artes de la provincia de Buenos Aires.

Con su pincel convertido en el hacedor máximo de íconos de la estética peronista, Ayrinhac padeció el recelo de su familia, de origen radical. Pese a su reticencia inicial, su esposa acabó considerando un honor el retratar a un primer mandatario, pero sus cuñados “le negaron el saludo largo tiempo”, recuerda el testimonio de su hijo Luis.

Ayrinhac vivió casi setenta años y no llegó a ver la desaparición de varias de sus obras por hordas que se autocalificaban como revolucionarias y libertadoras. Moriría unos meses antes que Evita, a quien inmortalizó para la portada de La razón de mi vida. Algunos de sus cuadros fueron destruidos o dañados, con saña, por el odio antiperonista que se convirtió en ley suprema con la dictadura de 1955. Abanderado de pinceles nocturnos, oscuros y menos artísticos que los del pintor francés, el cáncer unió el final del retratista y su retratada. “Unos tres o cuatro meses antes (de la muerte de Ayrinhac), una hermana de Evita le trajo unos medicamentos de Estados Unidos para ayudarlo. Ahí se comenzó a sospechar que alguien de la familia de Eva estaba enfermo, pero hasta último momento no se supo de la enfermedad de Evita”, señala el testimonio del hijo del pintor.

La muerte, en marzo de 1951, le evitó la tarea de pintar años tristes, que se multiplicarían desde entonces. Su cuadro más famoso retrató en cambio los días felices del peronismo, con la pareja vestida de gala, Perón de civil y Evita con la sonrisa juvenil de sus 27 años. Esa obra ilustró hace dos décadas y media una de las más estremecedoras escenas de Gatica, el Mono, la película de Leonardo Favio. Años después presidió, en la Casa Rosada y bajo tiempos más generosos, varios de los discursos de la entonces presidenta Cristina Fernández. Cristina fue la primera mujer electa para el cargo. De la mano de Ayrinhac, Evita había sido la primera mujer en ser retratada oficialmente junto a un presidente en la vida política argentina. Aquel cuadro añade otra novedad: la legendaria sonrisa de Perón. Nunca antes un mandatario argentino había roto, siquiera tan sutilmente, la solemnidad al ser retratado.

Todo había comenzado entre las sierras y campos del sudoeste bonaerense, una paleta completa de colores que la naturaleza regalaba a las pupilas del pequeño aveyronés Numa Camille Ayrinhac. “Frente a mí se extiende el insondable cielo: la tierra toma su lugar bajo el infinito. La luz exalta la estructura. En el espacio, las líneas y los movimientos, forman una sucesión de planos que adquieren color según su alejamiento. Ninguno de esos planos escapa a la influencia del cielo y cada uno, en su entorno, ejerce notable acción sobre los que le circundan. El lenguaje sosegado de la naturaleza, donde la vehemencia de los elementos desencadenados incita el entusiasmo del artista”, describió el propio artista.

1895 fue año de censo nacional. Los censistas recorrieron cada pueblo. En Lobos visitaron el hogar de Mario Perón, Juana Sosa y un hijo homónimo de su padre, de tres años. Otro estaba en camino. Nacería en octubre, como Juan Domingo. Caminando la provincia hacia el oeste, el censo pasó por Pigüé, para actualizar la estadística cotidiana y regalar un dato a la posteridad, surgido del hogar de los Ayrinhac. Más de un siglo transcurrió desde la pregunta del censista: ¿y usted, muchacho, qué es? “Pintor”, respondió Numa, aquel niño de sólo trece años.