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    anais vialá•  Fue trabajadora de estas tierras con el arado mancera, una pionera luchadora que esperaba la luna para descansar.

    Anais Vialá era hija de don Artemio Vialá, a su vez integrante de una de las familias fundadoras de la colonia aveyronesa de Pigüé, le tocó, en plena niñez, participar de las nada cómodas condiciones de la vida, al colaborar en las duras tareas campesinas, cuando todo estaba por hacerse.

    En su libro « Narración de mi vida», Anais refleja con pasmosa fidelidad cómo se sufría, la única alegría, era salir adelante, pagar el campo, formar una familia.

    «Nuestro padres no nos ocupaba solamente en cuidar los animales. Fuimos también grandes aradoras y sembradoras y trabajadoras en las cosechas, ningún trabajo de la chacra nos era desconocido. No se conocía entonces otro arado que el mancera, tirado por una yunta o dos de bueyes, según que se arara en rastrojo o campo virgen». «Cuando se araba el campo virgen, para un arado se precisaban dos personas: una picanear a los bueyes y otra para sujetar el arado a la mancera. Me tocó durante muchos años el manejar la picana a la par de un peón o de mi padre o hermano mayor. También ayudé en la siembra».

    «Mi padre o mi citado hermano llevaban el arado y yo, detrás cargada de papas partidas, iba echando en el surco un pedazo a cada tranco; igual o parecido trabajo hacía en la siembra de porotos o de maíz, poniendo las semillas en el surco, naturalmente, pero a menor distancia»

    «Después vino el arado que tenía dos ruedas delante y al que no precisábamos sujetar de la mancera; sembrando el maíz entre una de mis hermanas mayores y yo, como las papas, en surcos, yendo detrás del arado».

    «El trigo era sembrado a vuelo. Primero, para que pudiera guiarse el sembrador, había que marcar la tierra que se iba a sembrar, poniendo en una rastra a la cincha de un caballo, un palo u otra cosa pesada que dejaba surcos en la tierra, a seis o siete metros, uno de otro».

    «El sembrador andaba a pie con una bolsa en echarpe con trigo, y tropezando aquí y allá realizaba trabajosamente su noble y fecunda tarea, que era la siembra a vuelo».
    «Algunos sembraban a caballo. A mi hermana mayor, ni a mí, no nos tocó sembrar trigo, pero sí marcar los surcos para que otros sembraran y también pasar la rastra de dientes para tapar el trigo, que, como es sabido, en la siembra a vuelo queda encima de la tierra: para esto se usaba también una rastra con dos yuntas de bueyes. Estos eran dirigidos de a pie, con orejeras, pero muchas veces, enfurecidos, sin que lo pudiéramos evitar, debido a nuestra poca fuerza, daban una vuelta muy cerrada y volcaban la rastra, poniéndonos en graves apuros para volverla a su situación de trabajo».

    Vida ruda

    Anaís Vialá, en su libro, sigue contando que, «en medio de tan rudas tareas para la mujer, fuimos creciendo sanas y fuertes. Y a medida que crecíamos, crecían también los intereses de la familia y ello nos imponía cada ano una nueva y más pesada labor. Así, cuando había cumplido 14 anos tuve que dejar las vacas en tiempo de cosecha para amontonar las gavillas de trigo o efectuar otras tareas; en las de los años siguientes tenia que acarrear las gavillas hasta la parva en un carro de dos ruedas».
    «Con qué ansias esperábamos la noche para descansar!!!», recuerda.

    Los Vialá

    Los Viala llegaron para fundar la colonia Pigüé forman do parte del primer contingente aveyrones de cuarenta familias que se asentó en Pigüé el 4 de diciembre de 1884.
    «Mis padres, Artemón Viala y Marla Viargue y siete hijos, cinco mujeres y dos varones, constituíamos una de esas cuarenta familias fundadoras.

    De Los siete hermanos, eran Los mayores dos mujeres de 20 y 18 años y un varón de 14; las otras tres mujeres estaban por cumplir, una 10 años, otra, que era yo, 8 y la otra 6; y por ultimo, el menor de los varones de dos o tres años. Pertenecían a un grupo y a una cultura con rasgos propios: profundamente religiosos, hecho determinante en la alta tasa de fecundidad que exhibían, no hablaban francés sino patois -el dialecto regional- y sostenían creencias, mitos y rituales que circulaban en una sociedad que tenía clara la división del trabajo entre hombres y mujeres, sus derechos y sus obligaciones».
    Fue en este ambiente que pasó su niñez Anais Viala. Y fue a esta sociedad y en especial a su grupo primario a quien desafió abiertamente, violando todos los mandatos, al separarse de su primer esposo, viudo de su hermana Albina. Dejó así atrás a sus cuatro sobrinos para huir del hogar conyugal y seguir a su nuevo compañero, F. Caussanel..

    «No conocía mas que el campo»

    Arrancada del colegio en el que estaba como pupila interna desde poco tiempo atrás (en la familia Viala se establecían turnos para que los niños recibieran educación Anaís se vio compelida a casarse con su cuñado -un bebedor incorregible los 16 años. Eso la convirtió además en madrastra de cuatro sobrinos huérfanos de su hermana a Albina. Una descripción de las motivaciones de este enlace superaría los Iímites de este artículo.

    Sin embargo, no podemos dejar de tener presente que «las transacciones matrimoniales están articuladas con arreglos políticos y económicos. Esta articulación crea una situación muy compleja y es muy dificil que las mujeres puedan salirse de ella o enfrentarla» .(Lamas 1986:191)
    Precisamente lo que Anaís se atrevería a hacer pocos años después, al experimentar el sin sentido de su vida en pareja: «Eramos como un matrimonio de viejos cansados de vivir».

    En su libro Anais Vialá cuenta que, además de las tareas domésticas, debía continuar con la faena del campo.
    «Tenía entonces que hacer otra vez el oficio de cuidadora de las vacas, bueyes, caballos y cerdos, pues los alambrados que habla no impedían sus avances; y volver a sacar agua de un pozo a La cincha de un caballo, para todos. (…) Cuando llegó la primera cosecha, después de mi desgraciada unión, mi situación, en cuanto al trabajo que tenia que hacer, había cambiado, siendo ahora peor que cuando vivía con mis padres».

    La mayor decisión

    El jueves 25 de noviembre de 1895 Anaís abandonó a su esposo, huyendo con su nuevo compañero, Caussanel, iniciando un largo trajinar por la región.
    En el año 1900 queda viuda de su primer esposo, así es que a los 24 años se casa con Caussanel, al instalarse en una chacra alquilada en el Partido de Carhué, Anais descubre que su esposo nada entiende de las faenas del campo: «Yo tenia dos caminos para elegir: o dejar a mi marido que lo desbaratara todo o sentarme resueltamente en el arado. Elegí lo ultimo.»
    Pocos anos después (que fueron un calvario para su mujer) F. Caussanel, alcanzado por el delirio y la locura, es internado. Fallece en el Hospicio de las Mercedes el 2 de enero de 1923 y Anaís viaja a Buenos Aires para darle sepultura.

    Una mejor vida

    «lba a probar una vida nueva, en la que solamente mi voluntad y mi criterio han dirigido mis pasos; vida, en fin, que me ha sido provechosa y agradable» afirma entonces Anaís y recuerda: «Mi vida se deslizó desde entonces, tranquila, por sendas sin abrojos, trabajando a veces en la hechura de medias para ayudar a la pequeña renta que me daban 16.000 pesos.»
    Más tarde su renta aumentó, siendo poseedora de un campo de 160 hectáreas, que alquiló, y dos casas en Puan, donde se estableció.

    Cerca de los 60 años concibe la idea de redactar sus memorias. Y empieza a tomar apuntes en un cuaderno escolar, en calma, «dueña de mi voluntad y mas bien feliz que infeliz»
    Dejó «la noche atrás» y, precisamente porque abandonó para siempre las desdichas del pasado, pudo reflexionar y narrar sus experiencias, ayudada por su coraje y sostenida por el orgullo de haber forjado su destino.
    Anaís Vialá falleció en el año 1960.

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