21.7 C
Pigüé
sábado, octubre 23, 2021
  • Informe Especial
Otras

    Antonio Mastrota: la Segunda Guerra en primera persona

    Destacadas

    Sudoeste juega semifinales del Argentino B de hóckey

    Tras quedar segundos en su zona con dos victorias y una derrota,...

    Peñarol en cuartos de final de la Copa Nacional Tres Arroyos

    Un buen torneo está protagonizando el club Atlético Peñarol en la Copa...

    P1010047(POR Julián Cervera, estudiante de periodismo pigüense).-   Don Antonio a  lo largo de una extensa charla, Antonio Mastrota cuenta su experiencia en la Segunda Guerra Mundial como soldado del ejército italiano y, luego, prisionero de los Aliados.

     Antonio Mastrota, jubilado de 90 años, nacido en Alione, provincia de Matera, Italia, que reside hace más de 60 años en la ciudad de Pigüé, provincia de Buenos Aires, relata su experiencia en lo que fue uno de los conflictos armados más grandes de la historia, la Segunda Guerra Mundial. Fue capturado como prisionero por parte de las fuerzas norteamericanas después de haber defendido las tierras que lo vieron nacer.

    En septiembre de 1939, la Alemania Nazi comandada por Adolf Hitler invade Polonia, hecho que desata la llamada Segunda Guerra Mundial, donde se establecen en un principio don bandos: el Eje (Alemania e Italia) y los Aliados (Gran Bretaña, Francia y Polonia).

    Un año después de comenzado el conflicto bélico, la Italia de Benito Mussolini se une a la guerra atacando a Francia por el sur, lo que lleva a que ésta firme un armisticio con Alemania que desencadenó en la ocupación de las dos terceras partes del país.

    Mussolini movió su flota, una de las más grandes de Europa, para defender el Mar Mediterráneo y las tropas terrestres se dirigieron hacia África donde se disputaba la posesión del Canal de Suez que permitía el abastecimiento de Gran Bretaña. El 28 de octubre de 1940, Italia invade Grecia lo que fue una de las peores movidas, que es repelido con facilidad y hasta pierde terreno en la ya tomada Albania. Adolf Hitler no tuvo más remedio que enviar tropas por el nordeste de Grecia para terminar el trabajo de las tropas italianas. La llamada Campaña de África del Norte vio su finalización el 28 de marzo de 1941 cuando barcos británicos encontraron desprevenida a la flota italiana que protegía el paso del Canal de Suez en el extremo sur de Grecia y la anularon completamente. De esta manera, los Aliados vieron una gran oportunidad para dar un vuelco al rumbo de la guerra.

    Las tropas italianas, a pesar del declive de la flota, ayudaron en batallas para las tomas de países como Yugoslavia, Somalia, Eritrez y Túnez. Ya con la intervención en la guerra de países como Estados Unidos y la Unión Soviética, ambos para el bando de los Aliados, Italia llegó a tener el control de casi todo el Cuerno de África, pero no por mucho tiempo ya que a comienzos de 1941 las fuerzas británicas realizaron ataques a las tropas italianas que tuvieron que emprender la retirada y fueron perdiendo territorio hasta la rendición total el 13 de mayo que dejó un total de 250.000 prisioneros en África.

    La Guerra del Norte de África y la toma de Sicilia por parte de los Aliados, fue un golpe muy duro para el régimen de Benito Mussolini que fue encarcelado el 25 de mayo de 1943 y destituido por Pietro Badoglio quien mantenía reuniones secretas de paz con las fuerzas Aliadas.

    El soldado Antonio

    En esta parte de la historia toma protagonismo Antonio Mastrota quien estuvo en la defensa de Sicilia de los ataques de Estados Unidos. Antonio comenta que comenzó el servicio militar el 1º de septiembre de 1942 y fue capturado como prisionero un año después, el 29 de julio. Su experiencia como cautivo comenzó en Boston, Estados Unidos, donde estuvo 10 días para luego partir hacia Oran, Argelia, donde trabajó casi dos años. Él aclara que el trato que recibió fue muy bueno por parte de los norteamericanos que los trataban como si fueran Aliados.

    Antonio Mastrota, que habla el castellano con dificultad, dice que tuvo suerte porque el trabajo que le tocó fue el de ayudante de cocina: «Yo me lo he pasado muy bien pero debíamos cumplir un estricto horario de trabajo, ni un minuto antes, ni un minuto después. Nosotros en la cocina teníamos que estar a las 3 de la mañana, a las 5 llegaba el primer camión y tenía que estar el café hecho. Después seguíamos trabajando hasta el mediodía que teníamos que servir la comida a los soldados; una vez que comían, éramos libres hasta las 3 de la mañana del día siguiente».

    Otra de las anécdotas que cuenta es cuando los jefes militares de los Estados Unidos inspeccionaban, con guante de seda blanco, los platos una vez lavados por los soldados: «Venía el jefe, le pasaba el dedo al plato y tenía que estar blanco, si no…» (hace una seña con la mano como enviando al soldado a algún sitio a que sea castigado). «Yo lo vi con mis propios ojos, yo estaba ahí. ¡Hay que estar ahí…!».

    Esa es la parte de Antonio como prisionero pero también está la parte de Antonio como soldado de Italia, más específicamente en los campos de Sicilia donde le sucedió una de sus peores experiencias en la guerra: «Un 16 de julio, salí del campamento para buscar uvas en un parral que había en un cerro y, en un momento, aparece un avión que comenzó a ametrallar y yo me tiré de cabeza. Cuando me levanté, la parra estaba a 20 metros de donde me encontraba».

    Luego de salvarse del ataque del avión, debía volver a la base pero al llegar a ésta, por la conmoción y el miedo, se había olvidado la clave para poder ingresar y el soldado que hacía la guardia (que no lo conocía) estuvo a punto de dispararle. «¡Soy Antonio Mastrota! ¡Soy Antonio Mastrota! Pero por suerte había un mayor que le reconoció la voz y lo dejó entrar. En esas dos ocasiones Antonio sostiene que estuvo al borde la muerte.

    Cuando las tropas norteamericanas desembarcaron en Sicilia, lo hicieron por los cuatro flancos y encerraron a las fuerzas italianas, donde entre ellos se encontraba Antonio Mastrota que recuerda el estado de la ciudad luego de los bombardeos: «La pared más alta tenía la altura de la cintura».

    Una vez hechos prisioneros, nos cuenta que mientras desfilaba frente a los oficiales norteamericanos, éstos abrían latas de viandas (porotos o garbanzos), olían su interior y las tiraban al suelo: «Nosotros teníamos ganas de levantarlas y comerlas. Pasamos mucho hambre»

    .
    Por otro lado, los invasores tuvieron buenas actitudes, como obsequiarles equipamiento y vestimenta a los prisioneros: «Nos dieron ropa limpia porque estábamos llenos de piojos, dos equipos de chaquetas, camisas, pantalones y un mameluco impermeable».

    En una de las anécdotas que Antonio recuerda, comenta que mientras unos soldados norteamericanos que patrullaban en Jeep y que ya conocían a Antonio, lo llevaron a disparar una ametralladora Breda 37 a un cerro que se encontraba alejado del campamento: «El arma no funcionaba, entonces se la desarmé y la arreglé, teníamos dos cajas de municiones y las gastamos todas. Entonces cuando terminamos de disparar, los soldados tiraron la ametralladora. ¡Ah, yo me tapé los ojos! ¿Qué guerra íbamos a hacer nosotros? ¡Si cuando practicábamos en el servicio militar teníamos que juntar las cápsulas una por una para volver a usarlas!
    Antonio repetía una y otra vez: «Italia, hay que reconocerlo, estuvo mal, muy mal, pero se retractaron para evitar la destrucción de la arquitectura».

    Ese era uno de los mayores miedos de los ciudadanos, el ataque de bombarderos que destruyan los grandes edificios como el Coliseo o el Vaticano.
    Lo que hay que destacar del accionar del ejército de los Estados Unidos, por lo menos en este caso en particular, es que a Antonio, al finalizar la guerra, le pagaron por el trabajo efectuado en el transcurso de ésta: «Yo cobré 495 mil Liras y 461 Dólares con 16 centavos, está escrito acá» (señalándose el entrecejo).

    Pasada la guerra se instaló un rumor entre sus compatriotas de la amenaza de un nuevo conflicto armado. Esto motivó el deseo en él de emigrar a tierras más pacíficas. Al tener familiares ya radicados en la Argentina, decide junto con otros 30 italianos emprender la búsqueda de nuevos horizontes.

    En el año 1950 arriba a nuestro país instalándose en Pigüé junto con sus compatriotas, iniciando una nueva vida lejos de los horrores de la guerra. Adaptarse no fue difícil, sin embargo al seguir frecuentándose con sus camaradas italianos no pudo cultivar el idioma de la mejor manera, ya que aún hoy en día sigue utilizando su lenguaje natal.
    Antonio Mastrota a sus 90 años recuerda toda su vida de manera lúcida y revela en sus comentarios y relatos un sentimiento de desprecio hacia la guerra y de gratitud hacia la tierra que le dio una nueva oportunidad.

     

    - Avisos -

    Sudoeste juega semifinales del Argentino B de hóckey

    Tras quedar segundos en su zona con dos victorias y una derrota,...

    Peñarol en cuartos de final de la Copa Nacional Tres Arroyos

    Un buen torneo está protagonizando el club Atlético Peñarol en la Copa Nacional Senior de fútbol que...

    El “Bibliomóvil” recorre el distrito

    Los Bibliomóviles son vehículos de la Conabip que funcionan como bibliotecas itinerantes con un equipamiento que los transforma en centros culturales...

    Notararigo recorrió obras en marcha

    El intendente Gustavo Notararigo visitó hoy las 25 viviendas que se construyen en Pigüé y ayer recorrió Goyena junto a la...
    - Avisos -

    Noticias Relacionadas