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    DSC_0144(Por Walter Ditrich. walter@semreflejos.com.ar). Cuando la historia argentina se detiene en las invasiones inglesas de 1806 y 1807, no falta quien se lamenta por la resistencia criolla ante el invasor pirata. «Si en lugar de tirarles agua hirviendo a los ingleses les hubiéramos servido el té, hoy seríamos como Canadá,  Australia o Nueva Zelanda», se suele decir con un dejo de melancolía. Como si nuestro destino fatal se hubiera decretado ese día porque el «barco inglés» pasa sólo dos veces en la vida.

    Esos comentarios, emulan a la otrora «dama bien» del Buenos Aires de 1810 Mariquita Sánchez Thompson. Esa señora muy aseñorada, se babeó ante la «belleza del uniforme inglés» y atendió con todos honores al invasor Beresford. Es que desde los confines de nuestra historia, las clases «más acomodadas» del país miraron hacia Europa dándole la espalda a la américa latina. Los «acomodados de siempre» desde siempre ven a esa américa demasiado morena, o demasiado argentina.
    Nunca suponen, quienes sienten nostalgia por los imperios de ultramar, que en lugar de parecernos a Canadá, bien podríamos haber sido la Sudáfrica del continente. Como la tierra de Mandela pero en el cono del sur más, hubieramos vivido con los morochos arrumbados en villas miserias tapiadas por sordos muros, millones de argentinos discriminados, sojuzgados y apaleados por quienes sólo le piden a Dios que salve a la reina.

    Los imperios que ocuparon buena parte del mundo para saquearle recursos naturales y venderles espejitos de colores made in England;  no hubieran hecho otra cosa en las pampas del sur que llevarse el cuero barato para vendernos luego las botas caras. De todas maneras lo lograron sin convertinos en kelpers continentales. Porque las Mariquitas les abrieron las fronteras del libre comercio.
    De consuelo, nos queda que, por lo menos, tuvieron que pedir permiso y soportar una celeste y blanca ondeando en los cielos. Sufrieron, además,  el gol de Diego y el ser vistos con un parche en el ojo porque nunca podrán argumentar que las Malvinas están en su territorio.
    Tal vez, no sea tan descabellado adscribir a esa humorada popular que achaca todos los males de la Argentina a los argentinos que nuestra territorio tiene dentro. Pero es seguro que arrodillarse ante el imperio saqueador no nos hubiera asegurado un lugar en el primer mundo.

    Quizás las señoras bien hoy tomarían el té a las 5 en lugar de mate y en lugar del caso Boudou, los diarios se ocuparían de los affaires de alcoba de la casa real, pero no nos iría mejor de lo que nos va.
    Tampoco es cuestión de asegurar como las propagandas K que Argentina es un país con «buena gente», y olvidarnos de todos los vendepatria que nos hicieron lo que nos hicieron durante décadas.
    Pero también, entre Ushuaia y La Quiaca están los muchos que valen la pena. Los que labran la tierra con manos callosas, los maestros que escalan la montaña para llevar saber a un puñado de olvidados, los médicos que desafían los montes; los obreros que levantan paredes y fábricas, los que cargan pesadas cargas con hombros cansados; los abuelos que dieron tanto y reciben tan poco. Ellos también son argentinos.

    Belgrano, Moreno, San Martín, Güemes, el Che Guevara, Houssay. Leloir, Favaloro, Borges,  Milstein y Pérez Esquivel. En estas tierras nacieron Manuela Pedraza, Alicia Moreau,  Evita, Mercedes Sosa, Alfonsina, Lola, Tita y la abuela Estela son argentinas. Fangio, Ginóbili, Vilas, Maradona, Mezzi, Monzón son triunfadores argentinos.
    Vos, yo, él y aquel también somos argentinos. De a puñaditos hacemos patria donde podemos y como nos dejan.  No hemos bajado los brazos aún. A pesar de las traiciones de  ese, esos y aquellos. Porque como decía Atahualpa, la arena es un puñadito, pero hay montañas de arena.

    Si en lugar de envidiar la vida del conquistador, nos decidimos a no ser nunca más conquistados, tal vez logremos que nuestra fe mueva montañas. Empecemos por aportar un puñadito de argentinidad, que tanta falta hace.

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