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martes, marzo 2, 2021
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    armando1por walter ditrich (walter@semreflejos.com.ar).– El Chiquito Benítez era un ruso grandote, que parecía haber sido alimentado a bulones. Había heredado el tamaño de la raza aria por parte de madre. 1,90, espalda ancha, brazos y piernas potentes. Su porte impresionaba. Tenía excelente condición atlética y llamativa destreza para semejante tamaño físico.
    Jugaba de central en Atlético y su cabeza amarilla encandilaba por sobre el resto del equipo cuando salía a la cancha.

    Técnicamente muy dotado, transmitía una tranquilidad pasmosa para resolver situaciones de riesgo. Era infranqueable en el juego aéreo,  contaba con gran velocidad de piernas para salir a cortar y una patada de mula. Tenía todas las condiciones para haber trascendido los límites de la Liga Regional.
    Pero Chiquito, a quien no muy ingeniosamente le decían así por su gran tamaño; tenía un defecto difícil de disimular. Ya era un secreto a voces. Los delanteros de todos los equipos rivales lo sabían y sacaban ventajas de esa información. Chiquito seguía siendo titular igual, porque Atlético no tenía un central más grande ni mejor dotado que él. A medida que todos fueron sabiendo su defecto, su rendimiento comenzó a decaer.

    El defecto imperdonable de Chiquito venía de nacimiento: era demasiado bueno. En su metro noventa de carne y músculos de acero no había una pizca de maldad. Ni siquiera, contaba con un gramo  de picardía.
    Chiquito nunca pegaba una patada. Y si por casualidad su pierna impactaba la pantorrilla de algún rival; rápidamente pedía disculpas y atendía él mismo al herido.
    – Te duele?- te pegué mucho?…. Perdoname, por favor! fue sin querer!- solía repetir en esas situaciones visiblemente compungido.
    Nunca un codazo, un insulto o un agarrón. Con la pelota en juego, se preocupaba más por la integridad de un rival golpeado que por alejar el peligro del área.
    Su defecto se fue divulgando como un reguero de pólvora y a medida que avanzó en las categorías formativas, comenzó su equipo comenzó a sufrir las consecuencias negativas en el arco propio.

    Cada vez que subía a cabecear en un córner, solía volver  tomándose la nariz o agarrándose las costillas. Era muy gracioso ver como el más grandote del borbollón de camisetas salía herido mientras algún petisito con cara de pícaro sonreía burlonamente.
    Chiquito nunca se quejaba. El siempre pensaba que le habían pegado sin querer. Más de una vez hasta no entraba el área para no empujar a nadie o no sufrir dolor. Odiaba los empujones.
    Inocente al extremo, era capaz de abandonar la zaga central y salir corriendo hacia el vestuario en pleno partido.
    -Chiquitooooo, volvé, donde vas!. que hacés?…

    Al rato, Chiquito volvía al trote con cara de aliviado y confesaba sonrojando que ya no aguantaba las ganas de ir al baño a «hacer po pó». La palabra po pó en boca de semejante socotroco de tipo sonaba demasiado graciosa como para infundir respeto.
    Sin maldad, inocente y bonachón, era además demasiado justo para el mundo del fútbol.
    – Si, fue penal!!! cóbrelo que fue penal, me tocó en la mano!!- le gritó una vez a un árbitro ante una dudosa jugada. Nunca reclamaba un lateral y siempre reconocía cuando se le había ido a él.
    Hasta se enojaba con sus propios compañeros que abusaban del juego brusco y  llegó a pedir una expulsión para el Pacha Cardozo, su compañero de dupla central, por un patadón al 9 de El Ombú.
    Viendo tantas condiciones desperdiciadas por falta de carácter futbolístico, muchos se preguntaban qué hacía Chiquito  Benítez dentro de una cancha de fútbol.
    Fue la presión social lo que llevó a calzarse los cortos. Todos sus amigos jugaban fútbol y no había otro deporte para practicar en el pueblo. Pero a Chiquito no le daba placer correr detrás de una pelota. Su verdadera pasión era otra.

    En la piecita del fondo, casi en secreto; en las desiertas siestas pueblerinas, el enorme central de la Primera de Atlético despuntaba su placer prohibido:  a Chiquito Benítez le gustaba pintar. Era un artista. Dentro de tamaña mole se escondía un Picasso tierno y expresivo.
    Había asistido a clases de dibujo de pibe. Pero las burlas de sus compañeros de grado y la cara de el viejo Benítez cuando se enteró de que tendría un hijo pintor en lugar de un carnicero del área, lo convencieron de ocultar sus inclinaciones por el expresionismo.
    Así fueron pasando las categorías formativas, y los campeonatos. Chiquito Benítez terminó el colegio y trabajó en el corralón de materiales descargando camiones como si estuvieron cargados con plumas.
    Se casó con la Rusita de la otra cuadra y levantó la humilde casita con sus enormes manazas cada vez más callosas. La casita tenía, claro, una piecita en el fondo donde Chiquito seguía pintando en secreto.
    Atlético alternó buenas y malas en lo deportivo; pero ese año parecía que sí. Se habían alineado los planetas y todo hacía suponer que podría lograrse el campeonato.
    Chiquito, a pesar de los años, seguía manteniendo su envidiable condición física que, continuaba desperdiciando por  bueno. O buenudo, como decía la hinchada cada vez que acariciaba a un rival en lugar de «partirlo en dos».
    La final se jugó en cancha de Atlético frente a Sportman Club; el equipo del pueblo vecino con el que se acumulaban broncas eternas.
    El partido fue cerrado como toda final importante y hasta Chiquito, que siempre salía jugando con maestría se vio obligado a colgarla de los eucaliptos. El Puchi Leguizamón lo paró a empujones, porque Chiquito amagó con saltar el alambrado para a ir a  buscarla porque se sentía culpable de haberla mandado al diablo.
    En el epílogo del match, cuando sobran nervios y faltan piernas; se debía ejecutar una falta en favor de Sportman. Tras las discusiones y pedidos de reclusión perpetuara para el Pacha Cardozo, el referí se vio obligado a mostrarle la roja. El propio Chiquito fue quien retiró a su compañero para poder seguir jugando Lo encerró en el vestuario y volvió presuroso a defender el tiro libre.
    Cuando todo parecía haberse normalizado, ocurrió lo impensado.
    Se escuchó un ruido a hueso roto y un quejido de dolor atroz. Todos miraron al piso y no podían creer lo que venían. El Chulo Rivadaneira, un negro feo de Sportman que jugaba de centrodelantero yacía mirando el cielo entre el suelo polvoriento. No hacía falta contar hasta 10 para decretar el nocaut técnico.
    Junto a sus pies, con los ojos inyectados en odio, Chiquito Benítez lo miraba con los puños apretados, esperando que se levantase. El Chulo no se levantó, y a Chiquito nadie se animó a decirle nada. Respiraba agitado y la bronca le brotaba por los poros.

    – Chiquito.. te… Te voy a tener que echar….- dijo el árbitro tímidamente.
    Chiquito no dijo nada. Agachó la cabeza y enfiló para el vestuario. Ni se bañó. Tampoco había dónde hacerlo. Cuando manoteó el bolsito para irse rápido escuchó el rugido de gol de la hinchada visitante.
    Esa final perdida fue su último partido. Se despidió como nadie hubiera pensado: con la única tarjeta roja que le sacaron en 25 años de fútbol.
    Cuando por fin despertó, Chulo Rivadaneira no sabía si lo había pasado por arriba un tren o un malón de indios. Nunca contó qué había pasado ente ambos en aquel área polvorienta. Se supone que no recuerda nada de los sucedido. Para Sportman, el Chulo fue una especie de ídolo del anti fútbol. Porque si él no hubiera hecho expulsar a Chiquito, no existía ninguna posibilidad de ganar esa pelota en el área que  se convirtió en el gol del campeonato.

    Chiquito nunca más habló del tema. Cada tanto, alguien mencionaba cerca suyo esa final, como invitándolo a hablar. El jamás emitió palabra.  No había nadie tan inconsciente como para animarse a preguntarle y arriesgarse a otra reacción como la que tuvo esa tarde.
    Algunos supusieron que el Chulo le había dicho algo sobre la Rusita; o hasta se comentó que pudo haber algo oculto entre ambos.
    – Le debe haber dicho algo de la vieja!»- se arriesgaba en las mesas del club.
    – NOOO, a Chiquito le decían hijo de puta en todos lados y nunca se calentó!. Para mi que le tocaron el culo o algo así…-
    – Que va!!, lo han escupido y todo y nunca le pegó una piña a nadie!-
    – Qué le habrá pasado?… Yo lo conozco de pibe y fue la única vez que le pegó una piña a alguien. Mirá que la han dicho y le han hecho cosas!!!. Yo por la mitad de lo que aguantaba él, le partía la cabeza a cualquiera… Si yo hubiera estado.. Capaz que lo paraba, o capaz que sacaba esa pelota.. Si no me hubieran echado…….- se lamentaba el Pacha Cardozo. – Mirá que le decía:  Chiquito, pegá una murra vos que a vos nadie e va a decir nada!… Pero no, era más boludo!-.

    Una noche de tedio y caña quemada en el buffet; Chiquito apuraba el trago y miraba las brasas del fogón que se iban apagando de a poco como sus ojos. El cuerpo se le había achicado por los años y el maltrato.
    La Rusa ya no estaba y Chiquito mataba sus horas de jubilado en el club Atlético jugando truco y hablando poco, casi nada.
    – Mamarracho… – murmuró esa noche.
    – Mamarracho, dijo!, Chulo y la reputa madre que te parió!-  insultó Chiquito escupiendo e pucho al piso.
    – Que te pasa Chiquito?- preguntó el parroquiano que no soltaba el mostrador para no caerse.
    – El Chulo…, el 9 de Sportman… Me dijo que mis cuadros eran un mamarracho… Qué mierda sabrá él lo que es el arte, digo yo….-

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