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    DSCF5529• Pintora y escultora, trabajó como docente en talleres, participó de obras colectivas y eligió un camino que nunca se acaba, dice que el arte es una bendición y siempre nos salva.

    María Graciela «Tati» Courrege, primera hija de Esther Cristoforone y René Courrege y hermana de Ricardo, nació en Pigüé, su educación transcurrió al Colegio Niño Jesús, y desde muy pequeña incursionó en, particularmente, dos expresiones artísticas como la pintura y la escultura, aunque hoy admite encontrar arte en casi todo, el viento, los árboles o el abrazo de un niño.
    Tiene seis amores fundamentales en su vida, además del arte, son sus hijos Andrés, Soledad, Enrique, Agustín, René y su nieta Amelie.

    La primera etapa de su niñez vivió en el campo con su familia y no recuerda una época en la que no dibujara, pintara o jugara con barro: « experimentaba mucho, por ejemplo, con el barro hacía pequeños objetos, formas, no se lo que serían, y después mi mamá me las horneaba en la cocina a leña. Y no me olvido de esa caja de colores acuarelables, de chapa, eran franceses, también me compraban témperas y pinceles, en verdad, siempre me alentaron a hacer lo que me gustaba, acá en Pigüé había un lugar donde enseñaban dibujo, pero fui muy poco, es que me gustaba hacer mi vuelo».

    «Pero también tuve la suerte de tener una tía artista plástica, Zulema Cristoforone de Seco, y tuve una etapa muy abstracta, luego escribir sobre lo que pintaba también, es que hay una relación muy estrecha del texto con la pintura, cada cuadro tiene una historia, se lo que tengo que hacer, sale de las tripas, tiene fundamento, sentimiento, o mi memoria celular saca eso»; comenzó relatando Tati.

    Como muchos de nosotros, Tati tuvo una abuela con aires de hada, era la abuela Tita, ella siempre tenía tiempo y entregaba espacio y oído: « escuchaba, eso es lo que hacía mi abuela conmigo, y el garabato que yo hacía no lo dejaba tirado, tenía una importancia, eso está tan bueno para que lo hagamos con nuestro hijos y nietos, los niños dicen tantas cosas».

    Más adelante, desde los doce años, Tati viajaba los sábados a Bahía Blanca a tomar clases con el maestro Rafael Martín, una etapa de aprendizaje que no termina, fueron años de adquirir mucho conocimiento, técnicas y en la que la artista se expresó en la escultura, pero, principalmente, es la pintura.

    Luego de culminada la escuela secundaria, casamiento y una nueva tarea, la de ser mamá, y sin espacio y tiempo para pintar o realizar una actividad vinculada al arte; aunque cuenta que jugando con los chicos, construían cosas y era una manera de seguir haciendo lo mismo.

    La artista encuentra que se puede expresar tanto en la pintura, escritura, como en la escultura, sea de arcilla o madera: « la madera es muy noble, también he trabajado con otros elementos, pero para la escultura, para mí, como el barro no hay nada, esto es personal, es como si un hilo del universo te conectara, te pasara por el corazón, por las manos y al barro, tengo esa sensación, ahí te pasa una conexión perfecta si hacés con el corazón y significa una entrega a su vez, porque la obra se termina cuando se la das a otro»; manifestó Tati, para añadir que el arte conecta con lo más puro, y agregó:

    «Creo que el arte nos salva, lo que rescata a todo ser, de la violencia, del ritmo de hoy, yo trabajé con personas psiquiátricas y fue muy curioso lo que hacían en el taller que di en el Psiquiátrico y el Hogar del Hospital».
    La etapa de docente, ayudando a su amigo Ricardo Camandona en el Taller Crear durante doce años fue muy importante para Tati, un tiempo no tanto de enseñanza, sino de aprendizaje: « trabajar con los chicos era muy placentero, en un ámbito de libertad y armonía, y ellos tienen mucho para decir, a eso vinieron».

    Tati dice que cada día de la vida busca sentirse bien, disfrutar de un atardecer, un libro, emocionarse con el viento y la naturaleza: «el arte en mi vida es un estado permanente de ver las cosas, por ejemplo hace un mes que no pinto, pero escribo, no me complico por producir y nunca me planteé vivir del arte, dar clases fue un trabajo que me pagaban y fue perfecto, el arte me rescató más de una vez, el arte nos salva siempre, es una bendición, el arte es saber mirar, sentir y poder sacarlo de manera perfecta y transmitir algo en el otro, que pueda vibrar con lo que hacés, gracias a Dios está este camino, hay que caminarlo nomás»; finalizó Tati.

    (* ) La artista pigüense, pintora y escultora, ha participado hace dos años en la Bienal de Buenos Aires y en obras colectivas en nuestra ciudad como en la escultura de la mujer en Plaza Sarmiento, y en las obras realizadas con árboles en el Parque Municipal (la última en homenaje al gaucho ubicada en el predio Isidoro Sarlinga).

     

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