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domingo, marzo 7, 2021
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    te_cuento_un_cuentoHeriberto se arrebuja en su poncho pampa y se arrima un poco más al fuego. El viento sur le pega fuerte al amparo improvisado y el chisporroteo de la hoguera dibuja mil arabescos antes de perderse en la oscuridad, llevado por la ventisca que se le gana al reparo.

    Heriberto Sosa está solo. Su caballo y su mate galleta le son sus únicas compañías; el caballo le rescata de la desolación. El mate le calienta las manos y las tripas.
    -¡Malaya!, caer tan desgraciao – pensaba – si hasta ayer mismito estaba tuito bien, con mi mujer y el crío, conchabado de peón en la estancia… Y ahorita… mirá nomás… – Escondido, perseguido y a la buena de Dios.

    Todo había perdido. Todo había cambiado, así de pronto, en una pesadilla trágica.
    -… Y cuando mandinga mete la cola, ¡carajo!.-

    El ventisquero de escarchilla arrecia, frío y con rudeza, le pega al pajonal haciéndole bailar a su antojo, una danza grotesca y sin ritmo. Pareciese una extensión de la negrura de la noche, amasando con sus manos heladas el abra, haciendo crujir las colas de zorro resecas y silbar a las cortaderas. Fea noche, cargada de malos presagios.

    -Tendría que hacerse de algún peludo o perdiz – pensaba, ya hacía casi dos días que huía y solo mate llevaba en las tripas. Justo en eso meditaba, y si parecía como que lo había llamado con la idea, y con el hambre. El sonido inconfundible, traído desde no muy lejos por el viento, anunciaba comida. Un poco de suerte no venía mal, pensó. Despacio y con el facón en la mano, dando grandes zancadas arrancó para dónde provenía el sonido.

    Debía llevarse por los otros sentidos, ya que no se veía ni las manos. Agazapado, casi arrastrándose, se arrimó hacia donde se escucha claramente el característico hozado, donde el desprevenido animal, justamente se ocupaba de hacer su madriguera. Y así lo cazó por sorpresa. Asiéndolo con fuerza de la cola, lo arrancó de la cueva recién iniciada. Con una rodilla le sujeta en contra del suelo y sin necesidad de ver, con un golpe certero y brutal dado con el cabo del facón, le desmaya. Luego en un solo movimiento, único y veloz, lo degüella. Sin miramientos, sin pensar, era solo comida y eso no se razona, solo es parte de sobrevivir. En un santiamén lo destripa y pronto lo arrima al rescoldo, entre las brasas, para lentamente asarlo.

    ¡Cuantas veces, en su vida anduvo así! cuando era arriero, incontables veces. Llevando vacas cimarronas hasta algún saladero cerca de los Buenos Aires, libre y sin más preocupación que la de llevar el arreo hasta destino. De Buenos Aires hasta Trenque Lauquen, desde Carhué hasta Cañuelas y otros tantos lugares, recorriendo en toda su extensión la Zanja de Alsina. Viejos recuerdos de soltería.

    Luego se encontró a su china, la convenció de acollararse y ya con otra responsabilidad, buscó un trabajo diferente, cerquita nomás de una colonia francesa, en una estancia grande de muchas leguas. Perdió la libertad, pero ganó en compañía, dejando su soledad para dedicarse a la familia. Nada de arrepentimientos, aunque cada tanto las nostalgias de su vida anterior le nublaban la mirada.
    Los momentos trágicos le perseguían, le seguían rondando en la cabeza y parecían volver en cada recuerdo, vívidos, casi reales, inconscientemente cada tanto, se aferraba al cabo del facón.

    -Cuatrero yo… ¡carajo!… si nunca toqué ajeno… ¡Ese hijo ‘e puta me viene a ensuciar así… claro, encima lo tiene de cómplice al degenerao del milico…!-
    Hacía unos días atrás, mientras recorría unos de los potreros de entre el abra, sorprendió a unos cuatreros robando hacienda de su patrón, y eso no era todo. El cabecilla y entregador, nada más y nada menos que el encargado. Ese, el que era hombre de confianza del patrón. Si hay algo que nunca le había fallado a Heriberto era el olfato, y el encargado simplemente le daba mala espina y ahora comprobaba sus sospechas.

    Por otro lado, Heriberto no debía andar por esos lares, solo se le había ocurrido cambiar el recorrido semanal sin avisar y justo se topa con esto.
    Luego todo se mezcló, y el patrón que no le cree, y claro en quién sino… ¿Dudar de su capataz?… ¿De su hombre de confianza?… casi amigo podría decirse, contra la palabra de un peón puestero. Llamaron a la autoridad, policía de destacamento y amigote del encargado, que ni lo quiso escuchar. No tenía dudas de que eran socios en esto – pensaba Heriberto.
    Una cosa llevó a la otra, la discusión y la pelea, y el capataz que se le viene encima a guapear, a querer “cojudear” intentando hacer “pata ancha” con el peoncito.
    -Como creyendo que no iba a defenderme, o que me iba a apichonar – reflexionaba con amargura.

    Y el facón, ese que nunca usó para otra cosa que no sea trabajar, en esta oportunidad salió a relucir con otro fin. En esa tarde fatídica, le abrió un tajo grande y profundo al sinvergüenza del encargado al que le dejó boqueando. Ahí frente al patrón y al milico, en defensa de su hombría de bien y de la verdad, esa verdad que debido a las circunstancias, de nada le servía.

    Luego correr hasta su criollito y salir al galope largo, mientras el milico le yerra varios chumbos con el revolver. Correr para vivir, correr hacia la libertad. Después de unos metros de huida, oyó tronar el Rémington, y ese bicho no perdona. Uno de los disparos le zumbó cerca de su cabeza sin darle, el siguiente se le incrustó en la espalda, a la altura de las paletas, pero no alcanzó para voltearle. Así corrió unos cuantos kilómetros, mirando cada tanto a su retaguardia. Corrió hasta sentirse seguro que nadie le perseguía, hasta agotar a su criollito que terminó por  aflojar el galope, en una carrera alocada y sin rumbo.

    Ahora, sentado frente a la hoguera, una y otra vez repasaba los hechos, una y otra vez sin pausa. La ira le cegaba, haciéndole hervir la sangre, maldiciendo su mala estrella y renegando de su Dios. Pero, al menos estaba vivo pensaba y es lo poco que quedaba.  ¿Qué será de su crío y de su mujer?… Seguramente arrancaron para el poblado… Estarían bien, seguro, habrían vuelto con sus padres. Los abuelos cuidarían del nieto… al menos eso era bueno de pensar.
    La espalda le dolía terriblemente, al menos no sangraba. Seguro que la herida estaba infectada, y si pronto no le trataba, indudablemente le iba a matar.
    De sus posibles perseguidores, por unos días, creía no debía preocuparse. Los había despistado. Quien se iba a imaginar que tomaría el camino más difícil, por entre el abra, el camino lento. Había que conocer y ser baqueano para andar en él.

    Anduvo al galope por el camino real, pero luego, volvió por sobre sus pasos, aunque a paso lento por entre el arroyo, sin dejar huellas visibles. Seguramente por el camino a Bahía Blanca le estarían rastrillando. Eso le daba algo de tranquilidad y tiempo, para pensar que hacer y que rumbo tomar.
    La cena chirriaba entre las brasas y estaba a punto. Dos días casi a puro mate y el quirquincho era un manjar. Solo la “cáscara” quedó del animal. Luego, unos troncos más al fuego, un tabaco armado y adormilarse, hipnotizado por su candil. Descansar, perder la razón en un sueño reparador de cansancio físico y de conciencia.
    El piafe del criollito le sobresaltó. Ya era día. Se había dormido profundamente y el amanecer le tomó por sorpresa. Un nuevo día, blanco, frío y húmedo de bruma. Una niebla espesa que le dejaba ver a pocos metros. De la hoguera, solo unas brasas encendidas. Con algunos mates encima, retomaría su andar.

    Ya había meditado al respecto y decidido qué camino tomar. Iría hasta el final del abra. No quedaba mucho para salir al llano y por el Cura – Malal, arrimarse a las tierras de Huanguelén, por allí una estancia grande, propiedad de un tal Rosquilla. Luego por Santa María de Guaminí y más allá… Consideraba peligrosa la idea, mucho soldado de línea. Pero algún amigo tenía por aquellos pagos y una mano, de gauchada, sin duda le iba a brindar.

    Dicen que por el Río Negro, aún quedan tolderías, dicen que de Catriel. Tal vez le acepten como a tantos otros… ¿Qué otra podría hacer un matador, cuatrero y fugitivo?… La civilización ya no le convenía y quería vivir. Ya había decidido, debían olvidarlo aquellos que le querían y esa es la única gran pena. Aquellos que no le querían, seguro que no lo iban a olvidar.
    El relincho le sacó del divague. No provenía de muy lejos y retumbaba entre los cerros. Corrió esos pocos metros que le separaban de su criollito, pero no logró llegar a tiempo. Su caballo respondió instintivamente el llamado.
    Seguro una partida, seguro que le buscaban. Con toda la prisa que pudo, ensilló y juntó sus pocas pertenencias. Mientras su herida en la espalda volvía a doler terriblemente por el esfuerzo.
    Montar salir al trote casi galope por entre las piedras serranas. ¡Rápido, debía poner distancia!
    “Vamos criollito, vamos amigo, no me afloje en la encrucijada.”
    Pero el infortunio le perseguía. Dicen los que saben, que una desgracia no viene sola. Son varias, una tras otra. Una cueva se cruzó en el camino del caballo y le hizo rodar cuesta abajo, desparramando a Heriberto entre las afiladas piedras. El golpe le desvaneció, sobre todo por caer con el ancho de su espalda, golpeando sobre la herida. El animal se levantó como pudo, asustado corrió cuesta abajo, hasta perderse de vista en la bruma y olvidando a su montado.

    Unos instantes pasaron hasta que volvió a tener conciencia, y pudo comprobar lo difícil de su situación. Magullado, casi paralizado por el dolor, y la herida que además sangraba. Intentó ponerse de pie, pero el dolor no se lo permitió. No le quedó más que arrastrarse, unos pocos pasos hasta una roca donde apoyar su espalda. La respiración entrecortada, la visión se nublaba, aunque alcanzó a divisar a escaso metros, allí arriba, una hendidura en la roca que le mostraba una pequeña gruta, casi escondida entre dos grandes piedras. Hasta allí se arrastró el paisano, buscando refugio en su interior.
    -“Hasta que pase la partida… hasta que logre pararme… hasta que deje de sangrar” – pensó.
    Lo único que le quedó era su facón y en el cinto, unas hojas de papel y una tabaquera hecha con la piel del cogote de un ñandú y yesca.
    -¡Qué desgracia amigo, que poco queda! – exclamó mirando el interior de la tabaquera. Solo uno podría armar, solo uno y nada más.
    ———————————————————————————————————————————–
    El grupo principal ya había pasado cansinamente, despacio, disfrutando del paisaje, de la buena compañía y de la cabalgata. El recorrido comenzó en el Parque Municipal de Pigüé. Unos trescientos jinetes se habían convocado ese día maravilloso, para disfrutar de la cabalgata hasta el “Monolito a la Primera Conscripción”, en el valle del Cerro Cura – Malal, en una edición más de tantas.

    Esta vez  el recorrido comprendía un pasaje por entre el abra, pero en este caso por un camino más escabroso que el habitual, donde solo jinetes podrían pasar. Carruajes, sulkis  y demás lo harían por la senda de siempre.
    El grupo de amigos venía riendo entre chistes y pavadas de jóvenes. No eran de los mejores jinetes, pero gracias a caballos baqueanos, se las rebuscaban, zafaban.
    -Hey… ¿Qué haces loco?-
    -Nada… voy a descansar, por un rato nomás, sigan si quieren – dijo el paisanito.
    Cuatro jinetes más, desmontaron, separándose de la fila india que seguía el camino.
    -Paramos un ratito, total falta un buen trecho todavía – argumentó uno de ellos. Mientras, se pasaban una bebida de refresco.
    -Ché, ¿Eso no es una cueva? – dijo otro, descubriendo una grieta entre dos grandes piedras.
    -Seguro, hay muchas por acá, pero no te hagas muchas ilusiones, no son muy profundas y están todas “descubiertas” – agrega riendo el más avivado.
    Este comentario no le detuvo y en unos instantes, subió hasta donde se hallaba la cueva. Unos segundos después volvió a aparecer, con cara de asombro y asustado.
    Hasta allí corrieron todos a ver. Sentado, contra la pared de la cueva, los restos de Heriberto Sosa,  sosteniendo entre sus manos óseas un herrumbrado facón, como aferrándose aún a una esperanza de vida.

    El hallazgo generó conmoción. “Restos humanos hallados en una gruta”, decían los diarios del momento. Vaya saber de quién se trataría.
    Pronto un grupo de especialistas llegó al lugar.
    Pronto hubo una serie de opiniones y demás, pero la menos acertada dicha por un historiador rezaba: “… los restos de más de cien años hallados en una gruta del abra, seguramente se trata de un cuatrero, algún perseguido por la justicia, asesino de la época que buscó refugio luego de ser herido… Como podrán ver, no llegó muy lejos, la larga mano de la justicia siempre logra atraparlos…”

    FIN

    S.R. Saravia
    (seudónimo de autor local)

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