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miércoles, octubre 21, 2020
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    franciscoco(por Walter Ditrich. walter@semreflejos.com.ar).– Hace 130 años, quizás Don Francisco se rascó la barba al bajar del tren en la inmensidad de la pampa. En occitano, les dijo a sus paisanos que ésa, o mejor dicho ésta; era la tierra prometida.

    Bajo el calor abrazador de diciembre, Don Francisco repasó con emoción las colinas, las praderas; el Arroyo. Se sintió como si aún pisara al lado del océano; en el Aveyron natal. Aquí, aquel 4 de diciembre de 1884 estaba la tierra prometida. No había más que eso: promesas.

    «No estaban las casas de madera y zinc para cada familia. Eso era empezar, todo estaba por hacerse en lo que sería otra aldea francesa» escribió Francisco después.
    Podría haber esperado el tren de regreso. Podría haberle dicho a su socio, Clemente; que la empresa no funcionaría, era demasiado difícil. Los colonos intentaban desentrañar; en los ojos tiernos del pionero; una respuesta. Una duda que se dibujara en el semblante de Francisco terminará de derrumbar lo que aún no había empezado a construirse.

    Francisco se frotó la barda, socorrió a una paisano que rodó porque los suecos de madera no parecían adaptarse a las piedras del piso y cerró los ojos.
    Entonces, el fundador hizo lo que debía hacer.

    Francisco, el averonés aventurero; el que cruzó el océano con 40 familias que creyeron en él, le sonrió levemente a su socio Clemente.
    Cerró aun más los ojos. Hizo lo único que se podía hacer, allí; un averonés mirando al sudoeste desierto: soñar. Francisco, hace 130 años en el Pigüé que aún no era, soñó.

    Y luego, dedicó todo su empeño en convertir ese sueño en realidad.
    No le importaron las privaciones, el clima hostil, la pérdida de las cosechas, los incumplimientos del financista Casey ni sus modos usuarios. Francisco soñó hasta el último suspiro un Pigüé grande. Había hallado este lugar de encuentro y en él, encontró también la razón de su vida.

    Clemente Cabanettes había sido el primero en esbozar ese sueño de crear una colonia de averoneses en la Argentina, y puso en juego su honor e incluso su patrimonio personal para llevar a cabo esta empresa. Issaly, recostado en la mecedora en los atardeceres pigüenses, miraba al horizonte e intentaba viajar a través de las sierras a sus años jóvenes, cuando viajó desde Aveyron a la Argentina para conocer los beneficios de esta «tierra prometida». Casualmente, conoció aquí a Cabanettes, quien le comentó su idea de reclutar en Francia a colonos para fundar una Colonia Agrícola en nuestro país. Con esa idea, Issaly viajó a Francia ofreciendo un contrato donde a cada colono se le cederían entre 200 y 400 hs además de una casa para instalarse en la futuro colonia.

    Issaly soportó las críticas de la prensa aveyronesa que veía con malos ojos que los agricultores de la región emigraran. «Nadie es profeta en su tierra» habrá pensado al hacerse a la mar con una maleta cargada con más dudas que certezas.

    El proyecto original de la colonización estaba basado en los terrenos de la Provincia de Buenos Aires conocidos como la «Reserva de Puan», los que serían cedidos por el gobernador de dicha provincia para su colonización. Para ello Cabanettes se había asociado con dos señores, Baltazar y Enrique Moreno y juntos habían solicitado al gobierno de la Provincia de Buenos Aires las tierras de la «Reserva de Puan». Pero, a los pocos meses el gobierno le comunicó a Cabanettes que dichas tierras no le serán concedidas porque debían ser entregadas a otras personas en pago de servicios prestados al Estado.

    Todo parecía perdido. Las bases mismas de la empresa se habían quebrado. Aquí fue donde comenzó a actuar Casey quien, en conocimiento de la situación, se apersonó a Cabanettes para ofrecerle en venta las tierras de su propiedad, ubicadas en una zona lindera a la anterior, conocida como «Curamalán».

    Casey, hijo de estanciero y hombre de negocios, había nacido en Lobos e hizo grandes negocios inmobiliarios con tierras de indígenas, que derivaron en la fundación de Venado Tuerto primero y Coronel Suárez , después. Finalmente, también hizo su negocio para dar a luz a Pigüé.

    Cabanettes; cerró el contrato de compra de las tierras y a su vez tomó el préstamo del capital ofrecido por Casey, con los intereses y plazos convenidos. Esta necesidad, forzó a Cabanettes a modificar sustancialmente la propuesta original: debió pedir el aporte de 3.000 francos a los colonos averoneses para que contribuyeran al pago de las tierras.

    Casey, pillo

    Lo que desconocían, incluso Cabanettes, era que Casey hubiera efectuado la venta sobre dichas tierras hipotecadas, como se descubrirá posteriormente. Francisco no quería creer, hasta que la confirmación del Ministro francés en Argentina, terminó convenciéndolo de que el «irlandés» había burlado la confianza de los averoneses que seguían desafiando al destino en estas tierras difíciles de domesticar.

    Ante el Ministro de Francia, Casey admitió la existencia de la hipoteca. Pidió al escribano actuante en la venta, que no mencionara la hipoteca y que hiciera la venta libre de todo gravamen, con el compromiso de que antes que Cabanettes tuviese el terreno medido y hubieran llegado las familias de Francia tendría levantada la hipoteca. Situación que obviamente no había sido cumplida.

    Cabanettes contrató a constructores para cumplir con los colonos que vendrían de Francia y construirle la casa. Lo estafaron y cuando llegaron los inmigrantes solo encontraron la pampa inmensa, la estación de ferrocarril y la casa de Cabanettes. Pero, Issaly siguió soñando….

    Como Cabanettes había concedido seis años de tiempo a los colonos para pagar el terreno y lograr la posesión definitiva, Casey le ofreció al Ministro agregar un artículo adicional a los contratos ya otorgados por Cabanettes a los colonos, por el que se les aseguraba, con la firma de ambos que al término de los seis años de dichos contratos y cumplidas las condiciones estipuladas, les sería dado el título definitivo y legal, libre de toda hipoteca.

    A pesar de que con esto no se solucionaba legalmente el problema de haberse efectuado esta venta bajo hipoteca, Cabanettes aceptó la propuesta en lugar de obligarlo a levantarla, aún bajo el riesgo que ante el fallecimiento de Casey el acuerdo quedara sin sustento.

    El clima no acompañó en las cosechas y Cabanettes no pudo hacer frente a los pagos ante Casey,. quien ejecutó la deuda y pasó él a ser acreedor de los colonos. Casey le cobraba a los colonos la mitad de sus cosechas durante seis años en concepto de pago por sus tierras. Luego vendió los terrenos a «La Curamalal» sociedad de la que era Presidente.

    Issaly siguió en Pigüé junto a sus queridos averoneses y fue uno más entre ellos. Los guió, ayudó, cuidó de su salud a tal punto, que hasta fue acusado de curandero. Falleció aquí en 1.934.

    Dicen, que la sombra de una barba blanca se pudo ver pasar por el edificio del HCD cuando su nieta, Eva Olga Pérez Issaly, recibió la comunicación oficial de que Casey no era más considerado fundador de la ciudad.

    Ayer, Francisco se debe haber confundido cuando la comitiva oficial, otro año más, le ofrendó flores a Casey. Frotándose la barba, el fundador habrá pensado que los pueblos que no tienen memoria ponen en riesgo su futuro. Hay veces, donde parece que nos esforzáramos tanto en torcer la historia que terminamos creyendo en una historieta.

    SALUD FRANCISCO, SALUD CLEMENTE! y gracias por todo!!!!.

     

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