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sábado, marzo 6, 2021
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    te_cuento_un_cuentoDespuntaba la mañana en “Los Aromos”.
    Las sierras se adivinaban de un azul-violeta bellísimo y las nubes jugueteaban con las cimas, entremezclando  rosados y naranjas que el sol naciente de ese verano, recién asomado en el almanaque, se atrevía a prestarle por un ratito no más.

    Alrededor de las máquinas todo era actividad. Los peones engrasaban, ajustaban o cambiaban alguna pieza, que ya cansada por el traqueteo, pretendía jubilarse.
    Braulio ya se había levantado. Era el patrón y quería supervisarlo todo.
    La campana aguzó su voz metálica llamando al desayuno y la convocatoria fue seguida con comentarios de los peones, mientras se encaminaban al comedor.
    -Hoy se termina, ¿eh Braulio?-

    -Yo creo que no Juan, la cosa va a durar hasta mañana. No va a quedar mucho, pero hoy creo que no terminaremos-.
    -Eso es lo que yo le digo al Juan…, nos va a quedar el cuadro “El Rocío”, intervino Ignacio, quien ya más experimentado en esto de las cosechas camperas, tenía el pálpito más exacto.
    Braulio se río y dijo:- Yo creo lo mismo que usted, don Ignacio y sentenció “el zorro sabe por zorro, pero más sabe por viejo”…-
    Y así, entre risas y comentarios, de que sí, de que no, de que hoy o que mañana, el desayuno llegó a su fin, la gente se dirigió cada cual a su tarea. Braulio los escuchaba y, tan feliz como ellos, miraba el campo.

    ¡”Los Aromos”! El fruto de su esfuerzo. Tres mil hectáreas que se elevaban bordeadas, a un costado por las sierras y surcadas de este a oeste por arroyos serpenteantes y juguetones, que se ufanaban en brindar a quien lo quisiera, la más fresca agua serrana.
    Nadie en el pueblo desconocía “Los Aromos”. En noviembre y desde lejos se divisaba el amarillo dorado de los botones pelusientos de los aromos en flor, bordeando el camino de entrada al campo.
    Braulio volvió la vista al trigal, sacudido por el traquetear y el ruido de los motores de la máquina cosechadora y de los tractores arrastrando los carros.
    La cosecha fue excelente, pensó para sí. Los tres mil Kg. Por hectárea, hacen un buen promedio, claro que si no hubiera sido por la piedra…¡Cha’ digo-se sorprendió protestando en voz alta.

    -La gente se ha portado “gauchaza” conmigo -pensó en seguida. Tendré que ir al pueblo a buscar el dinero para pagarles el fruto de sus trabajos…y…¡cuánto antes, que para eso trabajan, que caray!
    El pueblo no estaba lejos, dos leguas apenas, pero claro, era un pueblo chico y el Banco…¿Quién sabe si disponía de todo el dinero que él necesitaba para pagar a la peonada?.
    Iría hasta allí, conversaría con el gerente y le haría saber cuál era la suma que necesitaba para hacer frente a ese compromiso.
    Las máquinas cosechadoras ya estaban en plena tarea.

    Era una delicia ver cómo esos granos dorados eran recogidos celosamente por los carritos sileros. Daba gusto ver concretarse tanto trabajo, tanto empeño…
    Y ya se iba Braulio para el pueblo, pero no pudo resistir la tentación de meterse con su camioneta, entre espigas y rastrojos, entre granza y sudor de gente noble y laboriosa.
    -¡Lindo, patrón- le gritó Juan desde uno de los carritos-

    Braulio sonrió y se acercó a la máquina:-Buen rinde en este cuadro- aseguró don Ignacio, al tiempo en que una bocanada de granos era escupida desde la cosechadora.
    -Buen rinde sí…pero ¿qué querés que te diga-respondió Braulio- y agregó:-yo me pregunto cuál hubiera sido el resultado de no haber jorobado la pedrada..-
    – Vea, don Braulio, yo no lo niego, a nadie le gusta…pero el campo tiene estas cosas…Peor que usted está don Julián. Él a esta hora debe de estar llorando al ver que usted cosecha…porque lo que es…en el campo de don Julián, causa pena ver tanta espiga quebrada y tanto grano molido como pa’harina.
    -Sí, tenés razón. A él sí que le fue mal. La piedra le llevó todo…todo y pensar que su campo y el mío están separados por esa calle angosta que tantas veces nos juntó yendo y viniendo hasta el pueblo y donde tantas veces nos quedamos charlando, demorando la despedida.

    -Y…bueno, patrón, no se aflija entonces. Usted tiene buen rinde y buen grano.
    -Eso sí, Ignacio, en el pueblo dicen que es lo mejor de la zona. Buen peso específico…gluten de la mejor calidad…
    -¿Ve lo que le digo? ¡Usted tuvo suerte!
    En eso una perdicita huyó espantada alargando en un silbo, un vuelo rasante y salvador.
    Braulio, un poco avergonzado por su egoísmo, se sacudió las alpargatas, dijo algo sin importancia y subió a su camioneta.
    Descendió en el parque de la estancia que estaba lleno de flores, de flores variadas, de las flores que él había conseguido, porque era hombre que amaba la tierra y hacer el jardín era una de las labores que más le regocijaban. Le gustaba contemplar la tierra estallante de colores y aromas.

    Cantó una calandria, Braulio le sonrió. También amaba a los pájaros y ya sabía del casalito que estaba edificando su nido en el sauce del parque. Les tiró unas migas de pan que estaba comiendo y se alejó para abrir el molino. Por el rabillo del ojo vio como uno a otro, los pajaritos se invitaban , con píos amorosos, para saborear el banquete de migas tiernas.
    Había poco viento, sin embargo el molino tiraba bien y él ya podía ir tranquilo al pueblo.

    Carlitos, el peoncito del patio, ya venía con los tarros de leche, así que, luego de hacerle algunas recomendaciones, puso en marcha su camioneta, rumbo al pueblo.
    ¿Quién no conocía a Braulio? ¡Todos!. Era un buen tipo. Se había criado allí, mandaba los chicos a la escuela del lugar y su señora Elvira, era una de las maestras de la escuela.
    Braulio también conocía a todos, así que luego de entrar en el Banco y saludar, pidió hablar con el gerente.

    Le explicó a qué había ido y le pidió que para la tardecita le tenga lista la suma de dinero que solicitaba para pagar a su personal.
    Hablaron un poco de la cosecha, del rinde, de la última pedrada, y a manera de anécdota resignada, Braulio le contó con qué impotencia veía, a través de la ventana, caer piedras como huevos de paloma, mientras saboreaba con rabia, el gusto amargo de las lágrimas de hombre, sin poder hacer nada…nada…
    Quedó convenida la entrega de dinero para la tardecita. Se despidieron y Braulio se fue.
    El gerente, en tanto debió de hablar con el comisario.

    En “Los Aromos”, todo era actividad y alegría…Sus hijos disfrutaban sanamente de las vacaciones, porque ya Carlitos le había “enyesado” la petisa (como decía el más chiquito de los chicos cuando quería que le ensillaran el noble y manso animal), así que los chicos correteaban, llenándose sus pulmones del más puro y sano aire, Elvira lo saludaba desde lejos enarbolando una de sus camisas que estaba por tender.
    Braulio disfrutaba de la escena ¡Eso era la felicidad, gracias Señor!
    Detuvo la camioneta al costado de la carnicería que es el lugar donde en el campo se guarda la carne que se ha de utilizar para el consumo durante la semana y la “factura” de la carneada del año, a la sombra de los árboles pero mirando hacia el campo “por cualquier cosa…”.
    Uno de sus hijos se le acercó y con aire serio y preocupado le explicó que había visto una oveja caída, a la que había que curar enseguida, porque estaba “abichada”, así que ya tuvo tarea.
    El resto del día transcurrió sin novedad y al llegar la tarde comenzó a prepararse para ir al pueblo por el dinero estipulado.
    Elvira y los chicos vendrían con él, pues era Día de Reyes y habría fiesta especial para la purreteada.

    La cosecha, tal como se lo había prevenido Ignacio, no se terminó. Faltaba muy poco. Para media mañana del día siguiente estaría lista, de todos modos.
    Y como todos los peones tenían hijos pequeños, dio permiso a su personal para pasar esa hermosa noche de amor y fantasía, junto a sus hijos, y para que todo fuera completa felicidad, abrió un crédito en la juguetería de don Alfonso así, a ningún chico de la gente de “Los Aromos”, dejarían de llegarle los Reyes Magos.
    En el pueblo se notaba el alboroto de los pibes buscando pasto tierno y agua para los camellos que vendrían cansados, al tiempo que elegían los mejores lugares para que los Reyes acomodaran los regalos, que ellos podían seleccionar de una lista que cada uno dejaba bien visible.
    Ante tanta inocencia, los grandes sonreían.
    Braulio fue hasta el Banco, donde ya habían prepa

    rado su dinero, gastó algunas bromas con el gerente y salió.
    Se encaminó a “Los Aromos”, donde apartaría la paga correspondiente para cada uno de sus peones y los ordenaría con el resumen  correspondiente a su labor, en los sobres.
    Encendió el motor generador de electricidad y se fue a la cocina, allí podría trabajar más tranquilo. Le gustaba más que el escritorio y total…no había chicos, nadie le molestaba y podía disponer con más comodidad del espacio que necesitaba.
    Si hubiera levantado la vista hubiera notado que en la pieza de uno de los peones había luz, pero no, Braulio no se fijó en eso.
    Revisó las cuentas nuevamente, no

    quería ser injusto con nadie.
    Ya falta poco, pensó…
    Cada uno de los que había trabajado en la cosecha, tenía su sobre, pero faltaba el de Carlitos. Él era el peón de patio, pero en esos días había duplicado su tarea, a causa de la ocupación de los demás, por lo tanto era justo que se le pagara a él también un poco más de lo habitual.
    En eso estaba cuando ingresan dos encapuchados, revólver en mano y desde el vano de la puerta le ordenan con voz recia y fingida:”¡Dejá todo y quedate quieto!
    No tuvo tiempo de nada. Uno de los personajes le ató en la misma silla que ocupaba y lo amordazó. El otro puso el dinero en un portafolios y ambos salieron corriendo. Sólo entonces, Braulio escuchó el ruido de un motor que se alejaba.

    Desde la pieza de los peones, Ignacio también escuchó el ruido del vehículo que partía y miró por la ventana. No era la camioneta de Braulio. Algo no andaba bien. Pensó en la visita de algún vecino, pero no muy convencido, buscó su escopeta y se dirigió hacia la casa de los patrones.
    Braulio hacía terribles contorciones para zafarse de las ataduras.
    Ignacio lo desató y le quitó la mordaza.

    -“Dios te mandó, Ignacio!- casi le gritó Braulio.
    -¡Me robaron todo! ¡Ya había ensobrado cada sueldo! ¡Mi Dios….-¿No te habías ido al pueblo?, dijo de pronto reaccionando sorprendido.
    -Y…no, yo no tengo chicos ¿Qué haría hoy allí?…Pero mire…olvidaron sus pistolas, seguro que volverán a buscarlas.
    Yo creo, don Braulio que esos pillos son novatos. Volverán a buscar las armas porque están seguros de que usted está solo. Y le ordenó al momento:¡Vuelva a colocarse en la silla como estaba, fingiendo estar atado. Yo me esconderé tras de la heladera y los sorprenderé cuando lleguen.
    Braulio obedeció. Los ladrones volvieron seguros de la situación del patrón de “Los Aromos”.

    Se escucharon dos disparos cuando los delincuentes traspusieron el umbral. Ambos cayeron.
    -No toques nada Ignacio y quedate aguardando, yo voy a hacer la denuncia.
    En la comisaría sólo estaba el agente de guardia, el comisario no estaba por ningún lado, pero ante la gravedad del caso, el agente llamó a sus superiores inmediatos y en un patrullero partieron tras la camioneta de Braulio, rumbo a la estancia.

    El oficial escuchó los detalles de lo sucedido, se tomó nota de todo y se le ordenó al agente: ¡quíteles las capuchas para individualizarlos!
    ¡No lo podían creer!! ¿Estaban viendo mal?.El grito fue una sola voz:
    -“¡El gerente del Banco!
    -¡¡¡El comisario!!
    Luego enmudecieron un instante.
    Al enterarse de la noticia, la gente del pueblo, no cabía en sí de su asombro.

    Ana María Wiersma
    D.N.I  N° 5.474.730.

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