19.2 C
Pigüé
lunes, marzo 1, 2021
  • Cultural
Otras

    Gente Sencilla

    Destacadas

    SITUACIÓN COVID EN EL DISTRITO

    El informa de hoy indica que se registraron 3 nuevos casos positivos de Covid-19 y 5 recuperados....

    GOMÉZ FREDES FUE 9º EN BAHIA BLANCA

    Gomez Fredes fue 9no hoy en la primera final del año disputada en el Ezequiel Crisol...

    El hockey puso primera

    Se puso en marcha este sábado el torneo Preparación Damas de la Federación de Hockey del SudoesteClub...

    te_cuento_un_cuentoEn todo pueblo existen personajes, aquellos que saben destacarse de entre otros por alguna razón en particular. Aunque hay quienes cada tanto “se mandan una”, pero en realidad lo hacen solo como para decir “acá estoy”. Solo por figurar. Los verdaderos personajes, en la mayoría de los casos, ni se dan por enterados que lo son. Por supuesto que todos tenemos historias de vida y si cada uno supiéramos contarla con sencillez seguramente tendríamos éxito como escritores. Que no es mi caso.

    Pero, volviendo a historias de vida y cuentos de mi tierra, intentaré contar algunos sucesos que tienen que ver con la vida en los pueblos y esos personajes que hacen a la vida en esos pequeños lugares donde muchos supimos nacer, pasar nuestra infancia y crecer y aunque nos hayamos ido, siempre recordamos con cariño y nostalgia.
    La familia Schwat siempre estuvo radicada en el mismo lugar o al menos de esa manera lo recuerdo: en su rancho de pueblo, y allí como característica importante y en la época en la que se radicaron en el lugar, por supuesto que no había televisión, ni energía eléctrica ni ninguna tecnología anticonceptiva, y esto no es una potestad de esta familia sino que de muchas de la época.

    Por esto todos en cierta medida si miramos a nuestras familias antecesoras, seguramente que nuestros abuelos o en mi caso, nuestros padres, tuvieron más de tres o cuatro hijos. La familia Schwat tuvo trece hijos. Todos en cierta medida y a su estilo, fueron personajes en el pueblo. Todos hechos con el mismo molde.
    La pareja estaba constituida por Don Juan Schwat y Doña Ana. Don Juan trabajaba como jornalero, ya sea en la bolsa (no era el viejo de la bolsa), sino que en esa época se trabajaba en el campo cumpliendo muchas tareas que hoy están mecanizadas. Los cereales se embolsaban y se estibaban en pilas altas o maromas y esta era una de las tareas más corrientes para las que se contrataban jornaleros. Estas bolsas o se estibaban en galpones o de los galpones salían en las grandes chatas tiradas por varios caballos hacia algún destino donde el tren no llegaba. En otros casos se cargaban los vagones de tren con estas bolsas con destino a molinos harineros cerca de Capital. Las jornadas eran de sol a sol y eran más arduas durante los meses de verano y algo del otoño, asociado a las tareas de cosechas y recolección de los cereales en el campo.

    Doña Ana era ama de casa de esa época, que ser ama de casa no era “moco e ‘pavo”, ni cerca tarea simple. Por supuesto que la principal ocupación pasaba por atender al marido que llegaba cansado de toda una jornada de trabajo.
    Además de los críos que nunca faltaban y era a razón de uno por año, osea que Doña Ana tenía uno en su vientre y otro prendido a la teta, así por trece años. Ni cacarear la dejaba Don Juan a la vieja. Además todos nacidos entre los meses de febrero y Abril… claro concebidos en pleno invierno donde había poco trabajo.
    Lavar ropa, con todo lo que eso implicaba en el seno de una familia con tantos integrantes, a mano y con jabón casero hecho con cebo, en un fuentón de zinc y con agua de bomba manual.
    Otra de las tareas importantes de Doña Juana era criar animales de corral, como gallinas, patos, pavos, algunas ovejas y hasta alguna lechera, además de atenderlos y elaborar alimentos para toda la familia con eso. No, si en esa época ser ama de casa era un gran sacrificio y aún no existía el salario por hijo.

    Tenían un mundo muy particular, simple, claro y sencillo. Vivían como podían y a su modo, no me cabe la menor duda, eran muy felices. Muchos creían que eran gente “corta” o hasta fueron tachados de locos. Pero en realidad con el paso del tiempo, se puede decir que fueron casi una familia a admirar, sobre todo a Don Juan y a Doña Ana. Lograron criar trece hijos y en una época muy dura, si hasta alguno de ellos hicieron algo de escuela, y los más precoces, fueron rápidamente sumados al trabajo.

    Los años pasaron y para desgracia de muchos la tecnología fue avanzando, las chatas fueron reemplazadas por los camiones, las bolsas por el almacenamiento a granel, entre otros cambios y el trabajo fue menguando. Fue necesario adaptarse, aprender otras tareas y otros oficios. Las changas fueron mermando y esto redundaba en la economía familiar. Por esto todos debían aportar algo, ya sea con trabajo remunerado o ayudando en casa en el caso de los más pequeños.
    Aquellos que aún eran chicos y asistían al Colegio Nacional sabían llevar alguna merienda para cortar la media mañana. En más de una oportunidad los hermanos Schwat estaban orgullosos de su sándwich de liebre… ¡si lo importante era llevar algo!, había quienes no tenían nada para el recreo. Y ellos compartían.

    A su vez, Juan y Ana no perdían oportunidad para tratar de llevar recursos para sus hijos y se valían de aprovechar cada oportunidad. Era bastante común que durante las diferentes fiestas del pueblo, como las fechas patrias o de aniversario de fundación, fueran gratis para todos los habitantes y para quienes vinieran en cada oportunidad, el acceso a diferentes comidas y bebidas. Desde festividades donde se obsequiaban sándwiches de miga, canapés o empanadas hasta los locros del 25 de Mayo. Para esas ocasiones que no abundaban en el año, Doña Ana llevaba una cartera grande. Toda la familia presente, comían bien todo lo que le ofrecían y Ana no solamente llenaba su gran cartera, sino que además llevaba algo entre sus senos. El problema estaba cuando eran choripanes calientes y un poco que se chorreaban. Bueno, valía el sacrificio, si lo importante era mantener a la familia y salvar la olla por algunos días.

    Supo suceder que después de muchos años la única gomería del pueblo pasa a ser alquilada. Y claro, no es lo mismo ser propietario que alquilar y tener que pagar la renta todos los meses y además sobrevivir con el oficio. Durante los meses de verano la actividad era importante, sobre todo en época de cosechas donde se reparaban neumáticos de cosechadoras, tractores, carros y otros relacionados a las tareas… En el invierno, una pobreza de trabajo. Además la bicicletería le competía con los parches o en realidad era al revés, muy cada tanto caía una bicicleta pinchada, por algún apurado que necesitaba rápidamente el vehículo y el bicicletero que estaba atorado de trabajo.

    La única diferencia a favor del gomero era que tenía compresor, y esto no era un tema menor. Era más fácil inflar allí que en la bicicletería, por eso la mayoría de quienes usaban bicicleta sabían pasar a regular las cubiertas. No tuvo mejor ocurrencia este buen hombre que cobrar algo que nunca se había cobrado: El aire. No mucho, solo cincuenta centavos, que tal vez menguaría la miseria de ese invierno… y la verdad que no le duró mucho la iniciativa, solo hasta que uno de los hermanos Schwat, “el Hetor” pasó a inflar la bici.
    -Buen día – saludó Héctor, que traía a la rastra la bicicleta desinflada.

    -Buen día – respondió Pansy, mientras acomodaba el cartelito de “inflar 50 centavos” en el clavo recién puesto y lo volvía a reacomodar para ver que estuviera derecho.
    Héctor terminó de inflar su bicicleta, como siempre lo hacía sin siquiera necesidad de pedir permiso.
    -Gracias, hasta luego – saludó, dispuesto a retomar su camino.
    -¡No, no ché!, pará un poquito! – dijo sonriente el gomero – son cincuenta centavos… ¿No ves el cartelito?
    -¿Cincuenta centavos?… ¿Y por qué? – preguntó extrañado Héctor.
    -Por el aire – respondió Pansy.
    -¿Cómo que por el aire?… Eso el Pocho nunca lo cobró – dijo ofendido Héctor.
    -El Pocho no, pero yo sí… tengo que vivir, y el aire me cuesta…-.
    -¿Me querés cobrar el aire? – dijo con cara de incrédulo Héctor.
    -O te lo anoto…  y a fin de mes me lo pagas, de tantas veces que venís… – propuso Pansy.
    – No, no, no!, yo ni pienso pagarte el aire, ni hoy ni a fin de mes!….-
    -Y bueno, ahora ya inflaste… ¡Esta me la debés! – dijo Pansy con un tono más elevado en la voz.
    -No viejo, yo no te debo nada… te lo devuelvo… ¡Tomá agarralo mierda si podés! –  dijo ofendido Héctor, mientras le aflojaba las válvulas a la bicicleta dejando escapar el aire.
    Héctor se fue a pie tironeando su bicicleta, refunfuñando “¡cobrarte el aire, mierda!!!, lo único que faltaba!”, y hasta ahí llegó el brillante emprendimiento del gomero.

    ——————————–

    En cierta ocasión en casa empezó a fallar la heladera a querosene que teníamos, apenas enfriaba, pero hielo no lograba hacer. Pleno verano y medio día, mi querido viejo que volvía del trabajo cansado y con ganas de tomar al menos un vino fresco, y para esa época con unos diez años encima era el chico de los mandados.
    -Negrito, porque no te vas hasta lo de Víctor y le pedís unos cubitos.. – pidió Cacho, dándome una jarra de plástico – pero apurate, no te quedes paveando que se te van a derretir….-
    De casa hasta lo de Víctor, que era otro de los hijos de la familia, eran unas tres o cuatro cuadras. Cuando llegué y luego de golpear las manos para anunciarme, Víctor que me grita desde el patio.
    -¡Pasá negrito, pasá!…-
    Víctor estaba sentado al borde de la pileta rectangular de cemento que tenían en la bomba, la que estaba llena de agua y el bueno de Víctor lavándose los pies en ese fregadero.
    -¿Qué andas buscando negrito? – pregunto Víctor mientras se enjabonaba los garrones bien sucios, tras una jornada ardua de corte de pasto.
    Mi papá me dice que si no le manda unos cubitos – contesté.
    -Pero claro… ¡Ché Juana!… ¡Alcanzame unas cubeteras de la heladera! – pidió Víctor a una de sus hermanas – y decile a Cacho que te mande cuando quiera, cubitos hay siempre-.
    Allí apareció Juana con tres cubeteras grandes, de esas que eran de aluminio, duras por el frío del congelador. Por lo general para que no se rompieran o torcieran se las remojaba en agua para ablandarlas… Y eso hizo Víctor. Las remojó allí… ¡Donde se estaba lavando las patas!, y después las puso en la jarra de plástico que me diera Cacho.  Después de dar las gracias me encaminé para casa, era la hora de comer y seguro que me estaban esperando.

    Como todo chico, al momento no presté mucha atención y solo me acordé del tema cuando habíamos terminado de almorzar y porque me preguntaron les conté como me había atendido Víctor. No sé por qué pero al otro día vino un amigo de la familia a intentar arreglar la heladera y Cacho al poco tiempo empezó a tomar jugo Mocoretá de naranja de ese que venía en botella de vidrio, decía que al vino “le sentía gusto”.

    —————————–
    Ahora, de todos los hermanos, el más reservado y raro era Adolfo… Con decir que los hermanos consideraban que Adolfo era el loco de la familia.
    En cierta ocasión uno de los vecinos dijo haber visto, mientras volvía una madrugada de cacería, un aparecido. ¡¡¡Para que!!!… Digamos que la cosa se esparció en pocos días como una plaga. El vecino que contó la primera historia era una persona creíble y seria… y bueno vaya a saber que vio, pero con eso fue suficiente, “pueblo chico…”
    A la semana todos habían tenido un encuentro cercano de diferente índole. ¡Sombras, ruidos extraños y hasta la llorona fue vista!… Obviamente todo producto de la sugestión, o bien para no ser menos. Y se juntaban en el club y allí cada uno se zarpaba con su historia y así la cosa empezó a tomar tal dimensión que hasta las autoridades policiales tomaron cartas en el asunto. Si hasta los menos atrevidos se sumaban “Y bue, yo no quería decir nada… “me daba vergüenza, pero a mi también”… “Yo no creo en eso, pero que los hay, los hay”… Eran tan variadas las conversaciones. Si hasta consejos útiles surgían: “Cuando aúllan los perros de noche, hay que cruzar las alpargatas abajo del catre, un ánima en pena anda”… La verdad no sé que efecto le produce la alpargata cruzada, pero bueno, a fin de alejar a los espíritus.

    Eso sí, toque de queda para los chicos de cierta edad que a ciertas horas del día ya no podían estar en la calle y así nos tenían temprano adentro, no nos precisaban decir mucho, tan sugestionados estábamos que ni al baño íbamos de noche que en casa estaba en el fondo unos veinte metros separado de la casa. A ver si se nos aparecía algo…
    Los muchachones algo mayorcitos eran quienes esparcían la mayoría de las historias y de esa manera se divertían gratis de gente susceptible y supersticiosa… Y hasta alguno se había disfrazado para asustar a algún vecino que a su vez se encargaba de multiplicar la cuestión…
    Uno de ellos, a quien le decían El Ruso, no tuvo mejor idea que intentar asustar “al Adolfo”, que todas las noches volvía a pie de la changa hasta su casa y junto con otros dos se apostaron entre los yuyos a mitad de cuadra, que para ser más claro, en esa época había una luz pendiente en cada esquina y entre cuadra y cuadra, hacia la mitad era tan oscuro que si no había luna no te veías ni las manos.

    Estos buenos muchachos se escondieron entre el pastizal de esa cuadra y quien se iba a ocupar de asustar al loco se había quitado los pantalones y estirándose la camiseta blanca hasta los talones, esperó hasta que el pobre Adolfo pasara por allí.
    No tuvieron que esperar mucho conociéndole el horario y mientras salía arrastrándose y haciendo ruido con unas cadenas de entre los yuyos le gritaba:
    -¡Loco!… ¡Locooooo!… ¡Buuuuu!… Soy el fantasmaaaaa!!… ¡Adolfoooo, vine a buscarte! – y hacía ruido con la cadena.
    Lejos de asustarse, Adolfo revoleó la bicicleta que traía de tiro y peló el cuchillo verijero que siempre tenía encima.
    -¡Así que sos el fantasma!… ¡Yo te voy a dar mierda, andar asustando al cuete! – y diciendo esto se le fue encima al improvisado bromista.
    Las tres cuadras que había entre el club del pueblo y donde se habían apostado para asustar a Adolfo el muchachón los recorrió en un suspiro, teniendo a Adolfo cuchillo en mano a pocos metros tras sus pasos.

    -¡Pará loco, pará!!!!!! – gritaba desesperado mientras corría – ¡Pará que soy el rusito!!!!!
    Así entró al club, donde unos cuantos parroquianos jugaban a los naipes y Adolfo por detrás. A los gritos, semidesnudo, corriendo y con una cara de haber visto un aparecido… que no era otro que el loco Adolfo. Desde ese día, y creo que por vergüenza general, se terminaron los fantasmas en el pueblo.
    —————————–

    Un pequeño anecdotario pueblerino, de muchas historias que aún pueden contarse, un anecdotario que intenta ser un simple homenaje a esa gente sencilla. Gente que vive toda su existencia en esos pequeños pueblos del interior y su mundo no es más que ése lugar. Esta pequeña historia de parte alguien que con cierta melancolía aprecia esa vida que alguna vez supo tener, y decirles además que no existe mejor lugar donde criar a sus hijos que en un pueblo, donde solo habita en su mayoría gente sencilla, buena, solidaria y sin maldad.

    FIN

    S.R. SARAVIA
    •N DE R: seudónimo de autor local.

    - Avisos -

    SITUACIÓN COVID EN EL DISTRITO

    El informa de hoy indica que se registraron 3 nuevos casos positivos de Covid-19 y 5 recuperados....

    GOMÉZ FREDES FUE 9º EN BAHIA BLANCA

    Gomez Fredes fue 9no hoy en la primera final del año disputada en el Ezequiel Crisol de Bahia Blanca. Luego de...

    El hockey puso primera

    Se puso en marcha este sábado el torneo Preparación Damas de la Federación de Hockey del SudoesteClub Sarmiento el único equipo pigüense...

    EL MUNICIPIO PUSO EN ACCIÓN AL TEATRO ESPAÑOL

    Desde el viernes hasta hoy inclusive la histórica sala del teatro Español de Pigüé no para de ofrecer propuestas culturales.

    UN FALLECIDO Y DOS HERIDOS EN UN VUELCO EN EL CAMINO AL MONOLITO

    El comando de la Patrulla Rural de Pigüé informó que en horas de la mañana de hoy tomó conocimiento de un...
    - Avisos -

    Noticias Relacionadas