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martes, octubre 20, 2020
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    1230643602991 f(por WALTER DITRICH. walter@semreflejos.com.ar).– Mi viejo siempre dice que los gorriones y los boludos no se terminan nunca. Pasan los años y ambos siguen confirmando la teoría. Si bien es más difícil divisar esos pajaritos para cualquier ciudadano distraído, los boludos siguen pululando; se reproducen como conejos y es muy fácil identificarlos.

    De proponérselo alguien, quizás podría eliminarse a las pequeñas aves. Aunque dudo de la utilidad de tal holocausto en la fauna criolla, puesto que los gorriones no entorpecen el hábitat humano.

    Por el contrario, estoy completamente seguro de que la cosecha de boludos nunca se acaba; y es mucho más peligrosa que la más devastadora de las plagas.
    Es que la estupidez humana sigue demostrando no tener limite alguno. Siempre, podemos ser un poco más idiotas; y nos esforzamos diariamente en demostrarlo.
    Así, simplemente por idiotez, provocamos que 194 mueran de muerte estúpida, que es la peor de las muertes.

    Si bien la tragedia del fin de la vida es siempre inexplicable, lo es más aún cuando se puede evitar simplemente con dejar de lado nuestra boludez intrínseca.
    No tiene explicación posible que cientos de personas se apiñen en un lugar sin seguridad. No se puede explicar que nadie controle la habilitación de locales donde inescrupulosos empresarios facturan poniendo en riesgo la vida de todos.

    ¿Cómo se explica que un idiota prenda una bengala a pesar de que se le advierte que puede provocar un incendio?.

    ¿Quién puede argumentar válidamente a su favor, cuando lleva a un bebé de meses a un boliche y lo deja en una improvisada guardería montada en un baño y pagando un $1 a un desconocido para que lo cuide?.

    ¿A quiénes se les pueden ocurrir semejantes estupideces?. A los gorriones seguro que no; pero a los boludos sí, y confirman de esta manera su futuro eterno.
    Haciendo comedia del drama, la boludez se tiñe de morbo y se trasluce en amarillo show mediático y comienza la caza de brujas para dar con los culpables. Y los hay, seguramente, por acción, por omisión, o por simple idiotez. Sea como fuere, está claro que deben pagar sus culpas.

    Pero más estúpido aún es salir ahora a tomar «drásticas medidas» que debieron tomarse antes. Con velocidad de tortuga, nuestros funcionarios recién ahora se preocupan en clausurar los locales para comprobar su seguridad.

    Como siempre, hace falta que alguien muera quemado para que pensemos en prevenir incendios; y vuelve a repetirse aquella vieja tradición argentina de tapar el pozo recién cuando el chico ya se cayó dentro.

    Así nos va, llorando sobre la leche derramada, parece que nunca lograremos que el cántaro deje de rebalsar.

    En la Argentina de Cromañón no andan los radares de los aeropuertos; los semáforos se pasan en rojo; nadie controla los desechos químicos industriales y en las canchas se tiran más bengalas que en la guerra de Irak. Los trenes descarrilan, las rutas están llenas de pozos que generan accidentes y en los boliches se sigue viendo mucha más gente por metro cuadrado que la permitida.

    En Argentina de Cromañón patrullan patrulleros sin VTV,  los juegos de las plazas caen sobre las cabezas de los niños y cuando el agua nos llegó al cuello se siguen anunciando las obras que detendrán las inundaciones.

    Es posible que algún día nuestros nietos puedan comprobar azorados como los gorriones no son más que la foto enciclopédica de una especie que desapareció. Mientras los boludos seguirán existiendo y complicándoles la existencia.

    (*) sobre un texto escrito por Walter Ditrich, publicado el 3/01/05 luego de la tragedia de República de Cromañón que dejó 194 muertos.

    - Avisos -

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