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miércoles, abril 21, 2021
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    Graciela Risso: 20 años de ternura para nuestros niños

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    risso• Es la vacunadora del Servicio de Pediatría Hermana Angélica y está esperando su jubilación. Desde hace dós décadas, Graciela es como la abuela entrañable de todos los niños pigüenses, quien con inmensa ternura sabe secar las lágrimas que provoca el  pinchacito .

    Graciela Risso nació en Buenos Aires, donde formó una familia, hasta que, dadas ciertas circunstancias en su vida personal, decidió partir hacia Pigüé porque era el pueblo de su madre y venía aquí los veranos a la casa de su abuela, incluso de adulta, con sus hijos pequeños. La decisión viene de la mano de las complicaciones que generaba, ya para una mujer sola, trabajar y mandar a sus tres hijos a la escuela en una ciudad en la que la seguridad se estaba complicando.

    «Trabajé hasta que nació mi primer hijo en Optica mayorista, después ya con los tres niños, me dediqué a realizar trabajos de costura en casa, era modista, eso me permitía ganar un buen dinero y cuidarlos, también estuve en el rubro de peletera…. Cuando vine acá debí buscar trabajo y, mi intención era apuntar al rubro textil, y no sé por qué me anoté también en el Hospital. En el año ´90 comienza un curso de auxiliar de enfermería, cuando hacía dos años que había ingresado. Nosotros no teníamos matrícula, nuestros grandes maestros habían sido los médicos, así que hice el curso. Osea que las cosas se dieron, no lo busqué»; comenzó relatando Graciela.

    Y  siguió recordando que «en la primer etapa trabajé en el Hogar de Ancianos. Estaba feliz con los abuelos, es un trabajo muy especial, porque están viviendo la última etapa de su vida en la que necesitan mucho cariño y ayuda. Pero un buen día me pasan a la guardia, no me sentía muy bien en esa tarea, me causaba mucha angustia y alguien observó que tenía inclinación por los niños. Fue el Doctor Ricardo Flaherty, en el año ´92 quien me sugirió para el Servicio de Vacunación. Así es como fui al primer vacunatorio que estaba en calle Suipacha y Monseñor Durban, hasta que en 1997 se inaugura el Servicio de Pediatría, donde todavía estoy».
    Para ejercer la designación Graciela debió, en el transcurso de estos años, realizar diversos cursos de capacitación, tanto en el nivel provincial, como nacional. Es que, la tarea de enfermera vacunadora, va más allá de saber aplicar una vacuna; según explicó la entrevistada. «No es un trabajo que simplemente se trata de recibir a la madre y al niño, sino que implica informar a los padres sobre la importancia de vacunarlos, es un trabajo de prevención. Osea, uno debe hacer un aporte para la inmunización, para que el chiquito tenga una vida sana».

    La docencia

    En este mes de enero Graciela Risso cumple sus veinte años como enfermera vacunadora, aunque su nombramiento se produjo en mayo. En su charla con “ella” reconoció que algunas mamás “le dan trabajo” porque se olvidan de llevar a sus pequeños a vacunar en la fecha que les corresponde. «Yo siempre les digo que lo importante es vacunarlos, si te pasaste unos días no es problema, el problema es no venir, hay que continuar. La información la tienen, el calendario de vacunación está en la libreta sanitaria, los tarros de leche y el pediatra es el primero que marca ese deber, además no hay excusas porque tenemos un horario muy amplio, de 7:30 a 17 horas».

    «Se me escapó por la venta»

    A Graciela ya le toca vacunar a la segunda generación, y  cuenta con cierto orgullo que, «antes hablar con vos estaba vacunando al papá de una beba, a él lo vacuno desde que nació. Le estaba diciendo: portate bien porque ahora tu hija te escucha, la chiquita tiene cincuenta días, y la verdad viví situaciones divertidas en su momento»,
    «Una vez uno se me escapó un chico por la ventana, y no era un nene, tenía 16 años y estaba muy enojado porque su papá lo obligaba a aplicarse la vacuna. Lo había llevado y lo estaba esperando, pero él tenía tal pánico que se escapó por la ventana, con la mala suerte que está el patio todo cerrado con rejas y tuvo que entrar otra vez por donde había salido. Este chico hoy trae a su hija, yo lo cargo, le digo que de gracias que cuando ella sea grande no la encuentre para contarle lo del padre».

    Otra anécdota que compartió Graciela tiene que ver con esos pequeños ” sobornos” que solemos realizar los padres para que nuestros hijos acepten vacunarse. “Vino la mamá con el nene que había condicionado dejar vacunarse por la compra de tres autitos importados de colección, y se puso a jugar en la camilla con los autitos, y cuando la madre le dijo: ahora dale el bracito a Graciela, y le respondió: ¿ a vos quién te dijo que yo me iba a dejar vacunar?; ahí se terminó la psicología. De esa cuestión aprendimos a que los premios hay que darlos después».
    También reconoció que los varones tienen más miedo a las jeringas que las mujeres, y que la tendencia comienza a ser notable a partir de los 11 años, notándose un incremento a los 16 años.

    A la hora de los berrinches, que no faltan, en muchos casos, a la hora de la vacuna, Graciela tiene claro que la que debe contener es la madre, y en casos de que no sepa o no pueda, le solicita que, por favor, venga con alguien que sí pueda. Es que, los niños, según la entrevistada, tienen la percepción de que va a doler, entonces comienzan a llorar y gritar antes, pero que luego de aplicada la vacuna, reconocen que no les dolió.

    Las gracias

    «Trabajar de enfermera vacunadora me ha dejado lo mejor, y estoy agradecida por la oportunidad, a quienes en aquel momento vieron que esto era para mí, a lo largo del tiempo fueron cambiando mis jefes, el Doctor Saporitti, el Doctor Flaherty, Gómez y ahora el Doctor Pozzi, además mi trabajo, vale aclarar, implica mucho tarea administrativa».
    Graciela Risso completó los trámites para su jubilación que se concretará en el transcurso de los meses siguientes; si bien en algún momento ansiaba que llegue ese instante; ahora, en el fondo desearía postergarlo. «En estos momentos estoy muy bien, tan bien que se pueden tomar el tiempo, que preparen tranquilos la jubilación»; dice Graciela.
    Y agregó que: «soy lo más viejo de este servicio y una palmerita, que tiene una sola hoja que está a la entrada, lo demás se fue renovando».

    Mientras transcurrían sus días en el trabajo como enfermera vacunadora, Graciela Risso compartía su vida con sus tres hijos, Francisco, Patricio y Jimena, hoy ya adultos. «Dos de ellos me dieron seis nietos, cuatro de Francisco, fui abuela dos veces de mellizos, mujeres de 15 y varones de 5 años, y de parte de mi hija tengo dos nietos de 10 y 5 años, y con los brazos abiertos para esperar hijos de Patricio; los disfruto totalmente».

    Finalmente Graciela Risso expresó: « soy una agradecida, tuve mucha suerte, la crianza de mis hijos, la hice sola, en principio en forma particular en Buenos Aires, y cuando decido venir, no sólo conseguí un trabajo, sino que tengo una casa, del primer Pro Casa I; tengo, además, un puesto de privilegio, con horario fijo, sin rotar y con fines de semana libres, eso me permitió estar cerca de mis hijos; además puedo compartir momentos gratos con el resto de las personas que trabajan en el servicio».
    Graciela tuvo una operación quirúrgica que la mantuvo algún tiempo alejada de su trabajo y por la que debió realizar una larga rehabilitación; sobre el tema hizo mención, afirmando que fue la fuerza que los profesionales y compañeros de trabajo le infundieron, la que la  hizo regresar al vacunatorio. Ese lugar donde llegan los pequeños con cierto temor y siempre se encuentran la sonrisa, la voz suave y la calidez de Graciela. Quien posee la habilidad de no hacer doler y tranquilizar con su ternura y calidez para que las lágrimas se sequen rápidamente.

    Ha protegido la salud de dos generaciones de pigüenses y  pronta a gozar de su merecida jubilación, podemos asegurar que nuestros hijos y nietos la van a extrañar.• Es la vacunadora del Servicio de Pediatría Hermana Angélica y está esperando su jubilación. Desde hace dós décadas, Graciela es como la abuela entrañable de todos los niños pigüenses, quien con inmensa ternura sabe secar las lágrimas que provoca el  pinchacito .

     

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