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    Historia de una cautiva que fue mujer de Calfucurá

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    la-cautiva1• Una mujer fue capturada por Calfucurá en la batalla de Pi hue. Tuvo un hijo con él y el cacique la liberó porque ella le salvó la vida. La historia la escribió la saavedrense Ana María Wiersma, tras el relato de un nieto de esa mujer que es oriundo de Saavedra.

    la semana pasada, con motivo del día de la DIVERSIDAD CULTURAL, hacíamos mención a la historia del Cacique Calfucurá, amo y señor de estas tierras hasta que en 1.858 tras la batalla de PI HUE, comenzó a sufrir derrotas militares que terminaron en su declive y posterior muerte en 1873. Pero, una  faceta muy poco conocida de la vida de Calfucurá y la lucha de los aborígenes contra la usurpación blanca, es la apropiación de las «cautivas» por parte de los malones. Esto es, mujeres blancas que los indios en guerra se llevaban a sus tolderías para someterlas  a la esclavitud doméstica y sexual.

    En aquella sangrienta batalla en cercanías de nuestra ciudad entre el 15 y 16 de Febrero de 1.858, Calfucurá se llevó una cautiva en su huida. La mujer, terminó teniendo un hijo del cacique, y fue posteriormente liberada luego de salvarle la vida a Calfucurá con sus dotes de medicina natural.

    La historia, llegó a oídos del nieto de aquella cautiva, quien reside en Saavedra y aportó algunos datos a la escritora saavedrense Ana María Wiersma, quien la reflejó en el relato TIEMPOS DE ALDEA, que forma parte del libro del primer Certamen Literario Distrital «Los hijos de esta tierra» publicado por la Comisión de Festejos de Saavedra en 2012.

    Calfucurá

     Aún en los momentos más álgidos de la tensión entre Calfucurá y  el gobierno de Buenos Aires -cuando éste había enviado, en 1858, la expedición de  Granada y Mitre sobre las tolderías ranqueles y salineras- había salido del campamento  salinero una comisión de negocios a Azul. Un rubro importante de los intercambios eran  los cautivos y no debe descartarse que la captura de personas en los ataques a la campaña  tuviera exclusivamente el objetivo de procurarse “bienes” para intercambiar. El rescate de  los mismos daba lugar a una intensa negociación en la que los indígenas trataban de  obtener los mejores “precios”.

    El flujo de bienes que llegaban a las tolderías por estos  intercambios podía llegar a ser muy voluminoso. La posibilidad de obtener abundantes  rescates dio origen a circuitos alternativos donde los indios buscaron “el mejor postor” en estas negociaciones. En agosto de 1858 Calfucurá le avisaba a Urquiza que estaba  juntando cautivas para canjearlas pero le advertía que “en Azul las pagan mejor”. El dato, figura en el trabajo de la investigadora del CONICET Silvia Mabel Ratto, en su libro, «Tiempos de abundancia para Calfucurá: raciones, obsequios y malones en las décadas de 1840 y 1850».

    Cautiva

    « Por el año 1.858, en estas  tierras, vivíamos como podíamos, rancho de adobe, miseria y trabajo» comienza diciendo el relato de Wiersma, basado en una historia real.
    «Todavía era tiempo de indiada y ocurrió, por Febrero de ese año, que a Calfucurá, el poderoso cacique araucano, afincado en las Salinas Grandes, en Epecuén, se le ocurre mandarse un malón». «Fue acá cerquita, en el margen de este arroyo Pi hue. Atropelló con 1.500 lanzas. El encuentro con los soldados que comandaba Granada fue terrible, dos días duró el combate», prosigue el relato.

    «Todo era humo, gritos, alaridos y muerte. Los soldados vencieron a los indios, pero en su retirada, Calfucurá me levantó de los pelos, me puso sobre su caballo y me llevó a los pagos de Rivera, porque en su huida ordenó levantar las tolderías de las salinas».

    «Me metió en su toldo. Allí había otras mujeres que me miraban con ojos encendidos de furia. Querían arrebatarme una alforja que yo llevaba cruzada al cuello, con yuyos, ungüentos, tónicos, cardiales para el corazón y vermífugos». «Porque yo andaba aprendiendo con una india vieja y buena, el arte de curar, pero no con brujerías, con yuyos y lo que la naturaleza nos da» revive el imperdible texto de Wiersma.

    Calfucurá, como era costumbre, «me hizo su mujer. Las otras mujeres que eran más viejas, me tenían ojeriza y todo me lo hacían hacer a mi, golpeándome y tratándome mal. Al tiempo, la más vieja se dio cuenta: «Está preñada!», dijo.

    «El cacique ordenó entonces que no me castigaran, ni me dieran tareas pesadas, pero no me demostraba cariño ni compasión».
    «Un día, Calfucurá amaneció con fiebre, mucha fiebre, y así siguió otro día y otros más. La fiebre era terrible».

    «La Machi, vino al toldo con rogativas y ungüentos, le llenaron el toldo de humo de no sé qué cosa, pero nada lo aliviaba» sigue relatando la cautiva e el cuento.
    «Yo me acordé de lo que me habían enseñado mi india buena. Salí, entonces a juntar ruda, hice con ellas dos ramilletes y se los coloqué en las axilas. Calfucurá me miraba taciturno y callado. Nada decía, me dejaba hacer, nomás». «Le puse en los labios un poco de manteca de cacao, porque ya le sangraban, le pasó unos ungüentos para suavizarle la piel, unos cardiales, porque me di cuenta que el corazón le andaba aflojando y le hice tomar una píldoras que no sabía bien para qué eran. Yo había visto hacer esto con mi padre cuando enfermó de tifus, y para mí, lo del salinero era tifus».

    «La noche la pasó brava. Yo sabía que me iba la vida. Si Calfucurá se moría me mataban y me enterraban con él, así que hice lo mejor que sabía hacer: rezar».
    «Al amanecer la fiebre había aflojado. Calfucurá me hizo llamar a su lado. «Tu hijo será mi heredero», me dijo. De agradecimiento, creo que lo dijo. Yo le di las gracias a Dios que llevaba conmigo la alforja y la pude conservar.

    Liberación

    «Pasaron unos días, llegaron unos soldados a parlamentar con el cacique, querían firmar la paz, según después me dijeron». «Llévense a la muchacha, les dijo, cuando los uniformados pidieron rescatar algunas cautivas. «Ella es buena», agregó.

    «Cuando llegué a mi casa nadie se alegró. Mi vientre denunciaba lo ocurrido. Mi padre trató de salvar mi honra y su honor, casándome con un hombre al que casi no conocía.. Mi hijo nació. Ramón le dio su apellido, «Quinteros», pero él siempre supo que era hijo de Calfucurá y con orgullo lo dice».

    «Tu hijo también va a estar orgullosa de vos… Le has salvado la vida, m´hija. ¡Sos de ley!.. Vos también sos buena», como dijo el cacique.
    Esa historia, la de Anastasia, es una historia de cautiva que la pluma de Ana María Wiersma retrató con magistral rigurosidad.
    Una historia de «mujeres de ayer» que por las casualidad de su destino entrelazaron caminos con los protagonistas de los primeros habitantes de estas pampas.

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