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    DSC09587Con las mismas ganas que el primer día hace ya más de medio siglo, Juan Carlos Stallone sigue abriendo puntualmente su tradicional carnicería ubicada en plena avenida Casey donde se enorgullece de tener clientes que ayer vinieron de niños y hoy son padres o abuelos.

    El oficio de carnicero lo aprendió hace 53 años y hoy con 78 abriles encima dice que todavía tiene ganas de seguir en el oficio. «Mi hijo José Luis el otro día me dijo basta, parecía que estaba la posibilidad de otro comercio y que cerrábamos la carnicería, después eso no se hizo y la verdad es que no sabía qué hacer, porque me pregunto ¿qué voy a hacer si dejo la carnicería? Yo la verdad lo disfruto, me gusta tratar con la gente», dice y también «este año cumplo 53 años en este oficio y capaz que a fin de año me animo a dejar».

    Para Juan Carlos Stallone,  las jornadas empiezan todos los días puntualmente a las 6 de la mañana, donde además de despostar las medias reses para su carnicería, también debe preparar los cortes para la de su hijo que funciona en cooperativa La Alianza. De ahí hasta pasado el mediodía atiende el mostrador de su negocio donde disfruta del trato diario con sus clientes, algunos de toda la vida, y tras el almuerzo y una reparadora siesta es momento de abrir hasta bien entrada la tarde.

    «Hoy la gente tiene otros horarios, y si tenés abierto hasta la una, siempre entra alguno, eso ha cambiado mucho», cuenta. Y recuerda otros tiempos cuando las carnicerías cerraban a las 11 de la mañana, es que aquellas mujeres se dedicaban únicamente al hogar y a esa hora ya estaban preparando la comida del mediodía.

    Juan Carlos nació en General Lamadrid pero al poco tiempo  su familia se mudó a Coronel Suárez donde se crió, su papá fue árbitro de fútbol durante 26 años, y justamente por el fútbol llegó a Pigüé, cuando un tío suyo, Benítez dirigente de Peñarol lo tentó «yo vine a Pigüé a jugar a Peñarol, y vivía con mi tío que tenía carnicería en 25 de Mayo y Rivadavia, y cada vez que necesitaba algo yo lo ayudaba y él se enojaba, no quería. A mí tampoco me gusta que me toquen el mostrador. Pero mi tía me insistía para que lo ayude a envolver, a cobrar ya que en esa época no había caja registradora», cuenta.

    El fútbol

    «Jugué en Deportivo Sarmiento hasta la tercera, en el año 49 Peñarol entró en la liga Las Sierras, y mi tío que estaba en la comisión me invitó para venir a jugar, y también trabajaba en la bodega de Pomiés cuando estaba donde hoy vive el dr. Vergnes.  Como extrañaba, tenía sólo 16, al año me volví y jugué en Blanco y Negro. Cuando cumplí 18 me fuí a trabajar a Buenos Aires donde estuve hasta que tenía 24 y me volví, me quise fichar en Deportivo Sarmiento pero me dijeron que estaban completos, así que por intermedio de mi tío firmé para Peñarol», dice.

    Para agregar que  «como vivía en Suárez, pedí permiso para entrenar con Deportivo, me lo dieron, al tiempo me fuí poniendo bien, a mí me gustaba pisarla, gambetear, no correr mucho, siempre jugué de 9, y entonces me invitaron a jugar por ellos, pero yo ya estaba en Peñarol». Y  narra una anécdota del final de ese campeonato cuando viajó con la delegación de Deportivo Sarmiento los punteros seguidos a una unidad por Sarmiento, quienes enfrentaban a Peñarol en un partido importante.

    Sarmiento que hacía de local en el parque había adelantado varios minutos su compromiso con Argentino a quien le ganó para ver ese partido. «Yo llegué en el colectivo de Deportivo Sarmiento, y cuando en Peñarol me vieron bajar no me querían poner porque creían que estaba vendido, pero jugué», dice.

    Y el final del recuerdo es que Peñarol en la hora empató 2 a 2 con un gol de Juan Carlos Stallone, que obviamente se quedó sin pasaje de regreso y cuando fué a entrenar nuevamente con el verdirrojo suarense «nadie me dio bolilla, así que entré por una puerta y salí por la otra», señala. Y también que al partido siguiente cuando volvió con Peñarol a la cancha de su ex club le volvió a convertir cumpliendo la ley del ex.

    De carnicero

    Finalmente se radicó en Pigüé, y por la enfermedad de un primo suyo, su tío no pudo atender la carnicería durante un tiempo, así que cambió su turno en el otro trabajo que tenía en el ferrocarril, «de noche estaba en la estación y de día atendía la carnicería. Cuando volvió mi tío me llamaron del Arsenal porque necesitaban un carnicero para el local que tenían en la calle Maipú, frente a donde hoy está Felice y Magno, y en esa carnicería atendíamos a 450 civiles y 250 militares. Tenía cinco soldados conmigos y Fredes, abuelo de Gómez Fredes, era el suboficial encargado. Después el Arsenal cerró la carnicería y se la cedió al gremio ATE, donde trabajaba de tarde ya que a la mañana seguía en el Arsenal en el sector de administración», manifestó Stallone.

    Esa doble tarea fue durante un tiempo ya que después quisieron abrir todo el día y prefirió seguir en el Arsenal. Pero al poco tiempo de esa decisión, los hermanos Roubellac tenían una carnicería y lo contrataron para trabajar de tarde, «al tiempo me ofrecieron integrar la sociedad, eso fue en 1968, pedí un año de permiso en el Arsenal, cuando se venció el plazo renuncié, y un par de años más tarde les compré la carnicería que mantengo hasta hoy», dice.

    La primera carnicería con Stallone como uno de los dueños estaba en San Martín, donde hoy está la óptica de Monti, luego durante unos quince años en otro local al lado de lo que era el viejo correo, y desde 1980 en el lugar actual en avenida Casey.Aquí formó su propia familia con su esposa Delia y su hijo José Luis, que también está en el rubro.

    Cerrar?

    «Hace unos días estuvo la posibilidad de cerrar la carnicería, y venía la gente, la mayoría son amigos y me decían que me iba a enfermar, y claro me gusta ir al club, charlar, pero después ¿que hago?. Y aunque estoy muchas horas la verdad me siento bien, tengo la ayuda de los muchachos que están conmigo, sobre todo de «Pelo» Ferreyra que hace unos diez años que está conmigo y es un muchacho macanudo, serio, educado», relata.

    Para estar tantas horas trabajando hay que cuidarse «tenés que dejar muchas cosas, los asados de noche, el cigarrillo que dejé hace veinticinco años, y así me siento bien», dice.
    El oficio lo aprendió cuando por ejemplo se serruchaba a mano, y resalta que así como hoy se trabaja distinto, también ha cambiado la exigencia del cliente. «Hoy el cliente es más delicado, antes la gente comió mucha vaca, se carneaba una vaca y se vendía mucho, hoy la gente es más delicada, quiere carne buena, limpieza, atención, es muy difícil», manifiesta y que mantuvieron durante muchos años la costumbre de elegir la hacienda que iba a faena aunque últimamente con su hijo compran en el frigorífico de Goy «que  realmente nos atiende muy bien».

    «Lo último que el argentino va a dejar es de comer carne, pero menos porque se fue para arriba, y además el que está acostumbrado a un tipo de corte no cambia. El que comió lomo, come lomo toda la vida, a la gente le gusta comer bien, la verdad es que los cortes más económicos son los que más cuesta vender. La gente comprará menos pero bueno», afirma.
    Si algo distingue a su carnicería es algunos productos elaborados como el paté y las morcillas .

    «Hace 45 años que lo hago de la misma manera, tengo un mortero de mármol que debe tener más de 80 años, es para chicar el ajo, y yo lo sigo haciendo, la pimienta, la nuez moscada la muelo yo, todo natural, y un quintero, Folik, me trae la cebolla de verdeo cuando necesito, todo fresco, y aunque vienen preparados por ejemplo para los chorizos yo lo sigo haciendo de la misma forma», dice Stallone y añade «cuando hago milanesas las hago como para comerlas yo».

    Stallone atiende solo la carnicería y salvo alguna ausencia como cuando le colocaron dos stends, nunca falta, «cuando me colocaron los stends, atendió mi hijo unos días, pero me intervinieron el jueves, y el lunes ya estaba acá».

    En el final cuenta «tengo clientes de cuarenta años, nenes que eran chiquitos y hoy son papás o abuelos. Es más algunos se van a estudiar y quieren que les manden chuletas de Stallone, no otras y se dan cuenta si se las cambian. Chicas recién casadas vienen y preguntan por los cortes para aprender a cocinar, otros que vuelven después de muchos años y se asombran de verme todavía detrás del mostrador», y que si bien es conciente de que alguna vez tendrá que dejar «tal vez este año», señala, reconoce que es una decisión difícil «porque la verdad yo sigo haciendo esto con gusto», y que saluda muy especialmente a todos sus clientes por la fidelidad de tantos años.DSC09589

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