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    grande_bengalas(por Walter Ditrich. walter@semreflejos.com.ar).- Rugen las tribunas prometiendo una nueva guerra. Los gladiadores surcan el césped derrochado sudor para ganar millones. Un par de bengalas marinas parten desde la cabecera local y luego de provocar un sonoro estampido- surcan el aire.

    Al principio nadie le prestó demasiada importancia al tema, pero a medida que se encendían y lanzaban más bengalas, el terror se fue apoderando de los ocupantes del sector opuesto a la tribuna desde la cual partían esos veloces (y letales) proyectiles. Apenas pasadas las 20:30, los equipos salieron al campo de juego y una de ellas luego de un zigzagueante recorrido se clavó en el césped, bastante cerca de un jugador. Los relatores hablan del «espectáculo» de las tribunas. Colgados de los para avalanchas, los pibes desafían la vida propia y ponen el riesgo la ajena con más bengalas, cohetería, tres tiros y un arsenal digno de los rebeldes talibanes. 

    Si no tiran un misil es porque aún es caro para el presupuesto de la barra.
    El juez Teodoro Nitti estaba presto a comenzar el partido. De repente, otro estampido, otro fogonazo y una nueva bengala -la séptima según relatos de testigos-  atravesó el cielo como un tirabuzón en cuestión de segundos.

    Recorrió poco más de cien metros pero no logró superar la altura de la estructura de cemento de  la calle Brandsen. De hecho, se clavó en el cuello de un sorprendido Roberto Basile, quien ocupaba un lugar en la bandeja media y no pudo atinar a nada, muriendo en forma casi instantánea. Basile era un pibe de apenas 25 años de edad. Esa tarde, luego de salir de su trabajo fue hasta La Boca en compañía de su novia y sus planes incluían juntarse a cenar con su familia en una cantina del barrio. Fueron momentos llenos de confusión los que siguieron al impacto de la bengala en la carótida del infortunado joven

    . La hinchada de la “Academia”, sin salir del asombro gritaba “Asesinos, asesinos”. La bengala en cuestión partió desde la popular local que da a la Casa Amarilla. Para ser más exactos, desde la bandeja del medio, esa que alberga habitualmente al núcleo duro de la barra brava llamado “La 12”.  El pibe murió y el partido se jugó «para no generar más violencia» según se explicó después. Los tres acusados, integrantes de la  barra de Boca, fueron absueltos.
    Pasó hace casi 30 años: el 3 de Agosto de 1983 en la cancha de Boca.

    «Adentro queda un cuerpo, la bengala perdida se le posó, allí donde se dice gol. Dejaron todo bajo el vendaval y huyendo del lodo no se supo más, bajo la lluvia el chasis se pudrió y allí también la criatura de Dios» escribió Luis Alberto Spinetta conmovido por esa muerte absurda. La canción se llama La Bengala Perdida y el fogonazo mortal se perdió luego en la amnesia colectiva. El tema fue hit un ratito y la poesía compleja del Flaco tejió otro guión a esa historia que nació para repetirse.

    Cada año nuevo, la bengala perdida halló otra víctima. Los diarios sumaron muertos a sus estadísticas de estupidez colectiva. «Sin darme cuenta voy cayendo en cruz hacia el cenit, el cielo ya no tiene mis pies. Y la espiral que me habrá de llevar no es mejor que todas esas vueltas que dí, buscando un amanecer, buscando un amanecer, buscando un amanecer.» cantó Spinetta, ya en los programas de clásicos que van en trasnoche. Sólo los fanáticos los escuchan. Un grupo tan minúsculo como los que suelen respetar las leyes sobre uso de pirotecnia.

    Con estela luminosa, la bengala perdida salió de las canchas y cantó rock . Porque las bandas se convirtieron en tribus que  compiten por la luz. Como postmodernos adoradores del fuego acercan su mano a la llama para comprobar que quema. Ya sabían que el fuego quema, pero la sensación de ir ardiendo y parar justo antes de incinerarse  les resulta orgásmica e irresistible.

    La bengala perdida, la misma que mató a Basile, encontró más muerte para encender. Chabán, Callejeros, los inspectores coimeros, los controladores que no controlan y tres boludos le encendieron la mecha en Cromagnón . Fue en el año nuevo de 2004. 194 muertos encontró la bengala. El Flaco volvió a cantar desde el olvido: «bajo la herencia la inmortalidad, cultura y poder son esta porno bajón, por un color, sólo por un color, no somos tan malos todo va a estallar, ondas en aire, ondas en aire, ondas en aire».

    Las ondas en el aire se llevaron el humo negro que asfixió a los pibes en ese boliche oscuro. La justicia, lenta, fue disipando las penumbras de la muerte más dolorosa;  que es aquella que se puede evitar. No debe haber desconsuelo peor para los mal muertos que haber perdido la vida por una estupidez. La muerte por boludez, debe ser la enfermedad terminal que más jaquea a la raza humana.

    «Y por un color, sólo un por un color»  la bengala perdida volvió a matar después de Cromagnón.  No la prendió la 12 y el misil no  se clavó en la garganta un hincha de Racing. Fue un tal Fontán, nombre que paradójicamente suena parecido a Fonanet. Fontán, es un portuario bahiense que viajó a La Plata para ver a La Renga. Y tiró una bengala  hacia la multitud. Podría haberla prendido en cancha de Boca, en un boliche, o en la casa del vecino en año nuevo. Pero encendió la mecha para alentar a La Renga «poner huevos e ir al frente». La misma bengala perdida que iluminó el ciego de la Boca hace 3 décadas, surcó el aire del en el autódromo platense y le cortó la vida a Miguel Ramírez. Un pibe que nunca supo qué, ni quién lo mató.

    Mi viejo, quien no tiene el vuelo literario de Spinetta; siempre dice que «los gorriones y los boludos no se terminan nunca». Algún día, quizás me toque escribir sobre el peligro de extinción que afecte a esos pajaritos. Pero dudo que pueda informar sobre la desaparición de los boludos que implican riesgo de muerte. Tal vez muera el último gorrión, pero temo que en el funeral, un boludo prenda una bengala entre la concurrencia.

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