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    PURO_CUENTO_1por walter ditrich (walter@semreflejos.com.ar).– Tití Orellano era el deportista del barrio. Se trataba del representante de la cuadra en cuanta competencia deportiva amateur se organizara en la ciudad. Tití desbordaba entusiasmo deportivo. Aunque, el talento natural que indefectiblemente se necesita para trascender en el deporte, no lo acompañaba demasiado. De tal forma que su  suerte en el mundo competitivo «fue dispar». Por no decir claramente que nunca ganó a nada, ni a nadie.

    De todas formas, es justo subrayar que todo lo que Dios no le dio en talento natural, se lo otorgó en voluntad. Después de varios intentos fallidos en varias disciplinas, Tití decidió representar al barrio en el campeonato regional de ciclismo. Rejuntando cuadros, piñones, ruedas y gastando lo menos posible armó su bicicleta «de carrera».
    Era la única en su tipo en varias manzanas a la redonda. Por lo que Tití y su bici eran el centro de atracción de los pibes que se juntaba a verlo entrenar todas las tardes cuando surcaba el barrio como una saeta veloz.

    La bicicleta que se había armado Tití era, obviamente, única en su tipo. Pero tenía una particularidad que a la postre sería decisiva. Puesto que contaba con un solo freno ubicado en el sector derecho del manubrio que hacía frenar únicamente la rueda trasera. Tití corría sin freno delantero. Se supone que esa decisión técnica no era una cuestión de estilo ciclístico. Sino, más bien, que no había podido conseguir usado un sistema de frenos para la otra rueda y se acostumbró a correr así.
    Tití empezó a entrenar con entusiasmo y el puñadito de pibes que lo acompañaba se convirtió en su equipo de competición.

    La primer carrera de Tití fue en el Parque Municipal, donde se había delimitado un improvisado circuito que desbordaba de público. Tití largó en el segundo pelotón, pero con esfuerzo y dientes apretados se iba acercando a los punteros.
    Hasta que su bicicleta usada acusó el castigo de tamaño desgaste y la rueda trasera se rompió. Tití paró en lo que vendrían a ser los boxes, y su «equipo» halló una rápida solución: lo subieron en una bici prestada para que no perdiera chances en la competencia.

    Mientras reparaban el medio mecánico de Tití, los colaboradores del ciclista no repararon en dos detalles fundamentales: primero que la bicicleta prestada tenía punteras por lo que Tití llevaba los pies atados a los pedales. Algo  a lo que no estaba acostumbrado. Y segundo, esa bicicleta tenía dos frenos. Y además,  la manija del lado derecho era el freno delantero. Tití no lo sabía y estaba acostumbrado a accionar ese freno que en su bici detenía la rueda trasera.

    Lamentablemente para él, pudo comprobar la diferencia entre un sistema de frenos y otro en plena carrera. Para recuperar el tiempo perdido Tití venía corriendo al límite de sus fuerzas y cuando llegó a la pendiente en descenso del circuito,  siguió acelerado con furia para sobrepasar rivales.

    Hasta que llegó el momento de frenar al finalizar la bajada. Como era su costumbre, Tití accionó con fuerza el freno derecho. La bicicleta profesional se clavó de punta y Tití se convirtió en un bólido sin control que comenzó a rodar por el piso  con velocidad centrífuga. Tití- bicicleta;  Tití- bicicleta; Tití- bicicleta; bicicleta- Tití,  iban mirando los ojos de sus ayudantes mientras esa bola descontrolada que formaban el ciclista y su máquina rebotaban contra el piso. Cuando por fin paró de rodar, la bici era un nudo de metal retorcido. Y  Tití un enorme mancha de sangre que seguía atada a los pedales .

    Lo liberaron de esa máquina asesina y sin siquiera limpiarle el sangrado de su cara raspada, lo subieron a su bici de siempre para que culminara la carrera. Llegar, llegó. Pero daba la sensación de haber atravesado el Dakar más una guerra civil antes de cruzar la meta.

    Para la segunda fecha del torneo, ya habían sanado la mayoría de las heridas del deportista y el equipo de apoyo había revisado al milímetro la bicicleta de Tití para que no hubiera más fallas mecánicas. Tití estaba en forma y venía bajando sus tiempos demostrando progresos en su rendimiento.
    La carrera se disputaba en un el pueblo vecino donde se corría alrededor de una avenida. Los competidores llegaban al extremo y debían frenar girando en «U» para continuar el circuito regresando por la otra mano de circulación.

    Los colaboradores de Tití se ubicaron casi al final de la avenida, de tal forma que cuando el ciclista redujera un poco la velocidad pudieran alcanzarle agua e irle marcando las novedades de la carrera.

    Nuevamente Tití venía siendo protagonista de la competencia y era momento de asistirlo con la caramagnola de agua a fin de mejorar su hidratación.
    Tití venía a plena velocidad y antes de llegar al final de la avenida, un ayudante de su equipo extendió la mano con el recipiente. Pero lo hizo del lado derecho del ciclista, ya que estaba parado en la vereda. Ese detalle fue fatal.

    Tití tomó la caramagnola con su mano derecha, levantó la cabeza mirando hacia el cielo y apretó la caramagnola para que le chorro de agua fresca fuera directo a su boca reseca. Cuando bajó la vista, vio que la avenida se terminaba y era hora de frenar para doblar en «U».

    Su bicicleta tenía un sólo freno; del lado derecho del manubrio. En esa mano, la derecha, Tití llevaba la caramagnola repleta de agua. Abrió los ojos con expresión de desconcierto y comenzó a mirar: el freno y la caramagnola, la caramagnola y el freno. Movía la cabeza con desesperación y no se decidía a soltar el recipiente de plástico para frenar su bólido que lanzado a plena velocidad iba anunciando un destino de catástrofe.

    – Titiiií!!!!!!!!!!!!!! la caramagnola, Titiiiií!!!!- le gritaban sus ayudantes
    -Soltá la caramagnola, Titiiiííí!!!!!…..-
    – Titiíííí!!!  la caramagnolaaaaa!!!!!…..- se escuchó gritar mientras la bicicleta siguió de largo al final de la avenida.
    – Se abatató!!!! – explicó otro de los ayudantes. Mientras, corrió por el  surco que había dejado el público cuando se fue separando de la trayectoria de Tití que nunca pudo decidir tirar la caramagnola a tiempo para accionar el freno.

    La rueda delantera hecha un «8» Tití en el piso otra vez decorado por raspones y sangrando bronca, fue la escena que marcó el final de la carrera ciclística de Titi Orellano.
    Después, se dedicó al boxeo.
    – Es menos riesgoso…- explicó Tití.

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