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martes, marzo 2, 2021
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    te_cuento_un_cuento– Ché loco, pasáme una seca – pidió Paquito.
    -Esperá tu turno chabón – fue la respuesta.
    -Si se lo pasan entre ustedes nomás…-

    -¿Qué decís bolú?… esperá… si tampoco pusiste nada hoy – recriminó el mayor de los muchachitos que no debía superar los catorce años.
    -Y bueno ché… Aguantame unos días hasta que la vieja me tire unos sopes-
    -Eso mismo dijiste la semana pasada y ni mierda…-
    -¡Bueno ché, no hortivés, métetelo en el!…-
    -¡No jodas pendejo!… Andá raja de acá, antes que te reviente a patadas – amenazó otro mostrando un puño cerrado.
    Paquito salió refunfuñando, arrastrando su pierna izquierda, rengueando y con ganas de entrarle a la tuquera, aunque sea una vez. “Son unos egoístas de mierda”, pensaba, ya iban a venir esos, cuando él tuviera, y no les iba a dar, como en otras oportunidades, cuando melosos le pedían al “pobre de Paquito”.

    Iría hasta lo de su abuela. La vieja siempre se compadecía y unos pesos le iba a tirar. Eran solo unas cuadras, seguro que lo retaría y como siempre debería escuchar su eterno sermón por faltar a la escuela y por no ir a dormir la noche anterior. Paquito ya era viejo a sus once años, no iba a la escuela hacía meses, y a nadie le importaba eso. ¿Su madre?… bien gracias, había desaparecido con un cafiolo hacía unos cuántos años y nunca más volvió. ¿Su padre?… vaya a saber quién de entre tantos que supieron tener a su madre. Francisquito solo tenía a su abuela y a la villa 1-11-14. No conocía otro mundo.
    Hacía unos meses, con algunos otros de su calaña, se animó y probó el Paco. A partir de allí no vivía para otra cosa que conseguir para la diaria. Toda la villa lo conocía, ya todos le decían Paquito por su adicción. Allí iba Paquito, con la idea fija, feliz, porque sabía que la vieja algo le iba a dar.

    ——————————-

    Francisco “Pancho” Enríquez estaba jubilado, hacía unos meses había sido retirado de las filas activas de la Bonaerense. Nunca tuvo una vida muy agitada. Cuando joven se le ocurrió ingresar a la fuerza policial, un poco por vocación, otro poco por conseguir un trabajo decente. Nunca se imaginaría como se truncaría rápidamente. Luego de la Academia para Suboficiales, prestó servicio en una delegación de Talar de Pacheco como agente de calle, y sus logros le hicieron ganar una buena reputación. Pero esto, abruptamente terminó. Un accidente de tránsito le margino de su pasión: el trabajo de calle. Luego cumplió algunos años de tareas administrativas, otros tantos como agente de tránsito. Pero el tiempo fue haciendo mella en su vieja herida e inutilizándole  la cadera, volviendo a tareas administrativas en una pequeña seccional de barrio, donde terminó por jubilarse.

    Alguna vez también supo estar casado y esa ilusión de tener un hijo que tampoco pudo darse. Así como en su trabajo, terminó por resignarse al destino… Las cosas no siempre se ajustan al plan trazado o no se suceden tal cual uno las piensa, se repetía cada tanto. El matrimonio terminó en divorcio y a partir de allí Don Pancho estuvo solo.
    Nunca tuvo mucho, solo su pequeño departamento en los suburbios el cual comprara después de la división de bienes de su truncado matrimonio y una vieja casa quinta en la zona de Del Viso, heredado de sus padres, lugar al que habitualmente visitaba. Mientras estuvo activo, solo los fines de semana, ahora que llegaba su retiro, día por medio se llegaba hasta la propiedad. De a poco y con gran esfuerzo intentaba hacer habitable el lugar. Su idea era mudarse definitivamente allí y para eso había mucho para modificar. Por suerte ya le quedaba poco por hacer.

    – Buen día Don Pancho – saludó el canillita.
    – Buen día Pepe, ¿Cómo dice qué anda?-
    – Y… Laburando, como siempre… ¡Usted si que esta bien eh!
    -¡Bien chongo querrás decir! – respondió riendo y rengueando graciosamente, exagerando su defecto.
    – Bueno, rengo pero jubilado… ja, ja, ja… no tiene que salir como yo todos los días a comerse la calle – dijo riendo aún más Pepe.
    – Eso es cierto, pero bueno, merecido me lo tengo… Me llegó el tiempo de descansar ¿No?-
    – Seguro que si Don Pancho, pero lo envidio un poco… ¡Sanamente eh!, aclaremos – concluyó Pepe, mientras le entregaba el periódico.
    – ¡Otro policía muerto che! – dijo Don Pancho mirando el titular de primera plana – Y van…
    – Si viejo, esto es así… Está cada vez peor la cosa
    – Si, cada vez peor – repitió Don Pancho – hoy te matan por poco, o lo que es peor: por nada.
    – Por nada viejo… Los chicos de hoy son capaces de meterte un chumbo por dos pesos… ¡si hasta a mí me asaltaron!, ¡es el colmo!, afanarle a un canillita, es de última viejo… La maldita droga – agregó Don Pancho.

    – Ni hablar… Nadie hace nada por frenarla. Y ya llegó a todos los niveles, con el maldito paco que enferma hasta los chicos más humildes  – concluyó Pepe.
    – No pasa tanto por ahí… No es solo cuestión de la droga. La porquería está en otra parte. Los chicos no tienen la culpa… Solo les hace falta oportunidades, educación y algo de disciplina. Pero bueno Pepe, nosotros poco podemos aportar, sobre todo yo que soy un pobre viejo  – agregó Pancho.
    -Hoy la juventud está perdida – sentenció Pepe, usando esa frase tan cursi como vieja.
    -No será para tanto, eso decían de nosotros Pepe y sin embargo acá estamos, además usted no debería ser tan pesimista, usted que es diariero debería tener mejor onda, así no va a vender mucho.
    Los diarios son basura Pancho… son todos amarillistas, venden morbo, antes valía la pena, al menos por el rubro 59 – dijo Pepe riendo a carcajadas, mientras retomaba el camino de su clientela.
    -Que no se enteren Pepe, las viejas le van a hacer un escrache ¡que vuelva el 59! – dijo Pancho emulando con una carcajada al diariero.
    Siempre conversaba con Pepe, hacía años que era el diariero del barrio y en cierta medida tenían esa extraña relación diaria que no llegaba a ser una amistad, pero que igual se añoraba.
    Mucho tenía por hacer hoy. Debía terminar de ordenar unas cosas en casa. Iría hasta la inmobiliaria de la vuelta, quería saber sobre los alquileres, pensaba alquilar el departamento, total no necesitaría el lugar. Podría venderlo, pero no estaba convencido de hacerlo. Lo alquilaría seguro, pero a alguien conocido. Debía comprar algunas cosas, como cable, yeso para tapar algunos agujeros en la pared, tornillos, ¿Qué otra cosa?… bueno, eso le pasaba por no anotar. Igualmente con todas o la mitad de las compras a primera hora del día siguiente se iría a Del Viso… De pronto recordó, también vería alguna empresa de mudanza. Pronto, en pocos días la necesitaría. Eso le entusiasmaba.

    ——————————–

    Paquito llegó a la casa de su abuela, una construcción a medio terminar en el corazón de la villa. Caminaba cabeza gacha, ensimismado, unos metros antes de llegar levanto la vista buscando la puerta de entrada. Allí detuvo bruscamente su andar. La ambulancia del barrio, con las luces de la cachorra encendidas estaba ahí. Los camilleros salían apresuradamente con su paciente. La abuela, sin conocimiento y con la mascarilla de oxígeno puesta era rápidamente introducida en el vehículo. Paquito observaba la situación alelado.
    Una de las vecinas al verlo, rápidamente le increpó.
    -¿Dónde estabas Paquito?… dejaste a la abuela sola…-
    – ¿Qué le pasó a la abuela? – preguntó, aún estupidizado.
    – Se descompuso… parece que del corazón… Pero, ¿Por dónde andabas?… ¡Pendejo de mierda!, siempre metido en la misma porquería, la abuela está así culpa tuya – arremetió cada vez mas exaltada.
    – ¡Que me dice!… ¡Porque no se mete en sus cosas vieja de mierda!-
    – «No me insultes mugriento… si la hubieses cuidado un poco…!»-
    Paquito no le contestó, era seguir con la discusión y en realidad no tenia ganas. Se metió a la casa, la casa de su abuela, donde él vivía, su último refugio. Algo debía hacer por su abuela, el único ser que le quedaba en este mundo. Iría a verla, sabía donde la llevaban. Como siempre, la vieja le tenía ropa limpia y planchada. Se lavó un poco, se cambió y allí fue para la clínica.

    En recepción le dijeron que su abuela estaba en terapia, que debía esperar el parte médico.
    Allí, sentado en la sala de espera, la abstinencia comenzaba a hacerle efecto. Diez pesos necesitaba o cinco al menos que le alcanzara para un “petardo”, pero con un diez, la dosis sería completa. Con solo pensar en ello sus glándulas salivales comenzaron a segregar profusamente. Se restregaba las manos y se sonreía estúpidamente… De pronto un lapsus. Los ojos bien abiertos, las pupilas dilatadas y en estado catatónico… Un hilo de saliva comenzó a correr hasta el piso de la sala de espera desde la comisura de sus labios. Solo faltaba la convulsión, que por suerte no sobrevino. Fueron unos instantes solamente, pero suficientes para quienes estaban en la sala comenzaran a observarlo.

    Al rato aparecieron los médicos dando el parte. Cuando dieron el nombre de su abuela, Paquito levanto la mano. Según el médico, mucho no había para hacer, a la pobre mujer el corazón le fallaba. Operaciones inalcanzables, stend, by pass, deterioro vascular avanzado con pronóstico reservado a grave. Solo en una clínica privada, mucho dinero, tal vez allí si pudieran un milagro. Paquito entendía, cosa de pobres. Entendía que la solución no era para los de su estirpe, poco y nada para la villa. Inalcanzable.

    Una idea poco feliz se anidó en su cabeza. Debí consumir. Debía quitar su dolor. Volar, irse aunque sea por unos instantes a ese mundo donde era feliz, a ese mundo donde él era el héroe y sus fuerzas eran infinitas. Con ese bagaje de valor encima, haría algo por su abuela. Pronto conseguiría para llevarla donde la curen con un milagro.
    Revolvió cada rincón de la casa. Ni un centavo halló. Su desesperación iba en aumento. Sus manos tiemblan en un tic insostenible, su pulso se acelera, frenético. De pronto, sobre el descangallado ropero lo encuentra. Negro, pesado y frío.
    Así, con el arma entre sus ropas salió a la calle. No sabía lo que hacía. Sí lo que quería hacer. Necesitaba consumir. Luego salvar a su abuela, a cualquier precio. Ya nada le importaba. Ni su miseria, ni su hartazgo. Viejo a los once, de necesidad y hambre.

    ——————————–

    Don Pancho abrió la puerta del garaje con la lentitud que le caracterizaba. Esa vieja lesión que no le permitía ser muy veloz le fue dando ese andar cansino. El Renault 12 modelo ’95 de color aceituna estaba impecable, brilloso y eternamente limpio gracias a su dueño. Despacio con cautela lo aparcó sobre la acera, a mitad de vereda apuntando aún hacia la entrada del garaje. Ahora debía cerrar. Unas cuantas compras debía hacer para mañana y luego a descansar, sin darse cuenta el día se había pasado y ya la tarde se diluía. Cerrando el portón estaba cuando le vio venir. Buzo con capucha, pantalón de gym y zapatillas. Su andar tambaleante y zigzagueante, llamaban la atención. Algo le pasaba al niño.
    Paquito buscaba algo grande, iba a meter fierro, era su primera vez. Un maxi kiosco o un super con poca clientela, pero ni cuenta se daba de su aspecto y andar. Estaba el límite de su abstinencia. Al borde del abismo.

    -Hey, nene… ¿Qué te pasa? – le preguntó Pancho, con intenciones de ayudar.
    -Qué mierda te importa viejo – respondió en un hilo de voz.
    -¿Necesitas ayuda?-
    -¡Andá a cagar puto! – y sacando el arma apuntó a Don Pancho – ¡Dame viejo, dame lo que tengas, dale o te quemo! – gritó desaforado.
    Don Pancho no se lo esperaba y a nada atinó. Paquito asustado solo gatilló. El estruendo del viejo 38 ensordeció a Paquito. Mientras Pancho alcanzaba su reglamentaria, esa que por costumbre siempre llevaba, pero que nunca usara. La nueve rugió con una cadencia distinta, solo una vez… Disparos sin sentido y sin destino preciso. Ninguno de los dos atinó. Por suerte. Paquito siguió intentando gatillar el herrumbrado revolver, más asustado y desesperado. Pero ningún disparo logró, por suerte. Don Pancho, mas calmo, simplemente no volvió a disparar, algo le decía que no hacía falta, para suerte de Paquito. Esto solo duró unos segundos, el niño, debido al terror y esfuerzo, cayó al suelo en violenta convulsión.

    —————————

    Cuando Paquito despertó estaba en la clínica donde internaran a su abuela. Una vez repuesto, se enteró que hacía unas horas su abuela había muerto. Debido a la abstinencia y a la novedad tuvo algunos episodios convulsivos más, pero con un poco de comida en el estómago comenzó a mejorar.
    Quien lo trajera hasta la clínica estaba a su lado, no le conocía, nunca lo había visto en su vida, pero el viejo ese con cara de abuelo bueno nada le dejó faltar, no solo esos días, sino que además le visitó durante mucho tiempo en la granja donde Paquito se recuperó de su adicción, donde definitivamente dejara las drogas. Y no solo eso. Como no tenía a nadie en el mundo, también se lo llevó a Del Viso.
    Pasó el tiempo. Paquito terminó la primaria. Se lo ve feliz por primera vez en un mundo real. Don Pancho está orgulloso. Si se le pregunta a cualquiera de los vecinos, no dudan en decir que son padre e hijo. Se parecen bastante, si hasta los dos tienen el mismo defecto: renguean de la izquierda.
    Una historia más de entre tantas, casi de terror, casi de fantasía, en un país donde por suerte el hambre, la falta de educación y la inseguridad no son cosa de todos los días.

    FIN

    S.R. SARAVIA
    (seudónimo de autor local)

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