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    (Por Walter Ditrich. walter@semreflejos.com.ar)  Hace unos años, se me ocurrió diferenciar a los periodistas de pueblo, de los periodistas de los grandes medios. Es que somos muy diferentes también al típico periodista de película que es una mezcla de detective con superhéroe.

    Los periodistas de pueblo no medimos el rating. No salimos en las tapas de revistas,  ni estamos nominados al Martín Fierro. No trascendemos más allá de nuestra comarca, donde muchas veces solemos ser tristemente célebres. Porque nos suenan los oídos y convivimos con la crítica constante. Es que nos encontramos cara a cara con nuestra audiencia en todas las esquinas.

    Como recordó el inoxidable Rafael Emilio Santiago por estos días, “el periodismo es el mejor oficio del mundo, pero el menos indicado para ganar amigos”. Lo hemos comprobado quienes trabajamos con noticias protagonizadas por nuestros vecinos. Los periodistas de pueblo conocemos al personaje detrás de la información y nuestros hijos van a la escuela con el blanco de nuestras críticas o nuestros elogios.

    Los periodistas de pueblo somos todo terreno. Todos los días tiramos el centro y vamos cabecear. Es que, atándolo con alambre, hacemos de  locutores, productores, fotógrafos, operadores, cronistas y críticos. A mismo tiempo, pisamos el barro y la alfombra roja porque nos acostumbramos a comunicar en todos los terrenos.

    A los periodistas de pueblo nos duele lo mismo que a nuestros vecinos. Cuando cubrimos una tragedia, también nos está pasando a nosotros mismos. También,  nos alegran las mismas buenas noticias.

    Sabemos guardar secretos aunque trabajos en pueblos chicos que son infiernos grandes. No le ponemos el micrófono de prepo a nadie y preferimos perder una primicia antes que violar la confianza de la fuente de acá a la vuelta.

    Los periodistas de pueblo nunca seremos noticia nacional. Los grandes medios no hablan de nosotros. Nos da mucho bronca cuando mencionan a nuestro pago tocando de oído. Porque tenemos puesta la camiseta del lugar donde nacimos como cualquier hijo de vecino.

    En este pueblo, que es nuestro “lugar de encuentro”  el mejor pico de rating, el más grande reconocimiento  es que confíes en nosotros y que vos, nos consideres tu voz.

    En este pueblo, los periodistas que celebramos nuestro día, tenemos nuestro mártir. Justamente, publicaba un diario que se llamó “EL PUEBLO”. Militante radical, se enfrentó al poder en la década infame y fue asesinado en Pigüé en la esquina de Sadi Carnot e Irigoyen de Pigüé. Una patota encabezada por un policía le pegó 12 balazos. En las sombras de la noche de un 23 de septiembre de 1.932 cayó asesinado alevosamente el periodista y administrador del periódico «El Pueblo» de la ciudad de Pigüé. Eliseo Albornoz, se llamaba.

    El poder en tiempos de la Década Infame lo había perseguido durante años. Incluso, en una de las tantas detenciones arbitrarias, hasta le inundaron la celda para que pasara la noche casi congelado. En Buenos Aires, La Nación, se hizo eco del caso y publicó: “ser periodista opositor en la campaña es todo un heroísmo, casi como llevar en el bolsillo la partida de defunción…”.

    Albornoz, no claudicó y halló la muerte por el gatillo de una patota policial que respondía al poder conservador.  A pesar de su sangriento asesinato, las ideas de Albornoz no murieron. Su esposa, Verónica Otero, continuó por largo tiempo editando el periódico «El Pueblo». Sus páginas, llevaron impresas para siempre las palabras que aún hoy están inscriptas en la placa de la tumba donde los restos de Albornoz descansan en el cementerio de Pigüé. Allí, se puede leer: «Manos criminales abrieron tu sepulcro, pero ¡qué importa! desde este sitio seguirás diciendo ¡ES HERMOSO MORIR EN DEFENSA DE LA  LIBERTAD!»

    Los mártires que nos precedieron, entregaron hasta su vida para que hoy la libertad de prensa sea un derecho inalienable. Periodistas perseguidos, torturados, asesinados, desaparecidos, exiliados nos increpan desde la historia para que mantengamos la vigilia permanente en defensa de la libertad de expresión.

    Aunque no seamos más que periodistas de pueblo. Sólo eso. Pero nada menos que eso tampoco.  Como Don Eliseo.

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