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martes, marzo 2, 2021
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    PURO CUENTO: La despedida de Chirola

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    CONVOCATORIA A ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA

    penal_errado_por_biblioteca_popularpor walter ditrich (walter@semreflejos.com.ar) Chirola Gómez era el jugador más veterano de San Martín y de la Liga. Seguramente, estaba batiendo alguna especie de récord. Hace rato había pasado los 40 y seguía jugando. Aunque, como decían los pibes del «verde», «acá Chirola sigue porque juega por decreto, siempre lo mismo!!!!».

    Es que desde la época de Don Porfirio, abuelo de Chirola ; los Gómez son la aristocracia del club. Don Porfirio fue fundador y  Presidente hasta que un paro cardíaco después de un clásico – además de sus 80 y pico abriles regados con buen whisky- hicieron que su corazón verde dijera basta. Tomó la posta Amancio, su hijo y padre de Chirola, quien también fue presidente hasta el último suspiro. Y en la tercera generación recién apareció un Gómez que supiera jugar decorosamente y se convirtió en el «9» eterno de San Martín.
    Ya en el ocaso de su carrera, Chirola comprendió que en Primera pasaba papelones y él solo decidió descender a reserva «para seguir dando una mano, porque necesitan un 9 que la meta. Como yo..», dijo. Aunque nadie le había pedido que continuara en actividad.

    Es que si bien su abuelo fundó el club y su padre lo dirigió;   por portación de apellido él fue quien más veces vistió la camiseta el verde. Chirola era lo que los comentaristas llaman: «un referente negativo para el grupo». O cómo decíamos en el  barrio, el «que siempre juega porque es el dueño de la pelota».
    Su aporte destructivo en los planteles de San Martín desde hace, al menos  25 años; no tiene que ver con su calidad futbolística.  Porque Chirola, hay que decirlo; fue un interesante delantero. De buen porte físico, excelente juego aéreo, buena velocidad, potente  pegada con las dos piernas y muchísima picardía en el área. Además de una enorme dosis de fortuna que lo convirtieron en esos reboteros iluminados que siempre están ahí cuando cae la pelota.

    Los goles de Chirola fueron muchísimos; pero no sirvieron para que ganara ascendencia en entre sus compañeros de ayer, ni de hoy. Es que Chirola era muy poco amigo del sacrificio. No entrenaba en la semana, ni corría los domingos. Sin transpirar, él esperaba ahí para terminar siendo siempre el héroe que la empujaba al gol.

    «-Corré vos que entrenaste toda la semana, pibe… Yo estoy para otra cosa!», les decía irónicamente a sus compañeros cuando le pedían un poco de actitud.
    Sin conocer la virtud e la humildad, se consideraba «el mejor» delantero de la liga y lo decía a cada instante. Soberbio , de mal carácter, «agrandado»; recriminaba a sus compañeros cada error en pleno partido y nunca tuvo amigos entre los jugadores. Salvo algún adulón ocasional que buscaba ganarse su confianza para acercarse a la billetera del padre, el  Presidente.

    Los jugadores pasaban, los técnicos también y Chirola seguía estando. «Soy el mejor en la historia de San Martín, y cada día juego mejor», argumentaba para seguir en el equipo.
    Sin contracción al entrenamiento, bajó a Reserva luego de una rueda sin tocarla en Primera, donde no marcó ningún gol y ya había cumplido 40.
    Desde entonces, juega en Reserva, pero cuando tiene ganas. Generalmente de local. Y si el día está lindo.

    Siempre con el partido empezado, cuando termina de almorzar y quitarse la modorra dominguera, Chirola aparece con su camioneta 4×4 0KM y estaciona en el lugar donde siempre estacionó. Espacio que nunca nadie ocupa, porque desde ahí miraba el partido su abuelo Porfirio en el primer auto que hubo en el pueblo. Chirola desciende con los cortos ya puestos,  los botines desatados y comiendo una banana.

    – Ey!!!, sácame uno que quiero entrar!….-, ordena al técnico de la reserva, que también dirige primera. Para cobrar a fin de mes, porque los Gómez fueron y son el principal aporte económico en San Martín; el DT asiente y ordena el cambio. Como sucede cada vez que Chirola tiene ganas de jugar, un pibe que entrenó toda la semana, debe dejar su lugar aunque no lleve más de 15 minutos de juego.

    Desde hace años, varios jóvenes jugadores de la cantera fueron colgando los botines cansados de perder su lugar por la vigencia forzada de Chirola.
    Era demasiado frustrante entrenar, cuidarse los sábado y espera el soñado domingo para jugar en casa ante la familia. Hasta que a los 15 minutos te sacaran para que entrara el «eterno Chirola» que hacía años no pisaba un entrenamiento.
    Pero, aunque nadie lo esperaba,  un día  Chirola se retiró. Fue en una final, de local y jugando en Primera.
    Por esas cosas del fútbol, San Martín ganó un octogonal de repechaje y  llegó a la final contra el poderoso Estrella del Norte.

    La «permanencia» de Chirola en la reserva terminó hartando a toda la delantera de la reserva del verde. Ese año, hubo buen clima y Chirola tuvo ganas de jugar casi todos los partidos de local. Y como el equipo de Primera iba bien, también viajó de  visitante y jugó varios segundos tiempos afuera. Para no sacar siempre al mismo pibe para que entrara Chirola, el DT fue rotando los cambios y terminó siendo peor el remedio que la enfermedad: todos los delanteros dejaron de jugar hartos del destrato. Todos los delanteros menos uno: el gordito Weimann seguía entrenando con asistencia perfecta.

    No había faltado a una práctica, a pesar de que hace dos temporadas era eterno suplente en reserva. Se trataba de esos esforzados jugadores destinados a no llegar a Primera y que tienen su chance solo por decantación cuando las cosas vienen mal y faltan soldados. Con esos esforzados que disimulan la falta de talento con esfuerzo; también se construyen los equipos.
    Sin otro delantero suplente llegó San Martín a la final y, por supuesto; Chirola se presentó cambiadito y a horario el día decisivo. «Poneme de suplente, que si hace falta entro y ganamos el campeonato, como hice tantas veces», le ordenó al DT. El gordito Weimann que no había dormido porque iba ir al banco en la final, bajó al cabeza. Comprendió que era su lugar el que ocuparía Chirola.

    Se hizo un silencio. Todos comprendieron la injusticia de la decisión que era inminente. El DT no tenía otra opción. Los otros relevos podrían ser imprescindibles en una batalla como la que se avecinaba y el candidato a perder su lugar en el banco era el gordito. Y con una mano en el corazón, viejo y todo, Chirola podría ser más útil que el voluntarioso gordito Weimann..
    Pero el Puchi Martínez sorprendió diciendo que salía él.
    – No me siento bien, estoy descompuesto. Mejor que Chirola vaya por mi..- dijo.
    – Pero te necesito, no tengo otro volante como vos y seguro que hoy van a llover las amarillas- rogó el técnico.
    – No, en serio, no estoy bien, si tengo que entrar voy a dar lástima- se excusó el Puchi.
    Al gordito Weimann le volvió el alma al cuerpo. Nadie creyó en el sorpresivo malestar de Martínez, y conociendo su buen corazón; adivinaron que fingió para que Weimann cumpliera su sueño finalista.

    Siguieron intentando convencer al Puchi hasta que Chirola, insoportable como siempre, interrumpió diciendo:
    – Bueno basta, ni que fuera Maradona el pibe este… Preocúpense en ganar otra final y si va mal, tranqui que entro yo y se termina la historia…. Vieron las copas que hay en la sede?,  casi todas se ganaron con goles míos. Así que lo importante es que esté yo. Yo estoy y tengo ganas de romperles el culo a los e Estrella, asi que vamossss!!!!,- grito Chirola. Y todos acompañaron su arenga aunque sin demasiado convencimiento íntimo.
    – Yo no seré Maradona, pero este viejo choto sigue jugando porque pone plata…..- se fue puteando el Puchi del vestuario, mientras todos terminaban de cambiarse. Incluido el gordito Weimann que lucía orgulloso un estirado «16» en la espalda.

    El partido fue como suelen ser las finales. Cerrado, áspero, trabado. Más parecido a una batalla que a un encuentro deportivo.
    Se fue el primer tiempo y el segundo también.  La pelota no besó la red y se venia el alargue. Chirola se ató los cordones y comenzó a calentar.
    – Vamos Chiro!!!!» gritó en soledad un primo del veterano detrás del alambrado.
    Los hinchas se miraron sin decir nada. Si  la esperanza de gol estaba en un jugador de cuarenta y tantos años que jugaba por decreto; San Martín estaba en problemas.
    Chirola jugó los últimos minutos del reglamentario y el alargue también. Ni la tocó. Parecía moverse en cámara lenta. Era evidente que el fútbol se jugaba a otra velocidad y el «mejor 9 de la historia» era, justamente eso:  historia.

    Por una lesión, salió el otro delantero del equipo y en los últimos minutos de alargue el gordito Weimann cumplió su sueño de debutar en Primera y en una final. Las corrió a todas y a todos como un loco, pero no estuvo ni cerca de tocarla.
    Llegaron los penales y había que definir la lista de pateadores. El DT felicitó a todos por el enorme esfuerzo de haber llegado hasta ahí, dijo que para él,  ellos ya eran campeones y que «en la lotería de los penales puede pasar cualquier cosa. Que patee el que se tenga fe, si erra no pasa nada, es así. Hasta Maradona erró penales. Erra el que se anima  a patear muchachos, no pasa nada!!!».

    Se postularon uno, dos y un tercero dijo que «yo no tengo problema en patear». Gomita Navarro dijo «yo voy» para ejecutar el cuarto y quedaba definir el pateador del último penal. Era obvio que Chirola Gómez estaba esperando para tomar ese penal y quedarse con toda la gloria si llegaban con chances al 5to. Y si no, no sería su culpa, como siempre.
    Encima, era un gran pateador de penales., No se recordaba haberlo visto marrar en su larguísima carrera, Y además varias veces ganó los campeonatos de penales nocturnos del club.
    – Vos no te animás, Weimann?- interrumpió el Puchi Martínez que había entrado a la cancha para apoyar al grupo.
    – Yo?- dijo casi tartamudeando el suplente.
    – Ja ja… lo único que faltaba! pateo yo que soy el mejor pateador de penales de la historia… Cómo va a patear el gordito?, – rió Chirola.
    – Andá a la reputa madre que te parió! viejo choto!!!….- reaccionó el Puchi.

    Chirola no se quedo atrás y ambos se pecharon. Hubo un pequeño revuelo y todo el estadio miraba cómo los jugadores del verde se peleaban entre ellos.
    – Si patea Chirola, yo no pateo!!- dijo Gomita.
    – Yo tampoco-. – Ni yo- dijeron dos más de la lista.
    – Bueno, si quieren perder la final…. Están a un paso de ser campeones , tienen al mejor pateador de la historia y no lo quieren usar… Se dan cuenta que capaz no salen campeones nunca más en su vida?….- increpó Chirola al resto.
    – Nadie se acuerda de los segundos, muchachos….- agregó. Y poniéndose en estrella empezó a retirarse de a poco, pero con clara actitud de estar esperando que le suplicaran volver.
    – Si no me quieren….- dijo victimizándose y comenzó a caminar lento hacia el vestuario…
    Nadie lo fue a buscar.

    El quinto penal lo pateó el gordito Weimann en su partido soñado. La acomodó temblando, tomó carrera y cuando levanto la vista el arco le pareció más chico que una cerradura. Vio todo nublado y le metió un puntinazo con todas sus fuerzas. Todavía están buscando la pelota. Semanas tardaron en consolar al gordito que lloró como nunca en su vida sintiéndose único responsable del fracaso.

    Chirola no jugó nunca más y se desvinculó del club. Tal vez, llegaron a sus oídos las advertencias de que si gastaba a gordito Weimann o a alguien del plantel; toda la plantilla de Primera y Reserva le rompería la cara a trompadas.
    Alejandro Dolina, escribió alguna vez que es mejor compartir la derrota con los amigos que celebrar la victoria con los indeseables.
    Y los jugadores de San Martín lo comprendieron aquella tarde.

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