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    1734891w300• Una sesión grupal de carcajadas, reales y ficticias, para liberar endorfinas.

    Anabella Clarembaux, es  profesora de Yoga. Ademas de dedicarse a dar clases de yoga,  hace 2 años comenzó a organizar varios talleres y cursos que amplien la visión del crecimiento personal.

    «Con esta intención, llegamos a Pigüé por medio de mi pareja, que es de allá.  En visitas anteriores, al comentar los talleres que veníamos trabajando en santa rosa, específicamente los de Risoterapia  generaron mucho interés, y se planteaba la opción de realizarlos en su ciudad. Para lo cual, contamos con la colaboración de familiares y gente amiga para informar y convocar a este evento. Esta primer experiencia en Pigüé fue el primer paso a nuevos cursos que me propongo ir abriendo y expandiendo a mas ciudades vecinas, de todo el país y también a países limítrofes», dijo Anabella.  

    «Los invitamos a que se sumen a una nueva propuesta donde tambien contaremos con Risoterapia, que se llevará a cabo en santa rosa, La Pampa, los días 23 y 24 de noviembre. Será un Retiro de Conciencia y Expansión, donde habrá actividades varias, desde yoga, respiración, meditaciones activas de Osho, armonizaciones con cuencos tibetanos, y risoterapia», agregó además.
    El taller de Risoterapia, tuvo lugar en nuestra ciudad el primer sábado de octubre, a cargo de Jordi Suriñach González, de Barcelona.

    La risa como terapia

    Parece que el último grito (¿o risa?) de la moda es la risoterapia. No lo pienso dos veces y me anoto por mail a una sesión organizada por alguien que no conozco, en un lugar al que nunca fui y donde habrá otros participantes a quienes jamás les vi la cara.

    Admito que estoy nerviosa. ¿Me voy a encontrar con un manochanta? Y aun cuando las intenciones de este coach de la felicidad sean honestas, ¿voy a poder reírme naturalmente o me voy a sentir atrapada como en una larga y tediosa sesión de stand-up grupal? Me aboco a releer el mail de invitación: habla de la necesidad de reírse hoy más que nunca, de los fundamentos científicos que avalan esta práctica como una acción liberadora de endorfinas, de la importancia de reírse pero no del otro, sino con el otro, sin juzgar. Hasta ahí, todo bien. Claro que también hay detalles que hacen ruido, como la despedida, que envía un fuerte risoabrazo de felicidad…

    Finalmente llega la hora…. Me encuentro cara a cara con Jordi, el hasta ahora enigmático coach catalán. Tiene jeans, una remera que reza Risoterapia y anteojos. Esa vestimenta oficial me tranquiliza. El siguiente paso es conocer a mis compañeros. Imagino un cóctel de new-agers, hippies y depresivos seducidos por las promesas de felicidad, liberación y trascendencia.

    Otra vez tengo que enterrar mis prejuicios: el grupo está formado por dos compañeras de trabajo, dos amigas de toda la vida que ya son abuelas, una pareja muy joven y una colombiana. Para todos es la primera vez. Y en todos también reconozco la misma mezcla de curiosidad, timidez e incertidumbre que siento yo.

    Ahora sí, a reírse.

    El primer paso es recuperar nuestro niño interior, explica Jordi: tenemos que eliminar la propia mirada que juzga y considera que lo que vamos a hacer por las próximas dos horas es ridículo o tonto. Para eso nos propone convertirnos en otros. De repente, ahí estoy, desfilando como una top model de Plutón, saludando a los demás en una lengua intergaláctica. También hay una espía secreta muy sexy, una turista que tuvo un romance apasionado con un nativo del Caribe, un monje japonés, una Shakira bailarina y el Hombre de la Máscara de Hierro. Es muy fuerte el poder del juego, como si empezáramos a hablar en otro idioma, uno en el cual conceptos como hacer pavadas o tener vergüenza no existen.

    Pero, en este nuevo lenguaje, hay cinco palabras clave: ja, je, ji, jo y ju. Según nos cuenta Jordi, la risa tiene diferentes efectos positivos según qué vocal se utilice. Y comienza la introducción teórica. El ja resuena por la zona del vientre, mejorando el funcionamiento del riñón, la vejiga, los ovarios e intestino grueso. En cambio, la vibración del je actúa en la zona debajo de las costillas, mejora la vista y facilita la digestión. El ji hace foco en el cuello, activa el sistema circulatorio y previene las várices. El jo resuena en la cabeza, activando el hipotálamo y la glándula pituitaria, y… ¡combate la celulitis! Por último, el ju vibra en los pulmones y equilibra el sentido del olfato, además de fortalecer la memoria. Luego de esta larga explicación, Jordi nos anima a reírnos en las cinco variantes, argumentando que la risa forzada puede tener los mismos efectos que la espontánea. Me cuesta bastante y sinceramente dudo que el jo, jo, jo de Papá Noel pueda combatir los pozos en las piernas, pero disimulo y hago playback.

    Por fin volvemos a los juegos. Pasamos de caminar como zombis a bailar como robots, de volar como moscas a hablar con la lengua para afuera. También nos declaramos unos a otros un amor profundo y nos convertimos en un bosque mágico donde algunos son árboles y el resto, animalitos. Hay risas, risitas, risotadas, carcajadas. Las hay contagiosas, explosivas y otras más discretas. Pero todas iluminan las caras de mis compañeros, relajan sus facciones, borran el cansancio, encienden la mirada.

    Hacia el final, el juego se pone más serio. Importa entregarse a la experiencia. Con los ojos cerrados abrimos al máximo los otros sentidos y descubrimos qué tan frío y liso puede ser un espejo, el sonido en cascada de un papel que se arruga, cómo huele un pañal limpio. Como si fuésemos chicos, transformamos una hoja de diario o una soga hecha ovillo en un universo inacabable de formas y sensaciones. Pero lo más impactante es el contacto cuerpo a cuerpo. ¿Cómo es encontrarse con el otro sin saber quién es ese que tenemos en frente? Carecer de vista es lo de menos. La realidad es que hace dos horas que estoy saltando, bailando, abrazándome y riéndome con ocho extraños. Sin embargo, así como lo esencial es invisible a los ojos, podría jurar que accedí a algo muy íntimo y personal de cada uno de ellos.

    En la meditación de cierre, me pierdo en mis pensamientos. Me cuesta seguir las visualizaciones porque me interesa seguir conectada con este vínculo de confianza y complicidad que se generó con el grupo. Seguramente no vuelva a cruzarme con ninguno de ellos y, si pasara, es poco probable que los salude haciéndoles cosquillas, o que vuelva a poner mi cabeza sobre sus panzas para escuchar las vibraciones del ja, ja, ja. Pero hay un proverbio japonés que dice que el tiempo que uno pasa riendo es tiempo que pasa con los dioses. Las mías, entonces, fueron horas divinas..  

    (*) Por Delfina Krüsemann de LA NACION (publicado el 6/07/13 y entrevista realizada vía mail a Anabella Clarembaux

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