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    te_cuento_un_cuentoApuntó con firmeza, poniendo a su presa en medio de la horqueta de su honda. Estiró del cuero que contenía el proyectil, y soltó. La piedra fue a dar justo por encima de la cabeza del pequeño pájaro, sacando astillas del viejo arbolito. De no ser por esa, casi insignificante rama que desvió apenas la pedrada, otro hubiere sido el resultado. El ave ni se inmutó. El niño tomó otra piedra, esta ves no fallaría pensó.

    -¿Qué haces? – resonó la voz a su espalda.
    Sobresaltado se volvió para ver quien le hablaba. Un pequeño viejo, desgreñado y barbudo, sentado sobre una gran roca, apaciblemente le observaba.

    – Estoy de cacería – logró apenas balbucear, algo asustado.
    -¿Ese pequeño pájaro quieres cazar?… ¿Para qué? – espetó con curiosidad.
    -Porque sí… se me antoja cazarlo, nada más – respondió con desenfado.
    -O sea que por simple diversión – aseveró el viejo.
    – Si. Me divierte cazar. Además sirve de comida para mi gato – intentó excusar.
    -Los buenos gatos no necesitan que les cacen. Saben hacerlo solos – retrucó.
    -¿Y usted qué se mete? ¿Que puede saber de mi gato y que le importan esos pájaros? – respondió ofendido el niño.
    -Es cierto, no sé de tu gato, pero si sé de esos pájaros ¿Tú sabes algo de ellos?-
    -No, y no me importa, pero bueno, si a usted le molesta que se los cace… quédeselos – contestó insolente.
    El anciano sonreía. Parecía que la irreverencia del niño hasta le causaba simpatía.

    -Los pájaros no son míos, no son de nadie y puedes seguir si quieres, yo no voy a impedir que les mates… Pero ¿No te gustaría saber al menos algo de ellos?-
    -¿Para qué? ¿Qué tienen de especial esos bichos?: son negros, feos y además no saben cantar, chillan nada más-.
    -¿Y no te parecen extraños?… Seguramente sabes algo de pájaros…-
    -Claro que sé – dijo con orgullo – sé cazarlos.
    -Pero, ¿alguna vez habías visto unos como estos?-
    -No… pero si no fueran negros diría que son chingolos-.
    -Pues, no son chingolos… Tampoco son pájaros – dijo intrigante el anciano, casi susurrándolo.
    -¡Ja!… ¿Y qué son entonces? ¿Ratones con alas? – dice riendo el ocurrente.
    -¿Quieres saber, si quieres te cuento su historia? – propone el viejo.
    Más que intrigado, estaba aburrido. Que más… hacía varios días que se dedicaba a cazar y no con mucha suerte. Nada que hacer en la siesta. No molestar a quienes duermen. ¿Qué otra cosa tiene para hacer?, pensó.
    -¿Quieres escuchar?… aún no me contestas..-
    -¿Me va  a asustar? – preguntó riendo, muy seguro de si mismo.
    -Un poco… depende de ti-.
    – ‘Ta bien, dele nomas – responde, acomodándose en una roca frente al anciano.
    -Hace ya muchos años – comenzó a relatar – en estas tierras y más precisamente en estas sierras, llegó una pequeña comunidad Mapuche. Eran felices, la tierra les proporcionaba todo lo necesario, y mas también. Pronto se aquerenciaron.  El arroyo que allí ves les daba agua y peces. Los ciervos  carne tierna y pieles para el invierno. Pero esa felicidad sabían no era eterna. Por eso la disfrutaban intensamente. Pasó el tiempo, hasta que una mañana de sol, vieron muy a lo lejos una columna de tierra. Esos no eran guanacos y si lo fueran serían muy numerosos, pensaron. A medida que iba pasando el tiempo y lograron ver de que se trataba, no lograban salir de su asombro. Extraños nunca vistos y sobre animales que parecían guanacos, pero no lo eran. Hombres de piel muy pálida les montaban.

    -¿Eran caballos verdad? – preguntó ansioso el niño.
    -Caballos y soldados de guarnición – agregó el anciano – Los líderes de la pequeña comunidad parlamentaron entre ellos, y llegaron a la conclusión de que aquellos extraños no venían con buenas intenciones… Sobre todo porque podían, a lo lejos, divisar sus armas. Largas lanzas, brillantes y relucientes… Había que prepararse, había llegado el momento de defender su hogar. Todos aquellos que pudieran pelear fueron dispuestos. Con el hechicero al mando y sus cinco hijos, los valientes no tardaron en salir al terreno de batalla, eran apenas un puñado,  corrieron hacia quienes creían sus enemigos, aquellos que seguramente querían arrebatarles lo que les pertenecía.
    -¿Y qué pasó? – preguntó ansioso el niño, ante la pausa en la historia.

    -Imagínate… Combatientes de a pie, con lanzas y boleadoras de piedras, contra jinetes de a caballo que no solamente tenían lanzas, también tenían fusiles. Ante ese ataque inesperado, los soldados fueron implacables, y el resultado terrible – concluyó con tristeza el anciano
    – ¿Ves ese rincón donde se alza ese pequeño árbol?… Bueno, allí acorralaron al hechicero y al último de sus hijos, el más jovencito, que te diría sería unos años mayor que tú… Allí en esa gran roca murieron valientemente ambos y su sangre se escurrió por esa grieta que la roca tiene-.
    El niño parecía absorto por el relato, pareciera que cada detalle era imaginado en su pequeña cabeza.
    -Pasaron muchos años de esos sucesos, ya nadie los recuerda. Pero si prestas atención y escuchas, durante las horas de la siesta se pueden escuchar aún los ecos de la terrible batalla-.
    -¿Eso es todo? – disparó el pequeño, como despertando de un ensueño y con algo de decepción en su voz.
    – No, aún no termino de contarte… ¿Sabes por qué razón murieron?… Ellos aquí defendieron su hogar, su lugar, la felicidad de su gente, y sobre todo su armonía con la naturaleza. Nunca mataron por matar, no existían las muertes inútiles… Pasado el tiempo, en esa grieta, regada por la sangre de los valientes, nació ese pequeño árbol. Creció con fuerza, orgullo y tenacidad, aferrándose a la inerte roca que le sostiene. Todos los años florece en señal de vida… al mismo tiempo, es el hogar de esos “pequeños pájaros”, que no son otra cosa que los espíritus de la comunidad – concluyo el viejo.

    El niño quedó pensativo por un instante, y pareciera que la historia poca cosa le generó.
    -Usted solo me quiere asustar, y no le voy a mentir, un poquito me dio de temor… Pero, esos son sólo pájaros, negros, feos y que no cantan – arguyó tercamente el insensato.
    -¿Pero, por qué deberían tener una muerte inútil? ¿De qué serviría?… No voy a detenerte, pero puedo asegurarte que ellos allí se van a quedar, aunque mates hasta el último de ellos, como en antaño defendiendo su hogar – sentenció el viejo con un dejo de amargura.

    El niño se encogió de hombros, mucho no le importaba, y ya le aburría el anciano. Se bajó de la roca y mirando hacia el árbol, pudo ver que habían llegado otras tantas aves, negras y feas, igual a las que ya estaban.
    -Ta’ bien, que se queden con su árbol, igual me parecen tontos y aburridos, lo mismo que su cuento – dijo finalmente, dando un resoplido de fastidio y volviéndose hacia donde estaba el anciano.
    Allí, sobre la roca en la que se encontrare el anciano, solo había un pequeño y feo pájaro, que solo graznaba. Perplejo, miró para todos lados, el viejo había desaparecido. Volvió a encogerse de hombros. Seguramente estará escondido detrás de alguna roca, pensó.
    Tranquilamente y sin mirar atrás, se encaminó hacia el casco de la estancia. Ya era tarde y seguro que su madre le estaría reclamando. Mañana sería otro día, y a la hora de la siesta, nuevamente saldría a cazar. Total, él era un conquistador de estas tierras y sus propósitos eran importantes.

    FIN

    S.R. Saravia
    (seudónimo de autor local)

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