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sábado, febrero 27, 2021
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    TE CUENTO UN CUENTO: El Monito Vega

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    img-deporte-boxeo2por walter ditrich (walter@semreflejos.com.ar) El Monito Vega era el boxeador del pueblo. Sin querer queriendo se había hecho un camino en el deporte de los puños. Quizás,  porque de chiquito anduvo a las piñas con la vida. Tanto agarrarse a trompadas por cualquier cosa y con cualquiera; terminó haciendo de esa «habilidad» algo productivo. Por casualidad también, llegó al gimnasio de Wilfredo Meneses, una ex leyenda del pugilato venido a menos, que engañaba al destino apostando a descubrir un campeón del mundo en esa barriada de mala muerte.

    Cuando se conocieron El Monito y Wilfredo, se juntaron el hambre y las ganas de comer. Pero algunos golpes de suerte y otras piñas del boxeador, le fueron construyendo un récord a Vega.
    El Monito se fue haciendo  un nombre entre los livianos y cobrando algunos pesos, aunque en el boxeo del interior nadie hace fortunas. El gimnasio de Wilfredo se seguía lloviendo, o derritiendo la helada en el techo de chapa sin aislar. El agua caliente siempre fue un lujo  inalcanzable y se podía entrenar de noche cuando había para pagar la luz. Es decir, muy pocas noches al año.

    Monito viajaba a las peleas «a dedo»; solo o con algún ocasión al compañero de ruta. Wilfredo hacía rato que no salía por su frágil salud  y sobre todo; el control de «la patrona» que patrullaba sus movimientos para mantenerlo alejado de los bares.
    Dicen, que el tren pasa una sola vez en la vida y el desafío es animarse a subir. El Monito, hasta ahora venía peleando en pampa y la vía. Esperando, cada día,  el tren del triunfo para desafiar a la suerte en 8 rounds de 3 x 1.

    Porque falló un rival, de hoy para ayer lo mandaron a llamar a Wilfredo. Pidió un teléfono prestado en el almacén y habló a Buenos Aires. Había una pelea en el Luna Park para El Monito. Iba por tele y frente al campeón argentino. Pero el combate era el sábado y Wilfredo, estaba preguntando  por la bolsa ese jueves al atardecer.
    No había demasiado tiempo, el entrenamiento de El Monito no era el mejor y no conocían al rival. Para peor,  el saldo en los bolsillos del boxeador y su preparador estaba en bordó; porque hacía rato habían superado el rojo.

    Por aquello de que el tren pasa una sola vez, Monito y Wilfredo se subieron. En realidad, se subieron al camión porque fue  la única forma que hallaron de llegar a Buenos Aires sin pagar un peso y a  tiempo para la pelea. Porque su mujer no lo dejo viajar, Wilfredo se quedó mascullando bronca y Monito partió a las 5 de la mañana con el bolsito al hombro y unas pocas monedas en el bolsillo raído.
    Llegar a Buenos Aires en el viejo Mercedes de El Gitano era una travesía tan larga como correr el Dakar. Y aún más desgastante. Sobre todo para alguien que debía boxear esa misma noche.

    Incómodo y con lo oídos aturdidos por el batifondo del carromato, Monito no pe

    gó un ojo en toda la mañana. Mate y más mate, solo le dio a su estómago de comer y respiró como pudo entre el humareda de los armados que pitaba El Gitano en la cabina inmunda.
    Pararon al mediodía en una parrilla. El Gitano tenía hambre de hoy y Monito venía juntando apetito hace días. No era una parrilla de lujo, pero había mozos y le trajeron la carta. Monito miró la columna de la derecha y rápidamente fue  pasando los renglones hasta que el número que vio resultó más bajo que la existencia de fondos en su haber. Entonces, pidió una sopa.
    – El qué?…. sopa vas a comer?- se rió El Gitano.
    .- Si… es  que.. Me tengo que cuidar para esta noche, por el peso …- dijo Monito con vergüenza.
    Gitano ya había hecho  bandera con que iban al Luna porque Monito peleaba esta noche por el título. Y toda la parrilla los miraba. Un futuro campeón no podía reconocer en ese momento que no tenia plata ni para una entraña.

    Gitano se clavó una parrilla completa con chinchulines, chorizo, papas fritas; y la regó con abundante tinto. Monito tomó la sopa que no hizo ni base en su estómago vacío.
    Llegaron a Capital al atardecer. Las tripas de Monito hacían un ruido insoportable, sólo imperceptibles por el zumbido atroz del Mercedes de El Gitano.
    En bondi un tramo,  y caminando el resto, Monito llegó al Luna Park justo a tiempo. Cuando preguntó por el promotor, lo confundieron con algún empleado que venia a limpiar el gimnasio.
    Lo ayudaron a prepararse. Obviamente dió el peso. Calentó y casi sin darse cuenta, salió del vestuario a pisar el mítico Luna Park. Los oídos le zumbaban terriblemente por el ruido del camión y su aturdida mente no pudo dilucidar dónde estaba parado.

    Las tribunas rugían apoyado a su rival y le costó concentrarse en ubicar su rincón. Allí, un viejo con cara de malo y expresión gruñona lo miraba cómo con compasión. Las luces lo encandilaron cuando levantó la vista para saludar. Su rival le pareció enorme y peligroso; aunque todos los que suben a un ring con el fin de romperte la cara lo son.
    Todo el pueblo de El Monito estaba frente al televisor a cientos de kilómetros de distancia. Olé, olé, olé, oléee, Mono… Monooo….  cantaban en el club Juventud Unida del pueblo. El barsucho estaba lleno mirando de clientes para mirar la pelea. Nunca había tenido tanta hinchada el Monito. Mejor dicho, nunca había tenido hinchada. El boxeo no era tenido en cuenta en su pago chico y un boxeador con la historia de ese pibe, mucho menos.

    Pero como suele suceder cuando alguien logra algún grado de trascendencia, cientos desconocidos se suben sobre sus hombros asegurando que siempre estuvieron ahí.
    Trascendencia justamente, fue algo que no tuvieron los primeros rounds. Monito hizo gala de su apodo, y comenzó a saltar t  moverse;  e intentó conectar algunos golpes, pero sin demasiado éxito.

    El campeón lo estudió con cautela, y demostrando mayor experiencia, tiró menos y conectó mejor. Si fuera fútbol, se podría decir que el defensor del título sabía que con el empate ganaba y El Monito evidenciaba muchas imposibilidades de abrir el marcador.
    Después de la mitad de la pelea, Monito comenzó a moverse menos y a  recibir más. El viaje en camión y la falta de un menú sólido en las últimas semanas; además de la mala dieta de casi toda su vida;  comenzaron a jugarle una mala pasada. Ya había gastado todo su repertorio de golpes sin poder hacer daño.

    – «No le entra una!!!, si se mosquea….!» – pensaba el Monito mientras sentía que los guantes le pesaban toneladas y casi no podía sostener los brazos levantados para seguir con la guardia alta. Las piernas, ya adormecidas, se le movían con torpeza. Monito sentía que caminaba enterrado en la arena. El zumbido del maldito camión de El Gitano se había convertido en más ensordecedor por un par de trompadas en los oídos y la vista comenzaba a nublársele por un corte que sangraba cada vez más sobre su ojo izquierdo.

    El campeón,  comprendió que la próxima mano terminaría con la historia. Y Monito supo que los últimos minutos del combate escribirían otro capítulo de sufrimiento en su ya demasiada sufrida vida. Sonó la campana del último round. Monito agachó la cabeza, se encorvó todo lo que pudo y cerró los guantes junto a su cabeza para aguantar la andanada de golpes que parecían lloverle. A esa altura, ya nada le dolía. Un silbido de ahogo salía de su nariz y su boca abierta, evidenciando que ya nada de resto había en sus pulmones. Se tambaleaba sin rumbo; pero seguía yendo para adelante empujando con su cabeza y tirando sus escuálidos 57 kilos sobre el cuerpo del campeón que seguía tirando y pegando.

    En los últimos segundos;  cuando parecía que se caería como un castillo de naipes;  Monito lanzó sus últimas manos con un recorrido abierto, desprolijo, como un peleador callejero que abofetea  el aire con impotencia. Y por esas cosas del destino, una derecha voleada con destino de nada, impactó contra la mandíbula del campeón, quien se había desprotegido descontando una victoria segura. Y sintió el golpe. Los parroquianos del Club Juventud Unida que ya no querían  ni mirar cómo «le enllenaban la cara de dedos al Monito» se pararon enloquecidos y un rugido de guerra brotó de entre las mesas.
    En el Luna, se hizo un silencio sepulcral.

    Era ahora o nunca. Agotado, tambaleando, jadeando las últimas gotas se sudor; el Monito también comprendió que ESE,  era el momento.
    Tomó aire, y preparó la zurda. Su zurda. Su mejor golpe. Y la lanzó con todo lo que le quedaba. Su infancia pobre; su vida de abandono, el hambre, la miseria, la injusticia; toda la bronca y las cicatrices de su alma  empujaron esa zurda hacia el mentón del campeón argentino.

    ——————————-

    Pero no alcanzó. La mano era débil, blanda. Flácida. No hacía daño. El campeón la aguantó a pie firme y ni trastabilló.
    Tal vez, si en el tanque de combustible de el Monito hubiera habido algo más que una sopa y años de ayunos largos; le hubieran  alcanzado las fuerzas.
    – Algunas nacen para estrella y otros nacemos estrellados….- dijo Wilfredo Meneses y dejó de mirar la tele antes del fallo.
    En el Club Juventud Unida se fueron ese noche maldiciendo al Monito porque «así nunca tendremos un campeón!…. Ese Monito es un desastre!!!, seguro que se fue a Buenos Aires de joda y peleó en pedo!!!!».
    Todo el pueblo se fue a dormir decepcionado. Pero con la panza llena.

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