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    te_cuento_un_cuentoA Don José María, si hay algo que le gusta hacer, es jugar a la taba. Además de ser baqueano en el asunto, siempre lo acompañó una cuota de suerte. En esta ocasión se encargaba del poco agraciado para el juego, Don Casimiro, el cocinero principal de la Estancia. El viejo y decrépito cocinero estaba emperrado en querer cambiar su suerte, y tozudamente le seguía desafiando a José María, que al contrario del viejo, hoy no tenía rival que le venciera.

    Una tras otra Don Casimiro fue perdiendo todas sus monedas, hasta que nada le quedó en los bolsillos de su raída bombacha bataraza. Don José no era de los que se aprovechaban de nadie, pero como el viejo era insistidor como feo buscando china, le terminó por desplumar hasta el último céntimo.

    -Vió Don Casimiro, usted no debe insistirle a la mala… Cuando no está pa’ uno, no está – le decía, a modo de consuelo José.
    El viejo agachó la cabeza y quedó en silencio. Era el turno de que otros probaran suerte. Nuevamente se animó la ronda y entre risas y exclamaciones rodó más de una vez la taba. El día estaba de lluvia y el paisanaje nada tenía para hacer. Pasaban el rato, jugaban al truco, contaban historias. Tomaban mate en el galón grande de la estancia.
    Luego de un rato la ronda de juego nuevamente llegó a  José María, el capataz encargado de la estancia, ¿Y quien volvió a la carga con el desafío ?… Pues,  el viejo cocinero.
    – Mire amigo, me parece que ya estuvo bueno – dijo sonriente Don José.
    – Que no se diga, Don José, y me permita dudar de que Usted le tema a la suerte de un pobre viejo – arguyó el empecinado.
    -¿Y si pierde? –
    -El salario del próximo mes… Le juro que le pago… no falta tanto para el cobro, pero no se haga muchas ilusiones… Esta vez le voy a ganar – concluyó.
    -No amigo, no insista… Me daría pena que usted pierda – se atrevió a decir Don José.
    -¿Pena?… ¿Cómo que le doy pena?, respete amigo, ¡pena dan los enfermos! – dijo algo ofendido el viejo, mientras el encargado se arrepentía, para sus adentros, de haber dicho tal cosa.
    -Vamos a hacer una cosa… no juguemos por dinero – propone de pronto el viejo.

    -¿Y qué quiere jugar?-
    -Apostemos por algo distinto… Si pierdo… al mismito mandinga me le enfrento… – propuso, sacando pecho y haciendo que todos callaran.
    -No diga pavadas amigo – espetó Don José, sin saber de que se trataba, pero tampoco le interesaba saber.
    -Yo no tengo miedo, ¿Usted?, si pierdo, solito, me voy hasta el puesto del ahorcao – dijo levantando la voz.
    Estas palabras hicieron reír a algunos, pero la mayoría, supersticiosamente, se persignó.

    -Y bueno, pero de día, mañanita nomás vamos – contestó riendo de la ocurrencia del viejo.
    -No, no Don José… Si pierdo, voy la primera noche de luna llena o cuando ustedes elijan – corrigió el viejo.
    -Disculpe que le diga, pero usted está un poco chiflado Casimiro. Con esas cosas no se juega – concluyo algo fastidiado José.

    -No se diga amigo… ¿Qué nos pusimos nerviosos?… Asustado diría – disparó el viejo, viendo como ganada la pulseada en esta oportunidad.
    Ya ni murmullos se escuchaban. Todos estaban atentos a la conversación y no se perdían palabra. Todos sabían lo que sucedía en el puesto del ahorcado. Así le decían a un rincón abandonado de la estancia, el puesto más alejado del casco principal y había que recorrer unos diez kilómetros para llegar hasta él. Un viejo rancho de adobe, un palenque, tres eucaliptus que le dan sombra y un aljibe seco, son todo el paisaje del puesto doce, mal llamado del ahorcado, desde que Sereno Maguna fue hallado colgando de la rama más gruesa del eucaliptus más grande.

    Desde esa época, hacía ya unos treinta años, que el puesto está abandonado. Nadie ha querido quedarse y quienes sin saber lo hicieron en alguna oportunidad, dicen no haber podido pegar ojo y haber escuchado ruidos extraños y hasta lamentos. Dicen que habita en le rancho, un ánima en pena.
    A eso se le agrega a que en las noches claritas de luna llena, en el patio del rancho, se levanta la “luz mala”… y esa sí que la han visto todos, si hasta el dueño de la estancia la ha observado en alguna oportunidad.

    Su explicación o excusa ante la pregunta fue: …Pavadas nomás, alguna osamenta o algo enterrado, y la fosforescencia que hace que brille… – pero nada más se le oyó decir.
    Tampoco se le ocurrió ir a ver, como a ninguno de los que supieran del tema. Nadie se atreve, de noche, a rumbear por ese rincón de la estancia.
    -No es cuestión de valentía – supo decir Don José – es cuestión de estupidez meterse con esas cosas – . Por esto, la apuesta de Casimiro nada de gracia le hacía.
    -Mire Don Casimiro, mejor dejemos la cuestión ahí nomás. Para nada me gustan esas cosas, además si pierdo, puedo asegurarle que ese rumbo no voy a tomar, prefiero devolverle los patacones que le gané y san se acabó – concluyó.

    -De acuerdo – interrumpió – Si Usted pierde, me devuelve los patacones que perdí y alguna moneda más… Si yo pierdo, cumplo con la promesa de ir… y aquí están tuitos de testigos de la apuesta – replicó Don Casimiro.
    Don José no agregó palabra, ni quiso replicarle al viejo, sabiendo de su terquedad. Además decirle que no, era ganarse un tiempo viéndole la “jeta de alunau”, pero bueno, jugaría a perder, le devolvería las monedas al viejo y quedaría todo en paz.
    Y esa era una de las obligaciones de Don José, mantener la cordialidad y armonía entre los peones. A lo sumo el cocinero se encargaría todos los días de recordarle como le había ganado en la última partida, esto último prefería.

    -Tá bien Don Casimiro, no diga que no le advertí, usted sabe que con estas cosas no se juega – volvió a repetir.
    Todos los paisanos se aprestaron para ver jugar a los contrincantes. Sabían de la baquía de Don José y de la mala suerte del viejo. Todos apostaban por el capataz.
    -A un solo tiro… el primer culero pierde la apuesta – indicó Don José, tratando de apurar el trámite y que se terminara esa tontería de una vez.

    Agarró la taba, se acomodó para el tiro como siempre, pero en esta oportunidad y en el último movimiento, soltó el hueso como “chapuceándola”, tirando como si no supiera hacerlo. Varias vueltas dio en el aire y otras tantas en el suelo, para caer bien paradita, “de suerte”. Como si supiera. Al instante de ver el resultado, en el rostro de Don José se llenó de decepción. Don Casimiro se puso pálido, como aquel que se entera de su condena al patíbulo.

    -¡Macana que anda derecho Don José! – exclamó Don Casimiro – mejor que me esmere, o voy a verle la cara a mandinga.
    Ahora le tocaba el turno al viejo. La taba podía caer como quisiera, de suerte o de costado y eso le permitiría tirar de nuevo, pero no de culo. Agarró el hueso que un paisano le alcanzara. Se acomodó… perdió su mirada en el horizonte, en la nada, como buscando concentración y “revoleando las patas y los alones” igual que un ñandú en celo o casi que con su misma gracia, revoleó la taba… y ¡Zas!.. ¡Culera!!!!, gritó la paisanada!
    Nadie aplaudió, solo murmullos pudieron escucharse entre la peonada.

    -¡Malaya mi suerte! – dijo pausadamente el viejo, mientras el semblante variaba en diferentes tonos de blanco y la mirada se le trastocaba.
    -Mire Don Casimiro, hagamos como si nada, tiramos de nuevo ¿Quiere? – intento Don José.
    -No amigo… Le agradezco, era un tiro, ya la suerte está echada – sentenció resignado – pero no se haga problema, ni se preocupe por nada. Cumpliré con la apuesta-.
    -No le acepto y no insista con eso – dijo casi en ruego el vencedor.
    -Ni se crea que no voy a pagar mi deuda. Ahora está más allá de que si usted quiera o no; soy de palabra. ¿Y quiere que le diga una cosa?… lo del juego casi es una excusa, hace tiempo que quiero ver yo mismito lo que allí pasa-.
    -¡Déjese de pavadas amigo!… – intentó Don José.

    -No… ya está decidido. La primer noche de luna llena iré para el puesto – y dicho esto, dio la conversación por terminada.
    Esa noche el aguacero no amainó, pero el día siguiente amaneció esplendoroso y cada uno a sus tareas, olvidando un poco los sucesos del día anterior, solo al mediodía alguno de los comensales recordó la apuesta, pero como de pasada. Y esa misma noche habría luna llena.

    Todos creían que el viejo no cumpliría con su palabra, a quien se le veía callado, ensimismado y con cara de preocupación, cosa extraña, ya que le gustaba andar chanceando con todos. Llegó la hora de la cena y luego que todos terminaran, le vieron aprestarse como para salir. Se acomodó en sus mejores pilchas, bombacha negra, pañuelo azul al cuello y las alpargatas domingueras, las de yute acordonadas. Y cansinamente, como no queriendo,  ensillar su moro pampa.
    Ahí fue donde Don José, el capataz se le acercó.

    -Oiga Don Casimiro, ¿me puede decir pa’ donde va?-
    -Usted ya sabe… voy a cumplir con mi apuesta-
    -Pero, ya le dije, que dejara, que no es necesario – le dice José, intentando que el empedernido viejo desista.
    -No me atrase Don José, voy a llegar tarde. Si pasa la medianoche, la apuesta no es válida. Además, todos están atentos a lo que haga… Deje Don José, deje que cumpla, me va a hacer quedar mal ante la peonada – argumentó Don Casimiro – ¿Qué puede pasarme?, allí no hay nada-.

    Ante esto, nada agregó Don José. Insistir, era “al cuete” y si algo más agregaba, era “pa’ peliar”, reflexionaba. El viejo montó el moro pampa y al trotecito largo se perdió en la noche, rumbo al rincón más alejado de la estancia.
    Faltaban unos minutos nomás para la medianoche y Don Casimiro se llegó hasta el puesto, desensilló tranquilamente a la luz de la luna y como si nada, se puso a la tarea de encender un fueguito, y aunque era verano, como que le había dado un chucho de frío.

    Si en algo se diferenciaba de los demás el viejo paisano, era en no creer mucho en supersticiones, si respetaba. Pero, ¿temor a lo sobrenatural?, para nada. En eso pensaba, dándose valor a lo que siempre dijo, de no temer y que algún día cualquiera sería capaz de enfrentar a “la luz mala”. Igualmente, un cierto escozor de inquietud le mantenía alerta, por eso se daba valor cada tanto en voz alta.

    -¡Que luz mala ni luz mala!, si esto es puro chiste, acá no pasa nada-
    Y así se mantuvo un buen rato, al amparo del candil de la hoguera y medio que se había adormilado, con el calorcito del fuego y el cantar de los grillos. Cuando la luna llena llegó a su cenit, en ese preciso instante y a unos pasos frente al paisano, se levantó una luz desde el suelo, apareció así de pronto y quedó suspendida en el aire a unos cuantos metros del suelo.

    Se le heló la sangre al paisano, y se le frunció algo más que el entrecejo. Petrificado quedó, sentado frente al fuego y como le recomendaran en alguna ocasión, rezó una oración y mordió la vaina del cuchillo, esperando que la luz se apagara.
    Así pasó un buen rato, la luz ni se movía, ni ruido alguno hacía. Casimiro tampoco, ni pestañeaba y si la sangre tiene olor, hasta se sentía malherido. Pero nada sucedía, solo Casimiro y la luz allí suspendida.

    Poco a poco fue aflojando la tensión y animándose al menos a respirar y viendo que el fuego se le apagaba, se animó a arrimarle algunos troncos que a mano le quedaran. El tiempo pasaba y nada, empezó a darse coraje… ¡Si la luz esa, no hacía nada!… Estaba ahí quietita, no hacía ruido, ya no le espantaba.
    Sacó el poncho de entre las matras y desenvainó el verijero. Se arrimó despacito hasta el lugar del suelo, donde la luz se levantara. Ahí no se veía nada… ¡Que diantres!, ¡ahí no había nada!…Y  por ocurrencia nomas, revoleó el poncho, tendiéndolo, ahí debajo de la luz mala. Y en ese instante sucedió: la luz del cielo cayó y al poncho encendió en fosforescente llamarada.
    -¡Ahijuna! – gritó el viejo, mientras disparaba, las alpargatas de yute perdió en su carrera alocada y hasta el cuchillo tiro al fuego del poncho, “intentando una puñalada”.
    Adentro del rancho fue a parar, debajo de una catrera de ramas abandonada y allí hasta que el día trajo luz, quedó, arrollado y tapándose la cara.
    Asustado aún, salió al patio, se arrimó despacito, para ver qué de su poncho quedaba y hete aquí, que allí intacto estaba, tendido en el suelo como él le dejara, ni un fleco le faltaba.
    Del piso lo juntó, y seguido por la intuición o recordando aquello que alguien le contara, empezó a escarbar el suelo de donde la salía la “luz mala”, con una rama, con el mango de la guacha, a lo peludo, con ahínco y frenesí se esforzaba.

    A medio metro de profundidad, halló un cofre de fierro, herrumbrado, pesado y antiguo. Rompió lo herrajes que le cerraban y en pocos instantes, pudo admirar su contenido: monedas de oro y plata, con la insignia de la corona realista, aquella, que estas tierras conquistara.

    Lo vieron llegar al trote largo, con la mirada perdida hacia la nada. Juntó sus cosas, ni se despidió de la peonada. Lo vieron irse, así como llegara, al trote largo en su moro pampa.
    Los años pasaron, y un día, en un arreo grande entre Pasman y La Nevada, Don José oyó la historia que unos paisanos contaban. Hablaban de un viejo loco, dueño de una pulpería y ramos generales en los pagos de Luján, Partido de General Rodríguez;  por haber perdido un juego de taba, decía haber hecho su fortuna achurando a la luz mala.
    De hecho la pulpería así se llamaba: la luz mala.

    FIN

    S.R. Saravia
    (seudónimo de autor local)

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