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    nuevo-2_copy_copyPilar apretaba en su mano enguantada, aquel anillo. Era un anillo de oro, de compromiso que acompañaba con humildad una notita con letra insegura y desprolija que decía “Quiero que seas mi esposa, espero tu respuesta”

    Leyó el papel varias veces, que se agitaba en sus manos temblorosas y comenzó a llorar, primero tan sólo eran lágrimas que caían, después… rabia, dolor, impotencia…
    ¡A ella no irían a vencerla, no, con esos argumentos!
    Amar era volar y ser libre, tener el cielo por dominio y la ilusión como impulso.
    Guardó el anillo y la notita en la delicada caja en que se la trajo Estefanía.
    Estefanía conocía su drama. Luego de la cena le diría su plan.

    La cena transcurrió en silencio, doña Fidela, la madre de Pilar y don Paco, estaban que bufaban. ¡Cómo para mirarlos! No sé cómo se había salvado de que la encerraran con las monjas, cuando se enteraron de que se veía con” ese cualquiera”. Ellos querían para su hija un esposo decente.

    Estefanía servía la mesa y miraba a la niña. Algo raro notaba en sus ojos y ya sabía ella que cuando esto sucedía algo terrible y temible pasaría, ¡Ah, si la conocía!
    Había llegado a esa casa, señorial, sí, pero hermética en sus costumbres, cuando su Pilarica tenía dos años. Don Paco la había contratado para que se encargase de la niña, porque su esposa, al caerse de un caballo, había sufrido heridas y fracturas que le imposibilitaban cuidarla.

    Doña Fidela se curó, pero Estefanía, “Fany”, como le decía Pilar, no se fue nunca y siempre cuidó de ella. Fue quién le enseñó los secretos de ser mujer, los cuidados, las reservas y los peligros, pero fue también su confidente y compinche. Con ella aprendió a jugar a las cartas, sobre todo al truco y al mus.
    ¡Niña, que no son juegos para una señorita! ¡Esos son juegos de hombres de boliche!, gritaba don Paco ¡Habráse visto en una niña! Y ahí el juego se terminaba, entonces jugaban a escondidas, cuando salían a pasear en el sulky de la casa o cada una en su caballo y llegaban hasta la tapera vieja y se sentaban sobre el pasto, cerca del arroyo.
    Por eso Estefanía  presentía que se venía un huracán. Porque además, Pilar en sus confidencias le contó todo.

    Le contó del amor de Pedro, el que hacía el tambo en lo de González. ¡Un pobre diablo!, decía doña Fidela. ¡Un zaparrastroso que no tiene dónde caerse muerto!, seguía rezongando.
    Pero ellos se amaban. Pilar y Pedro se amaban.
    Por eso los árboles del parque estaban llenos de heridas que la navaja de Pedro producía sin piedad, para mostrar su amor dibujado en las dos “P”, cercadas por un corazón.
    Fany sabía todo eso y les ayudaba a lograr sus momentos de encuentro.
    Don Paco y doña Fidela se pusieron serios. Ellos no permitirían que se vieran más.
    Hablaron con Enriqueta, gran amiga de la familia y con Tomás, su hijo.
    A Tomás le gustaba Pilar. La veía hermosa y la amaba, pero ella siempre rehusaba su compañía.
    Acordaron que Tomás se casaría con Pilar.
    Esa noche en la cena, a los postres se lo dijeron a Pilar. Le pintaron al joven como lo mejor de la sociedad, virtuoso en  todo sentido, dueño de una posición social envidiable…¡”Pero ganso”!,pensaba Pilar.

    ¡Con él sí que serás feliz!, aseguró su padre.
    ¡Están listos!, pensó para sí , sin decir ni una palabra, la niña, pero sus ojos brillaban extrañamente. Estefanía se estremeció.
    La noche era un velo casi impenetrable por la negrura del cielo que se adivinaba detrás de la niebla espesa. El sulky estaba preparado en el galpón del fondo y allí estaba Pedro, impaciente y temeroso.

    El cuerpo de una persona se deslizó por la ventana, un pesado bulto fue pasado a través de ella y luego otro cuerpo tocó con suavidad el piso del patio.
    Pedro, más que ver,  adivinó. Las dos mujeres avanzaban trayendo entre ambas la maleta de importante tamaño.
    Pedro había envuelto en arpillera los cascos del overo.

    Salieron. Todo era silencio afuera pero en cada cuerpo vibraban las venas y golpeaba el corazón.
    Toda la noche les llevaría llegar hasta Azul. Allí tomarían el tren hasta la estación La Gama y de allí la diligencia los llevaría a destino. Ese destino que en busca de trabajo había elegido Pedro para alejarse de aquel mundo que le obligaba a separarse de Pilar.
    La pampa se extendía en toda su llanura poblada de pastos y arbustos bajos. Por primera vez Pilar tuvo miedo ¿Podría ella con tanta inmensidad desolada? Fany la tomó de la mano. Lloraba.

    Eran aquellos años en que el ferrocarril hería el desierto para llevar el progreso a través de los rieles.
    El campamento de obreros que tendían las vías apareció en la distancia. Era un conjunto de toldos construidos con palos y lonas, y algunos ranchos techados con paja vizcachera. Ahí trabajaba Pedro. ¡Ese era su destino, el que había elegido y por el que lucharía!
    El viento era amo y señor del paisaje y el frío le obligó a cubrirse con su chal.
    Le maravilló las montañas que cercaban el lugar.
    Había llovido, se miró sus chapines. ¡Imposible que bajes con eso!- le dijo Pedro, al tiempo que le alcanzaba unas alpargatas.
    La casa en la que vivirían era humilde: una cocina amplia, un dormitorio para Fany , otro para ellos dos y…la letrina.
    Ya había otras familias. Algunas con niños que corrían felices, saltando charcos ante el enojo de sus madres.
    Les dieron la bienvenida. Se presentaron ante las señoras y niñas; mañana irían a ver al cura.
    ¡Eh, Pedro….vení a ayudar!- le reclamaron sus compañeros ¡Mirá qué es esto!
    -La pucha- dijo Pedro ¿Qué será?
    Dos obreros trataban de extraer la raíz que estaba justo donde se debía construir y colocar los durmientes.
    -¡Me cacho que es larga!
    -¡Y gruesa! ¡muy gruesa!¿ Cuánto medirá?
    – No sé pero es como un tallo de vid!
    -Cavá más allá…-Ya llevamos cinco metros…
    Cuando llegaron a los diez metros, descubrieron que la raíz tan resistente y extraña correspondía a una planta de alfalfa.
    Esa zona no era buena en alfalfares, pero como don Cecilio López, que era el dueño de esas tierras por donde pasaría el ferrocarril, prestaba los terrenos para el descanso de los caballos de las tropas de la conquista del desierto, y el ganado se alimentaba de alfalfa que llegaba en fardos, la semilla, caída en suelo virgen prosperó, cubriendo los campos de la zona.

    -¡Una alfalfa!- Mirá que nos dio trabajo!
    -¡Claro, ella era la dueña de estas tierras! ¡Quería quedarse ahí!
    – ¡Alfalfa!- suena  lindo…¡Así le llamaremos a la estación que se está construyendo- dijo uno, y cuando estuvo lista ¡la estación se llamó “Alfalfa”!
    Y el poblado se fue haciendo dueño de ese nombre . “Alfalfa” fue creciendo de a poco. Había hornos de ladrillos. Se hicieron casas, sin grandes pretensiones, pero casas al fin…
    Los terrenos los donó don Cecilio López y los patios fueron divididos con alambres por donde a veces se trepaban enredaderas. Los vecinos se saludaban y conversaban a través de los alambres y así se fueron socializando.
    Un día Pilar se sintió distinta. Algo sospechaba, porque Antonia, que era su amiga y había tenido un bebé, le había contado…
    Pero fue Fany la que le dijo ¡estás embarazada!
    Corrió y corrió y llegó donde Pedro y los otros regresaban de completar el tendido de los rieles.
    -Ya terminamos-dijo Pedro. ¡Estamos unidos definitivamente con Bahía Blanca!- gritaron otros. Saltaban, tiraban las gorras al aire, cantaban…
    -Pilar ¿no te alegras?
    – Sí,…sí…¡Claro que sí!, pero yo…Tengo que decirte algo, sólo a vos, tengo que decirte que vamos a ser padres.
    -¿Oyeron muchachos? ¿Oyeron eso? Ya tenemos dos cosas por las que festejar.

    Pero el festejo duró poco. Entre el 27 y 28 de Marzo se precipitaron lluvias torrenciales en la zona de Sierra de la Ventana y Cura Malal, que, por el desborde de los arroyos y ríos serranos, inundaron la región donde se habían tendido los rieles del ramal ferroviario. El torrente arrasó el terraplén y en varios sitios levantó los rieles.
    Otra vez al trabajo duro, pero al final, la estación Alfalfa fue librada al tránsito del novedoso servicio público, para el transporte de cargas y pasajeros. Desde entonces fue cotidiano ver como la gigante de hierro, escupiendo humo negro y a puro silbato, atravesaba las distancias transportando el producto granario y ganadero.
    El vientre de Pilar crecía. Fany cuidaba vigilante, también Ignacia, que era la comadrona del lugar.
    Pedro había conseguido entrar como empleado en la nueva empresa Ferrocarril del Sud y ahí, en Alfalfa, habían decidido  quedarse a vivir para siempre.
    Pilar preparaba el ajuar del bebé en los días tibios de primavera, sentada bajo el parral que no tenía demasiada prisa por crecer, en una silla de paja, mientras apoyaba sus pies hinchados en el escabel hecho por Pedro.

    Fany trajo la jofaina y agua fresca en el aguamanil, -¡Refrescate esos pies que ya no hay chapines ni alpargates cortadas, ni chanclos que los pueda contener! Pilar sonreía y bordaba mientras se dejaba acariciar por el agua fresca y la ternura de Fany, que le daban alivio a sus pies cansados.
    Pedro llegó exhausto; el calor de la tarde era denso. Fany le ofreció una horchata fresca, pero él prefirió unos mates. Ella y Pilar prefirieron saborear una sabrosa ratafía de cerezas sin alcohol.
    La primavera estaba dejando paso al verano; ya apuntaba Noviembre en el almanaque.
    El vientre de Pilar, no daba más.
    – ¡Llamá a doña Ignacia!,-gritó Estefanía y Pedro fue en busca de la comadrona.
    Todo estaba dispuesto para el gran momento, pero…algo no andaba bien.
    -¡El niño no baja! -¡Está atrancado! -¡Viene de nalgas! Exclamaba la comadrona.
    -¡Dios mío, y en esta soledad!, sollozaba Fany. Pilar sufría mucho y perdía sangre.
    -¡Llévesela a Bahía! -ordenó a Pedro la partera
    Pedro tiró de la leontina de su reloj de bolsillo para ver la hora ¿en qué la llevaba? No era hora del pasajero y no estaba diagramado ningún tren, ni de carga ni de hacienda.
    -¿Qué hago?; ¿qué hago?- decía mientras caminaba a zancadas agarrándose la cabeza.
    Fue a la estación. Comentó el caso. -¡La zorra…!, sugirió un catango.
    Pusieron a Pilar en la zorra y Fany a su lado.
    El viaje fue penoso pero llegaron…

    -La niña se salvó porque es mujer, y luchadora…, pero la mamá…¡Nada pude hacer por ella…- dijo el médico del único hospital del lugar.
    El regreso fue triste: un hombre ausente, una bebé que lloraba de hambre, una mujer que había recibido la herencia de hacerse cargo de la niña y una Pilar que era recuerdo, tan sólo eso, después de tantos sueños…
    Durante mucho tiempo Pedro vivía de su dolor y con su dolor. Nada le importaba de la niña.
    De ella se ocupaba Fany. A él le habían arrancado la vida. Moriría de esplín. ¡Seguro que moriría! Nada lo alentaba a vivir.
    Estaba poco en la casa. Casi podría decirse que vivía en la estación. Inventaba cualquier cosa para estar allí.
    La niña crecía. Milagros, la llamaron. Fany la cuidaba con intenso amor y había conseguido que fuera feliz. Aprendió a tenerse en pie y a dar pasitos. Se fue afirmando poco a poco hasta lograr caminar solita.

    Hacía días que Pedro sólo iba a su casa de noche, para descansar. Pero algo andaba dando vueltas en su cabeza. Pediría el traslado. En la estación se había recibido una lista de vacantes en otros lugares. Pediría una cualquiera. ¡Se iría lejos! Lejos de todo, de los recuerdos, de todo lo que le hacía doler.
    Ese día iría a almorzar a su casa y se lo diría a Fany y también le diría que todos los meses le mandaría el dinero para criar a la nena.
    Iba a abrir la tranquerita del jardín cuando la vio: pasitos vacilantes, sonrisa inocente, bracitos abiertos y un pa…pá como un susurro.
    Se arrodilló, la abrazó y entendió que nadie le había quitado su vida, porque Pilar se la había dejado en aquella niña que lo necesitaba.

    Ana María Wiersma
    D.N.I : 5.474.730

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